El funeral de Miguel Uribe y el inicio de una campaña política

En un giro digno de una tragicomedia política, el funeral de Miguel Uribe Turbay se transformó en un improvisado mitin electoral. Entre lágrimas y discursos de unidad, algunos no pudieron resistir la tentación de recordar que el país, según ellos, necesita más votos para el Centro Democrático.

Su padre, Miguel Uribe Londoño, y su esposa, Claudia Tarazona, con la infaltable asesoría de Lester Toledo —exasesor de Bukele—, ya parecen tener la mirada puesta en el Senado o la Presidencia. Porque en Colombia ni la muerte detiene la maquinaria electoral: el luto es solo un telón de fondo para discursos estratégicos. Llama la atención que el señor Toledo no se despegó de la familia ni en la Clínica Santafé ni en el funeral de Miguel Uribe, lo que confirma que sus funciones como asesor de campaña no terminaron y que quizá todo lo que pasó obedezca a una campaña más grande.

El propio Álvaro Uribe no perdió la oportunidad: su intervención estuvo cargada de odio, revictimizando a las víctimas del genocidio de la UP y negando la responsabilidad del Estado colombiano, aun cuando la Corte Interamericana de Derechos Humanos ya ha señalado su participación y condenado al Estado.

Mientras tanto, figuras como María Fernanda Cabal, Paloma Valencia y Viky Dávila habían pasado meses atacando a Miguel Uribe por ser el favorito de Uribe y cuestionando sus gastos de campaña. Nada nuevo bajo el sol: críticas, guerras internas y espectáculos mediáticos, “capitalización interna”, como decían algunos periodistas. Lo curioso es que ninguna línea investigativa apunta a ellas sobre el asesinato de Miguel Uribe, a pesar de ser sus rivales políticas más evidentes.

Y mientras tanto, Uscátegui Junior protagoniza otro show mediático, esta vez en el búnker de la Fiscalía, como si estuviera en una telenovela de intrigas judiciales. No muy lejos, los excéntricos Polo Polo, con sus recientes procedimientos estéticos faciales, y el cantante de O Sole Mio, Abelardo de la Espirella, adoptan una ridícula postura militar digna de caricatura, combinada con sus mocasines de peluche, y juran venganza desde sus cuentas de Twitter. Posturas que armonizan perfectamente con la ultraderechista comediante Alejandra Ascarate —a quien, según los rumores, le “cogieron” al esposo con varios kilos de cocaína en unas avionetas— y que en la misma cuenta habla de “exterminar a la plaga de la izquierda”, recordándonos que en este país el absurdo y el odio a veces se dan la mano de manera escandalosamente sincronizada… y cómica.

Aquí está la ironía más cruel: quien haya asesinado a Miguel Uribe probablemente nunca imaginó que su crimen dejaría como legado un escenario donde la derecha pudiera destilar odio y victimizarse sin freno. Lo verdaderamente inhumano no es solo la muerte de un joven, sino la instrumentalización de un enfermo y ahora de un difunto. Solo una derecha con un dirigente como Álvaro Uribe puede dar ese tratamiento de inhumanidad a alguien que ya no puede defenderse.

En este circo político, las lágrimas y los discursos estratégicos se mezclan, recordándonos que en Colombia la política a veces es más cruel que la muerte misma.

Por: Justicia & Dignidad / Periodismo Independiente e Investigativo