URIBE CULPABLE: NADIE POR ENCIMA DE LA LEY

Por años, Álvaro Uribe Vélez fue el caudillo. Gobernó con mano dura, mirada altiva y un discurso que hacía de la seguridad una religión. Tuvo al Estado en su puño y a la justicia de rodillas. Pero el tiempo, que no olvida ni perdona, fue tejiendo en silencio el expediente que lo trajo hasta aquí. Hoy, ya sin el fuero de la presidencia, se enfrenta a lo mismo que tantos campesinos, sindicalistas y líderes sociales enfrentaron bajo su gobierno: la justicia.

Detrás de los gritos de “persecución” y de la exaltación patriótica con la que sus aliados han querido envolver el proceso, hay hechos. Fríos, duros y jurídicamente sólidos. Y esos hechos cuentan otra historia: no la del mártir, sino la del poderoso que intentó torcer la verdad y que, por primera vez, tuvo que responder por ello.

1. Las interceptaciones no fueron ilegales; fueron inevitables

Las grabaciones que hoy le pesan al expresidente no fueron obtenidas por brujería ni por abuso. Fueron el resultado de una investigación legal, avalada por la Sala de Instrucción de la Corte Suprema de Justicia, en un proceso contra un congresista del Chocó, Nilton Córdoba. En esas grabaciones apareció, por azar, la voz de Uribe.

La ley es clara: si en el curso de una interceptación legal aparece un tercero involucrado en hechos posiblemente delictivos, el deber de la Corte no es taparse los oídos, sino abrir una nueva línea investigativa. Eso fue lo que pasó. No hay ilegalidad. Hay causalidad y deber judicial.

2. El reloj que marcó la hora de la verdad

En una celda, Juan Guillermo Monsalve —testigo clave— llevaba un reloj que grababa. No fue la Corte quien lo puso allí. Fue él mismo quien lo entregó. Y con ese reloj, se escucharon voces que ofrecían beneficios, que pedían retractaciones, que negociaban la memoria.

La defensa dijo que estaba editado, manipulado. Pero nunca mostró prueba de ello. La Corte, en cambio, hizo lo que manda el procedimiento: custodia, peritaje, verificación. Lo que se escuchó allí se repite en mensajes de texto, en declaraciones, en hechos paralelos. No es solo una grabación: es parte de un tejido de evidencias que se sostienen entre sí.

3. El secreto profesional no es coartada para el crimen

Diego Cadena, abogado de Uribe, no hablaba con sus colegas sobre estrategias jurídicas. Hablaba con testigos sobre cartas redactadas a conveniencia, ofrecimientos, visitas en cárceles. Hablaba como emisario, no como defensor.

El secreto profesional es un derecho sagrado. Pero no es un escudo para delinquir. Un abogado que ayuda a fabricar pruebas falsas no está ejerciendo su oficio: está violando la ley. La Corte lo entendió así. La jueza también.

No es una persecución. Es una señal.

Lo que se juzgó aquí no fue a un partido político ni a una ideología. Fue a un hombre que, con todo el poder a su favor, intentó torcer la justicia. Y que por primera vez tuvo que sentarse al otro lado del estrado.

Este no es un momento de revancha. Es un momento de cuidado. Porque la historia nos ha enseñado que el uribismo, cuando se siente acorralado, no duda en usar todas sus herramientas —legales e ilegales— para desestabilizar. Ya ocurrió con el proceso de paz, ya ha ocurrido antes con gobiernos que no se le someten.

La sentencia contra Uribe no es el fin del camino. Es el comienzo de una larga vigilia. La justicia habló. Ahora le toca a la sociedad cuidar que esa voz no sea silenciada.

Por Prensa Justicia & Dignidad