La derecha global —esa hermandad de trajes planchados, sonrisas ensayadas y discursos sobre “valores tradicionales”— decidió que no vale la pena esperar a que el mundo se acabe solo. Si el planeta se iba a caer, mejor empujarlo.
Y lo hacen con precisión quirúrgica: destruyen ecosistemas, bombardean pueblos, siembran odio y fabrican una crisis emocional mundial como si fuera un producto más en su vitrina del desastre.
Donald Trump, el payaso del apocalipsis, volvió a la escena mundial con su guerra contra los pobres del mar. Bombardeó embarcaciones en el Pacífico y el Caribe, según él, en nombre de la “lucha contra el narcotráfico”.
Pero los “narcotraficantes” eran pescadores. “No eran pescadores”, dijo mientras caían los misiles.
Ejecuciones extrajudiciales disfrazadas de combate marítimo.
Y en tierra, la persecución de migrantes latinos en Estados Unidos se volvió una cacería humana, con el mismo odio con que los nazis cazaban judíos. Todo en nombre del orden, la seguridad y la bandera.
En Gaza, Benjamin Netanyahu bombardea niños, hospitales y escuelas con la impunidad del que se cree Dios. Hace unos días una escuela fue destruida: 36 muertos, 18 de ellos niños.
Y mientras el mundo se tapa los ojos, repite el cuento de la “guerra contra el terrorismo”.
La hipocresía llegó al punto en que Trump vendió “acuerdos de paz” entre Israel y Hamás, no para acabar la guerra, sino para que su yerno construyera paraísos inmobiliarios sobre las ruinas y los cuerpos de Gaza.
La paz es el nuevo nombre del negocio: la firma se hace con corbata, pero el contrato se escribe con sangre.
Nos dijeron que todo estaba bien, que confiáramos. Y nosotros, anestesiados frente a las pantallas, vimos el genocidio convertido en espectáculo.
En Colombia, la derecha no se quiso quedar atrás. María Fernanda Cabal, Paloma Valencia, Juan Carlos Pinzón, Efraín Cepeda, Katherine Miranda y otros patriotas de micrófono fueron a Washington a pedir intervención militar contra su propio país.
Trump, feliz de tener público, los escuchó y vociferó que Gustavo Petro era narcotraficante, incluyéndolo junto a su esposa y su hijo en la Lista Clinton.
Ya lo había insinuado Tomás Uribe en sus trinos: que había que extraditar a los “determinadores políticos” del narcotráfico, o sea, los de izquierda.
Chismes, paranoia y servilismo. Alimentan la cabeza de un psicópata imperial, y el resultado puede ser un bombardeo yanqui en territorio colombiano.
Y mientras tanto, la campaña presidencial del 2026 es una fiesta de la muerte.
Una exreina, convertida en “Miss Bala”, aparece en videos virales con Abelardo de la Espriella y Juan Carlos Pinzón, vendiendo bala como si fuera perfume.
Vicky Dávila dice que los tres millones de votantes del Pacto Histórico somos un peligro.
María Fernanda Cabal exige que la izquierda sea ilegal.
Mauricio Cárdenas compra votos con casas.
Y Abelardo promete “destripar a la izquierda” si gana.
No es metáfora. Es el anuncio de lo que viene.
La derecha que gobernó por décadas bajo Uribe se quedó corta: lo que preparan ahora es una campaña de sangre, sin máscaras.
Y en Brasil, el espejo: 152 jóvenes asesinados en Río de Janeiro por la policía, celebrados como “éxito operativo” por un gobernador bolsonarista que ya suena como candidato presidencial.
La derecha no teme al exceso de fuerza. El exceso es su manera de gobernar.
Todos ellos se dicen cristianos, pro-vida, defensores de la familia y los valores.
Pero su Dios es un dios de guerra.
Predican moral mientras llenan los bolsillos, justifican el exterminio y convierten la muerte en política pública.
Rezan por los fetos, pero bombardean niños.
Hablan de amor, pero viven del odio.
Y nosotros, atrapados entre rezos, pantallas y discursos, sentimos que la locura se vuelve sistema, que la violencia se normaliza, que la depresión se convierte en estado global.
Como dijo Mafalda: “Paren el mundo, me quiero bajar”.
Porque la derecha no solo está matando el planeta, también está destruyendo nuestra mente.
El aire se llena de miedo, los noticieros de mentiras, y la esperanza se esconde como un animal herido.
Y entonces el Apocalipsis deja de dar miedo.
Porque si este es el mundo que ellos defienden, el fin ya no suena como castigo, sino como descanso.
El último respiro antes de que la locura termine de devorarlo todo.
Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

