Me enamoré de Nueva York (otra vez)

Lo confieso: conocí y me enamoré de Nueva York antes de pisarla, a través de Sex and the City. Los amores y desamores de Carrie, Samantha, Miranda y Charlotte me vendieron una ciudad que parecía un personaje más: intensa, contradictoria, libre. Luego fui, y confirmé que no era solo una fantasía televisiva. Me enamoré de su condición cosmopolita, de esa mezcla inagotable de acentos, colores y biografías, de la gente llegada de todas partes del mundo con una disposición casi natural a relacionarse. Había algo parecido a la solidaridad, una intuición de comunidad incluso en medio del caos.
Por eso, cuando Zohran Mamdani llegó al poder en la ciudad, sentí —más allá del entusiasmo político— que algo se estaba reordenando. No solo en Nueva York, sino en Estados Unidos. Como si se abriera una grieta por donde asoma una época distinta, mientras entran en decadencia —y ojalá en derrumbe— miles de Donald Trump empeñados en colonizar el mundo con miedo, testosterona y nostalgia imperial.
Nueva York, que suele adelantarse incluso cuando se equivoca, ha vuelto a marcar una diferencia incómoda. No porque haya encontrado la fórmula de la felicidad pública —eso no existe— sino porque decidió discutir el poder sin disfrazarlo de espectáculo. Mientras buena parte del país sigue atrapada en la política como circo, la ciudad eligió una conversación más peligrosa: la de las prioridades.
Ahí aparecen Alexandria Ocasio-Cortez y Zohran Mamdani, dos figuras jóvenes que no piden permiso para nombrar lo evidente. No llegaron para decorar la institucionalidad ni para administrar el consenso de siempre; llegaron para torcerlo. AOC empujó desde el Congreso una agenda que devolvió al debate palabras desterradas —clase, desigualdad, redistribución— y Mamdani, desde el gobierno de la ciudad, intenta convertir esas palabras en políticas públicas. Lo verdaderamente subversivo no es el adjetivo “socialista”, sino la literalidad con la que lo toman.
Conviene decirlo sin dramatismos: el socialismo neoyorquino no es una épica de barricada. Es, más bien, una contabilidad distinta. Guarderías como infraestructura, transporte público que no humille, alquileres que no expulsen, salarios que permitan vivir en la ciudad que se construye con ese trabajo. Una idea antigua y casi indecente: que la prosperidad no sea un privilegio sino un piso. Que el mercado exista, sí, pero que no gobierne solo.
A esta generación se le reprocha la edad, como si la experiencia fuera un certificado que se otorga por acumulación de años y no por exposición a la realidad. La experiencia de AOC y Mamdani es la precariedad normalizada, la crisis climática convertida en rutina, el endeudamiento como biografía. No heredaron un mundo estable; administran uno roto. Por eso su política mezcla números con memoria, gráficos con barrio. Eso incomoda más que cualquier consigna.
El contraste con el trumpismo es pedagógico. Trump ofrece ruido: insulto, miedo, nostalgia de un pasado que nunca fue tan bueno como lo cuentan. Es una política que no gobierna, entretiene; que no propone, provoca. Frente a ese bochorno permanente, Nueva York optó por algo casi subversivo en estos tiempos: discutir cómo se vive.
Que la capital financiera del mundo mire hacia una izquierda joven y democrática rompe el guion. Desmiente la idea de que la justicia social es incompatible con la prosperidad y recuerda que la democracia puede servir para algo más que administrar la desigualdad. No hay milagros prometidos ni finales felices garantizados. Hay, apenas, una decisión: volver a tomarse el poder en serio.
Cierro aquí con esto: amo esta nueva era de Nueva York porque vuelve a parecerse a sí misma, a esa ciudad que no pide permiso para cambiar. Y como cantó Frank Sinatra en New York, New York: “If I can make it there, I’ll make it anywhere”. Si el socialismo puede abrirse camino en Nueva York, puede intentarse en cualquier parte del mundo. Quizá por eso Nueva York importa tanto: porque cuando se atreve a reinventarse, le recuerda al mundo que todavía es posible intentarlo.

Por Sofía López Mera de Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

Niña indígena asesinada en Caldono

El 3 de diciembre de 2025, en la vereda Ventiadero del resguardo indígena San Lorenzo, en el municipio de Caldono, Cauca, desapareció Karen Melissa Caviche Menza. Tenía 11 años, cursaba quinto grado y vivía entre montañas donde la infancia debería ser sinónimo de juego y resguardo, no de miedo. Desde ese día, su familia, docentes y autoridades comunitarias activaron la búsqueda. La comunidad caminó, preguntó, esperó. La esperanza, frágil, se sostuvo durante semanas.

El 29 de diciembre, casi al cierre del año, la noticia cayó como un golpe seco: en la parte alta de la vereda Santa Elena, cerca de la bocatoma, fueron hallados restos humanos. Las autoridades tradicionales confirmaron lo que nadie quería escuchar: se trataba de Karen Melissa. Así terminó su búsqueda. Así terminó, también, cualquier intento de cerrar el año con alivio.

No fue solo una muerte. Fue una fractura. Padres, madres, estudiantes y maestras quedaron con una pregunta que no se responde con rituales ni comunicados: ¿cómo proteger a las niñas cuando el peligro está tan cerca y la justicia tan lejos?

La violencia contra las niñas y las mujeres indígenas no es un hecho aislado ni una excepción trágica. Es una constante silenciada. El caso de Karen Melissa se suma a una larga lista de agresiones que rara vez llegan a una investigación seria y casi nunca a una sanción efectiva. Los niveles de impunidad son alarmantes, incluso dentro de los sistemas de justicia propia. Pero decirlo tiene costo.

Muchas mujeres indígenas saben que denunciar es enfrentarse no solo al agresor, sino al machismo estructural y a la misoginia que atraviesan comunidades, autoridades y organizaciones zonales y regionales. Callar, en muchos casos, ha sido una forma de sobrevivir. Hablar puede significar aislamiento, estigmatización o castigo. Por eso, la impunidad no es solo jurídica: es cultural, política y profundamente patriarcal.

El asesinato de Karen Melissa interpela a todos los sistemas de justicia. A la justicia indígena, que debe revisarse críticamente cuando no protege a las niñas. Y al Estado colombiano, que no puede seguir usando el respeto a la autonomía como excusa para la omisión. La autonomía no puede convertirse en abandono.

Hoy es urgente exigir verdad y justicia. Exigir que la Fiscalía, Medicina Legal, la Defensoría del Pueblo, el ICBF y los mecanismos de protección actúen de manera integral y respetuosa, acompañando este caso hasta sus últimas consecuencias. Exigir garantías reales para la familia. Exigir que no se archive, que no se diluya, que no se olvide.

Pero también es tiempo de algo más profundo: la construcción de un derecho propio desde las mujeres indígenas, con enfoques diferenciales, de género y de niñez, que atienda estos casos sin revictimización, sin silencios impuestos, sin pactos patriarcales. Un derecho que ponga la vida de las niñas en el centro.

Así se va el 2025: con una niña asesinada, con comunidades heridas y con una deuda que el país sigue sin saldar. Nombrarla es el primer acto de justicia. Exigirla, una obligación ética.

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

La V fue clara: victoria para los trabajadores y salario mínimo cerca de 2 millones desde enero de 2026

Cada vez que en Colombia se anuncia un aumento significativo del salario mínimo se activa un ritual que ya es costumbre nacional. Aparecen los mismos voceros, con los mismos gestos graves y las mismas advertencias apocalípticas: que habrá desempleo, que crecerá la informalidad, que se disparará la inflación, que las pequeñas empresas quebrarán y que, en general, el país se habrá metido en una aventura irresponsable. El salario sube, nos dicen, y la economía se cae. Lo curioso es que el salario ha pasado décadas sin subir de manera sustancial y, aun así, la economía tampoco se volvió justa ni próspera para la mayoría.

El argumento más repetido es que subir el salario mínimo destruye empleo. Se afirma que los empresarios no podrán pagar y despedirán trabajadores. Sin embargo, Colombia ha tenido altos niveles de desempleo incluso en los años en que el salario mínimo crecía apenas por encima de la inflación o incluso por debajo de ella. El desempleo no parece reaccionar con obediencia a la modestia salarial. Además, los sectores que concentran mayor capital y toman las decisiones económicas más relevantes no pagan salario mínimo. Ningún banquero, ningún alto ejecutivo, ningún gran accionista ha reducido su nómina porque el salario del vigilante o de la cajera aumente. El desempleo en Colombia no es consecuencia del salario mínimo sino de un modelo económico que concentra riqueza y reparte precariedad.

También se afirma que un aumento del salario mínimo empuja a los empleadores hacia la informalidad. El argumento resulta casi cínico en un país donde más de la mitad de los trabajadores ya es informal desde hace décadas. La informalidad no apareció cuando el salario subió: existía cuando el salario era insuficiente para vivir. El verdadero problema no es el nivel del salario sino la ausencia histórica de inspección laboral, la permisividad estatal frente al incumplimiento de la ley y la naturalización del abuso. Culpar al salario mínimo de la informalidad es como culpar al paraguas de la lluvia.

Otro de los temores invocados es la inflación. Se nos dice que si los trabajadores ganan más, los precios subirán automáticamente. Pero la experiencia muestra que los precios en Colombia suben incluso cuando los salarios no lo hacen. Suben los alimentos, sube la energía, sube el transporte, suben los arriendos, y rara vez alguien culpa a la especulación, a los monopolios o a las fallas estructurales del mercado. El salario mínimo, en cambio, siempre ha corrido detrás de la inflación, nunca delante de ella. Atribuirle el aumento de precios es confundir causa con efecto o, peor aún, elegir al culpable más débil.

Con frecuencia se apela a la difícil situación de las pequeñas y medianas empresas. Se afirma que no pueden soportar salarios más altos y que terminarán cerrando. Sin embargo, las pymes no quiebran porque sus trabajadores ganen un poco más; quiebran porque el crédito es caro, los impuestos son regresivos, los grandes competidores fijan precios y la gente no tiene dinero para consumir. Un salario mínimo más alto no asfixia a la pequeña empresa: le devuelve clientes. El problema es que, mientras se invoca a la pyme como argumento moral, las políticas públicas suelen beneficiar a los grandes conglomerados.

Cuando los argumentos económicos flaquean, aparece la acusación política: subir el salario mínimo es populismo. El término se usa con una elasticidad notable. Es populista mejorar el ingreso de los trabajadores, pero no lo es rescatar bancos con recursos públicos, ni condonar impuestos a grandes empresas, ni socializar pérdidas privadas. En Colombia, el populismo parece consistir exclusivamente en que la gente viva un poco menos mal.

También se insiste en que primero debe aumentar la productividad y luego los salarios. La idea suena técnica, pero es profundamente injusta. La productividad no depende del trabajador sino de la inversión, la tecnología, la organización empresarial y el modelo productivo. Exigirle al trabajador que sea más productivo sin mejorar sus condiciones es pedirle que corra más rápido mientras otros deciden el rumbo, el ritmo y la meta. En la práctica, la productividad aumenta, pero las ganancias no se reparten: se concentran.

Lo que casi nunca se dice es que un salario mínimo bajo funciona como un subsidio oculto al empresariado. El trabajador mal pagado sobrevive gracias a ayudas públicas, endeudamiento, trabajo adicional o apoyo familiar. El Estado termina cubriendo lo que el mercado laboral no garantiza. Tampoco se dice que un salario digno reduce la violencia cotidiana, el estrés social, la desigualdad y la desesperanza. Y menos aún se reconoce que mejorar el salario no solo redistribuye ingresos, sino también poder.

En el fondo, el miedo al aumento del salario mínimo no es técnico ni económico. Es político. Porque cuando la gente puede vivir con dignidad, también puede pensar, organizarse y exigir. Y eso, para algunos, resulta mucho más amenazante que cualquier cifra de inflación.

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

La teta del Estado: la derecha colombiana y los megarricos que sí quieren todo regalado

Dicen que “los zurdos quieren todo regalado”. Lo repiten como mantra quienes se creen dueños del mérito, la eficiencia y el esfuerzo. Pero basta rascar un poco la superficie para descubrir que, en Colombia, quienes más han vivido del Estado no son los pobres ni los movimientos sociales, sino la derecha tradicional y los megarricos que dicen odiar el “asistencialismo” mientras estiran la mano con una destreza admirable.

El problema no es que existan subsidios o créditos públicos: el problema es quién logra capturarlos. Porque cuando el Estado ofrece un incentivo, un crédito blando o una beca, los primeros en llegar no son los campesinos sin asesoría ni los estudiantes brillantes sin redes, sino quienes tienen abogados, contadores y gestores especializados en doblar requisitos sin romperlos. La ley no se viola: se optimiza. Y eso también es una forma de privilegio.

Ahí está el caso, ampliamente debatido en la opinión pública, de Juan José Lafaurie Cabal, hijo de María Fernanda Cabal, quien accedió a un crédito con recursos de Finagro y a un subsidio asociado, presentándose como pequeño productor. Todo dentro de los márgenes formales. El detalle incómodo es el contexto: pertenecer a una de las familias más influyentes del gremio ganadero y del uribismo duro, ese mismo que lleva años despotricando contra los subsidios “para vagos”. No es ilegal. Es revelador.

El caso más estructural es Colfuturo. Durante décadas, su esquema de crédito-beca benefició de manera desproporcionada a estudiantes de estratos 5 y 6: colegios privados, educación bilingüe, universidades de élite y respaldo familiar suficiente para asumir deudas en dólares. No es un accidente: es diseño social.

Colfuturo ha estado históricamente dirigido y financiado por representantes del gran capital colombiano. En su junta directiva y órganos de dirección han participado figuras vinculadas a los principales conglomerados económicos y financieros del país. Entre ellos, el nombre más emblemático: Luis Carlos Sarmiento Angulo, cabeza del Grupo Aval, el mayor conglomerado financiero del país y beneficiario histórico de políticas estatales, concesiones y contratos públicos. También han tenido asiento o representación empresarios y altos ejecutivos ligados a grupos como Colpatria (Grupo Scotiabank Colpatria), al gran sector bancario, asegurador y empresarial, es decir, los mismos megarricos que dominan la economía nacional.

Colfuturo no es una ONG popular ni una política pensada desde la desigualdad real. Ha funcionado como un negocio elegante para las élites: el Estado pone recursos, garantías y legitimidad; los grandes grupos aportan dirección y redes; y el resultado es que el dinero público financia trayectorias que ya venían con ventaja. Luego, muchos de esos beneficiarios regresan a ocupar cargos en bancos, consultoras, multinacionales o en el propio Estado, cerrando el círculo perfecto.

La derecha colombiana no quiere un Estado pequeño: quiere un Estado selectivo. Gigante para proteger patrimonios y socializar pérdidas, microscópico para derechos, educación y salud de la mayoría. Por eso el cuento de que “el Estado sobra” solo aparece cuando el beneficiario no son ellos.

Así que no: los que quieren todo regalado no son “los zurdos”. Son los mismos de siempre, expertos en llamar privilegio a los derechos ajenos y mérito a sus propias ayudas públicas.

Por Justicia & Dignidad

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Colombia: la violencia de género es estructural

Las cifras llegan como llegan siempre: ordenadas, comparables, aparentemente tranquilizadoras. Pero cuando se miran juntas, cuando se leen sin prisa, lo que muestran no es una emergencia pasajera sino una estructura de violencia sostenida contra las mujeres y las niñas en Colombia.

Según datos consolidados por la Fiscalía General de la Nación y la Defensoría del Pueblo, en 2024 se registraron 16.947 casos de violencia intrafamiliar contra mujeres. De ellos, 11.255 correspondieron a mujeres mayores de 18 años, 2.437 a niñas y adolescentes y 620 a mujeres OSIGDH–LBT, sigla que hace referencia a mujeres con Orientación Sexual e Identidad de Género No Hegemónica, en particular lesbianas, bisexuales y mujeres trans, quienes enfrentan violencias agravadas por prejuicio y discriminación.

En 2025, entre el 1 de enero y el 30 de noviembre, los casos reportados fueron 12.873: 8.396 mujeres adultas, 1.980 niñas y adolescentes y 454 mujeres OSIGDH–LBT. La reducción numérica no implica una mejora estructural: en los territorios se interpreta como subregistro, miedo y desgaste institucional.

La violencia sexual es aún más contundente. En 2024, la Fiscalía registró 17.076 delitos sexuales contra mujeres. De estos, 9.857 tuvieron como víctimas a niñas y adolescentes, 3.687 a mujeres mayores de edad y 446 a mujeres OSIGDH–LBT. En 2025, la cifra acumulada asciende a 13.832 casos, con 7.603 niñas y adolescentes, 3.105 mujeres adultas y 312 mujeres OSIGDH–LBT. La mayoría de las víctimas siguen siendo menores de edad. No se trata de hechos aislados: es una violencia repetida, cotidiana y silenciosa.

La explotación sexual de niñas y adolescentes confirma esa continuidad. En 2024 se reportaron 211 casos, y en 2025, 129. Aunque el número disminuye, la Defensoría advierte que estos delitos suelen estar profundamente subregistrados, especialmente en zonas rurales, de frontera y atravesadas por economías ilegales.

La trata de personas con fines de explotación, otra violencia organizada contra las mujeres, dejó 209 víctimas mujeres en 2024: 111 mayores de 18 años, 48 niñas y adolescentes y 6 mujeres OSIGDH–LBT. En 2025, los registros alcanzan 175 casos, con 86 mujeres adultas, 36 niñas y adolescentes y 6 mujeres OSIGDH–LBT. La persistencia en departamentos fronterizos revela un patrón conocido: donde el Estado es débil, el cuerpo de las mujeres se convierte en mercancía.

La forma más extrema de esta violencia es el feminicidio. En 2024, la Fiscalía reportó 171 feminicidios consumados y 391 tentativas. En 2025, las cifras son 111 feminicidios y 297 tentativas. A estos se suman los transfeminicidios: 20 casos identificados en 2024 y 26 en 2025, una señal clara de la vulnerabilidad extrema de las mujeres trans en un país que aún duda en protegerlas.

Leídas juntas, estas cifras no describen hechos excepcionales. Describen una normalidad violenta. El hogar, la infancia, el territorio y el cuerpo femenino siguen siendo espacios de riesgo. Colombia no enfrenta una ola repentina de violencia de género: enfrenta su fracaso histórico para prevenirla.

Las cifras ya están ahí. No faltan diagnósticos. Lo que falta es decisión política. Porque mientras estas violencias sigan tratándose como estadísticas y no como una prioridad nacional, el país seguirá contando mujeres como quien cuenta ausencias.

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

Congreso bloquea las reformas: ¿hora de una Constituyente?

En Colombia las reformas no mueren por cansancio sino por cerco. No se agotan en el debate: las asfixian. Así ha pasado con la reforma a la salud, esa que intentó devolverle dignidad al paciente y sentido público al cuidado. En el Congreso de la República la dilataron, la fragmentaron, la enredaron en procedimientos hasta volverla irreconocible. Y si cuando logra avanzar alguna reforma, la Corte Constitucional termina por desmontar piezas centrales, como si el derecho a los derechos fundamentales o sociales fuera una concesión técnica y no un mandato social.

No es un hecho aislado. La consulta popular —esa herramienta mínima para preguntarle al país qué quiere— también fue bloqueada. El mensaje se repite con precisión mecánica: cuando el cambio viene de abajo, la rama legislativa lo tranca; cuando logra colarse, la rama judicial lo poda. No es un choque de poderes; es una coreografía de contención.
En ese contexto no sorprende que resurja la palabra prohibida: Constituyente. No como capricho ni como atajo autoritario, sino como respuesta a un sistema que convirtió el trámite en trampa. Por eso se registró ante la Registraduría Nacional del Estado Civil el Comité Promotor de la Asamblea Constituyente. No es la Constituyente aún; es apenas el primer paso: recoger alrededor de tres millones de firmas válidas, pasar luego por el Congreso —otra vez el Congreso— y, si no bloquea, permitir que el pueblo decida en las urnas.
La idea no cae del cielo. En el Acuerdo Final de Paz quedó sembrado un espíritu constituyente: un gran pacto nacional para ampliar la democracia, garantizar derechos y cerrar, por fin, la guerra social. Ese Acuerdo tiene rango constitucional especial y fue depositado ante la Organización de las Naciones Unidas. No convoca por sí solo una Constituyente, pero sí reconoce algo fundamental: que sin transformaciones estructurales no hay paz posible.
¿Quiénes se oponen? Los de siempre. Las derechas colombianas que hicieron de la desigualdad un modelo y del miedo un programa. Los mismos que llaman “inseguridad jurídica” a perder privilegios y “populismo” a que la gente decida. Son, en el fondo, enemigos de la paz y de la justicia social.
De ahí que la discusión no sea solo jurídica. Es política y es ética. La Constituyente no sustituye la movilización; la necesita. Tampoco reemplaza las elecciones: las exige. Necesitamos mayorías en el Congreso, porque un Congreso capturado no puede seguir siendo el muro contra la salud, la educación, el trabajo digno y la paz.
El país está cansado de tocar la puerta correcta y encontrarla cerrada desde adentro. Cuando la ley le da la espalda al pueblo, el pueblo busca otra forma de entrar. No para romper la casa, sino para volverla habitable.

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

Las becas no se acabaron: se acabó el negocio de Colfuturo

No se acabaron las becas para estudiar en el exterior. Lo que se acabó —y eso explica el escándalo— es la intermediación privada de la Fundación Colfuturo, una fundación que durante décadas administró recursos públicos como si fueran patrimonio familiar. Cuando el Estado decidió retirar su dinero y asumir directamente la tarea, la aristocracia financiera gritó “crisis”, “improvisación” y “atentado contra la educación”. Traducción: nos quitaron el negocio.

Colfuturo no es una ONG de barrio ni una asociación de maestros. Es una fundación dirigida históricamente por la élite económica y política del país, esa misma que habla de meritocracia desde clubes privados y universidades extranjeras. En su junta han figurado nombres que no necesitan presentación: Luis Carlos Sarmiento Angulo, dueño del Grupo Aval; Eduardo Pacheco Cortés, de Colpatria–Scotiabank; Luis Felipe Arrubla Marín, del Grupo Santo Domingo; Mauricio Cárdenas Müller, gerente de la organización Sarmiento Angulo; Jorge Londoño Saldarriaga, expresidente de Bancolombia; junto a figuras de la política tradicional como Ana Milena Muñoz de Gaviria y altos funcionarios del establecimiento educativo y jurídico.

Eso no es diversidad social: es aristocracia financiera administrando plata pública.

El modelo funcionaba así: el Estado ponía miles de millones, Colfuturo decidía cómo se prestaban, a quién se le prestaban y bajo qué condiciones. Se llamaba “crédito-beca”, pero el riesgo lo asumía el estudiante y el control lo tenía el privado. Todo muy moderno. Todo muy eficiente. Todo muy poco democrático.

Ahora el Gobierno dice algo elemental: las becas al exterior continúan, pero las otorgará directamente el Estado. Con reglas claras, con criterios sociales, con exigencia académica, con responsabilidad fiscal y con filosofía de endeudamiento, como corresponde a un Estado social de derecho, no a una fundación privada con junta de banqueros. Exactamente lo que Colfuturo decía hacer, pero sin intermediarios.

La mentira de que “se acabaron las becas” no es ignorancia: es estrategia. Sirve para ocultar que lo que se acabó fue la comodidad de decidir desde arriba quién merece estudiar afuera y quién no. Sirve para defender la idea de que la educación pública necesita permiso del capital privado para existir.

El problema nunca fue estudiar en el exterior. El problema fue —y sigue siendo— quién controla la llave. Esta vez, por primera vez en mucho tiempo, la llave vuelve al Estado. Y por eso el ruido.

Porque no se acabó la educación.

Se acabó el intermediario.

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

No hay Navidad en Palestina

Jesús —dice la historia— nació pobre, nació desplazado, nació en una esquina del imperio.

Nació en Belén, que está en Palestina.

Nació sin posada y sin permiso.

Nació, teóricamente, palestino.

Pero este año la cuna no abre.

La estrella no llega.

El camino está cerrado.

Belén sigue ahí, sí. La geografía no se mueve. Lo que se mueve es la vida: se encoge, se esconde, se apaga. En nombre de la seguridad, se levantan muros; en nombre del orden, se borran nombres; en nombre de la guerra, se callan villancicos. Jesús no ha podido nacer allí, no porque falte fe, sino porque sobra violencia. El sionismo armado convirtió el pesebre en puesto de control.

Mientras el mundo enciende luces, en Gaza se apagan casas.

Mientras se reparten regalos, se reparten cifras: decenas de miles de personas asesinadas, una proporción que duele más cuando se pronuncia la palabra “niños”. Niños que no aprendieron a leer pero ya saben huir; niños que no llegaron a cantar pero ya saben guardar silencio. La estadística intenta ser neutral; el duelo no.

Dicen que Navidad es esperanza.

Pero la esperanza no resiste los bombardeos.

La esperanza necesita tregua, pan, agua, nombre propio.

Jesús fue un niño bajo ocupación.

Su historia es la de los cuerpos pequeños frente a los poderes grandes.

Por eso, si hoy mirara el mundo, no estaría del lado de los misiles ni de los discursos impecables: estaría del lado de las madres que cuentan ausencias, del lado de las manos que buscan entre ruinas, del lado de los niños que no llegan a cumplir años.

Este año no hay Navidad.

Hay memoria.

Hay duelo.

Hay una verdad incómoda que no cabe en el pesebre: no se puede celebrar la vida mientras se normaliza el exterminio.

Que el saludo sea claro y sin adornos: Palestina libre.

Cuando la justicia regrese a Belén, quizá —solo quizá— vuelva a nacer la Navidad.

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

Feliz Nacimiento !! 🎄🤶🎅

No queríamos que la tristeza hiciera nido en sus corazones.
Por eso llegamos.
Porque cuando la muerte pasa primero, alguien tiene que llegar después con las manos abiertas y la memoria despierta.
Desde el Movimiento Nacional de Madres y Mujeres por la Paz acompañamos a los niños y niñas de la Comuna 7. Su profe William Fernando murió, y no íbamos a permitir que la muerte se quedara sola con ellos, que se sentara tranquila en las sillas del barrio como si fuera costumbre. La muerte no puede tener la última palabra cuando hay infancia alrededor, aunque el Estado muchas veces se la conceda.
Eso es la maternidad en los territorios: ponerse a la tarea sin pedir permiso, hacer lo que toca cuando las instituciones no llegan, cuando la política oficial se queda en papeles y la vida real ocurre en las calles.
Acoger como hijitos propios a una niñez golpeada por la pobreza y la guerra, esa guerra que no siempre dispara balas, pero que dispara desplazamientos, hambres, duelos tempranos y maestros que mueren sin reemplazo.
Llegaron niños venezolanos, expulsados por el hambre y la frontera.
Llegaron niños desplazados del norte del Cauca, perseguidos por una guerra que no eligieron.
Llegaron los niños del proceso de La Caracola, que siempre llegan porque saben que aquí hay refugio.
Y como siempre pasa en los procesos que resisten, llegaron mujeres: madres de corazones buenos, de esos que sostienen lo que el Estado abandona.
Y llegó el payasito Manzanita, recordándonos que la risa también es un derecho. Hizo reír a los niños y niñas, les devolvió la carcajada que la violencia intenta borrar primero. Vino en agradecimiento porque el profe William lo acompañó alguna vez. La risa fue memoria, fue justicia simbólica, fue una forma de decir que la vida no se rinde tan fácil.
Estuvo Isabel Ruano, nuestra madre monita. Llegó sin organización, sin siglas, sin discursos oficiales. Llegó con lo único verdaderamente urgente: la bondad de su corazón. Trajo regalos, rosquillas con dulce, jugo. Rezó la novena como quien protege el territorio, porque para ella la Navidad no es consumo, es cuidado colectivo. Isabel es una política del amor.
Nos acompañó Laura Bahos, con su disponibilidad incondicional.
Doña Ruby Arias estuvo allí, enseñándonos que el orden también es resistencia y que hablarle a Dios en lenguaje propio es un acto de dignidad.
Estuvo Mónica, sosteniendo la logística, porque la justicia social también necesita organización, conteo, cuidado, presencia.
Y Merceditas, empacando regalos como un acto político silencioso: ningún niño sin nombre, ningún niño sin regalo, ningún niño sin lugar.
Estuvo la profe Paloma.
Claudia y Diego, formados políticamente en el barrio, demostrando que la educación popular deja raíces.
Los dos Guillermos, uno desde Australia y otro desde Popayán, confirmando que la solidaridad no reconoce fronteras.
Martica, nuestra matriarca.
Emilse, desde la Guardia Intercultural, defendiendo la vida.
Diana Carolina, desde el amor al profe William.
Natalia y Farbin, sosteniendo La Caracola cuando nadie más mira.
Y estuve yo, Sofía López, cronista y aprendiz, sabiendo que escribir también es un acto político: nombrar lo que el poder prefiere invisible.
Celebramos esta Navidad no como una fiesta, sino como una afirmación.
Afirmamos que nuestros niños y niñas importan.
Que la guerra no es destino.
Que el cuidado es una forma de lucha.
Y mientras haya madres dispuestas a llegar después de la muerte,
la vida seguirá organizándose para resistir.

Movimiento Nacional de Madres y Mujeres por la Paz

Ley de Financiamiento: qué pasó, por qué la tumbaron y por qué el decreto de emergencia es constitucional

En Colombia existe una confusión muy útil para la oposición: hacer creer que los impuestos aparecen porque a un presidente se le ocurrió, y no porque el Estado, como cualquier casa, necesita ingresos para no quebrarse. Esa confusión volvió con fuerza tras la tumbada de la Ley de Financiamiento: una ley técnica, aburrida y poco sexy, pero absolutamente vital. Justo el tipo de cosas que el Congreso disfruta sabotear mientras grita “dictadura”.

La ley de financiamiento no es un invento chavista ni una conspiración bolivariana. Es, en términos simples, el instrumento que dice de dónde sale la plata para pagar lo que el mismo Congreso ya aprobó gastar. Presupuesto sin financiamiento es como aprobar el mercado familiar y luego negarse a sacar la billetera: mucho entusiasmo, cero responsabilidad.

¿Qué fue lo que pasó? El Congreso aprobó un presupuesto ambicioso —salud, educación, programas sociales— y después decidió tumbar la ley que garantizaba los ingresos para financiarlo. No por errores técnicos graves, sino por una mezcla conocida: oposición política, cálculo electoral y una vieja costumbre nacional de legislar sin hacerse cargo de las consecuencias.

La ley buscaba recaudar alrededor de 26 billones de pesos. No del rebusque, ni del vendedor de empanadas, ni de la señora del Sisbén. La carga estaba concentrada en los más ricos, los grandes patrimonios y las grandes empresas, incluyendo sobretasas a sectores financieros y recortes a beneficios tributarios que funcionan como subsidios de lujo. Es decir, tocar donde duele… pero donde hay con qué.

¿Había impuestos indirectos? Sí, algunos ajustes al consumo. Pero el grueso del recaudo venía de arriba, no de abajo. Sin embargo, en el relato opositor eso se convirtió mágicamente en “van a empobrecer al pueblo”, dicho —como siempre— por quienes no usan TransMilenio ni hacen mercado sin escolta.

Hundida la ley, el Gobierno quedó frente a una ecuación elemental: gastos aprobados, ingresos insuficientes. Y aquí conviene recordar algo básico: la Constitución no permite quedarse cruzado de brazos mientras el país entra en riesgo fiscal. O se recorta el gasto social, o se deja de pagar, o se usan mecanismos extraordinarios. Y ahí aparece el tan demonizado decreto de emergencia económica.

El decreto no es un capricho autoritario. Es una herramienta constitucional prevista precisamente para situaciones como esta: cuando existe una amenaza grave al orden económico y fiscal. Permite, por un tiempo limitado, legislar por decreto, bajo revisión automática y estricta de la Corte Constitucional. No es poder absoluto: es poder temporal, condicionado y vigilado.

Pero Colombia es especialista en paradojas. El Congreso tumba la ley de financiamiento, luego critica el decreto que intenta suplirla, y después celebra si la Corte tumba el decreto. Es la política del “no a todo”, con una sola excepción: no a asumir responsabilidades.

Si la emergencia también se cae, las consecuencias no son retóricas ni ideológicas. Son concretas: menos recursos para programas sociales, aplazamientos en inversión pública, mayor incertidumbre fiscal, desconfianza económica y un Estado obligado a gobernar con el freno de mano puesto. Todo eso para que los mismos de siempre puedan decir que “el Gobierno no ejecuta”, después de haberle quitado la chequera y roto la tarjeta.

Mientras tanto, los sectores que más debían aportar celebran. Porque cada ley tributaria hundida es, en la práctica, una exención informal para los poderosos. No legislar también es legislar: a favor de quienes ya tienen.

Al final, el país no está ante un debate técnico sino ante una pregunta política simple:

¿quién paga el Estado?

¿los que más tienen o los que siempre terminan pagando el desorden ajeno?

Tumbar la Ley de Financiamiento y luego el decreto no es defensa de la democracia.

Es sabotaje fiscal con aplausos.

Y cuando el Estado se queda sin recursos, el daño no lo sienten los congresistas:

lo siente el país.

 

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