La política colombiana ya es un mal chiste, pero la de la derecha es una tragicomedia con escenas de horror, mucho cinismo y hasta carcajadas en medio de los muertos. Todo empezó en abril, cuando los cinco precandidatos del Centro Democrático —María Fernanda Cabal, Paloma Valencia, Paola Holguín, Andrés Guerra y Miguel Uribe Turbay— mostraron que la unidad era puro cuento. Se reunieron a puerta cerrada cuatro de ellos, excluyendo al “niño rico” Miguel, porque su estilo de campaña era demasiado lujoso para el manual uribista de la austeridad de mentira. Celos, zancadillas y desplantes: así se cocina la derecha.
Ese mismo mes, Andrés Guerra propuso elegir candidato con encuestas eliminatorias, como si la política fuera un reality barato: en agosto, septiembre y octubre se iba sacando a uno hasta quedar con el finalista. La idea fue tan ridícula que el partido corrió a desmentirla, pero ya el tufillo de improvisación y pelea interna estaba instalado. Y, para completar, apareció Vicky Dávila, que dejó el periodismo para lanzarse como candidata, con un estilo a medio camino entre Trump, Bukele y Milei, convertida en influencer de la ultraderecha con micrófono en una mano y banderita en la otra.
En julio, la tragicomedia tuvo un giro dramático: la condena a Álvaro Uribe por soborno y manipulación de testigos. El partido, fiel a su guion, lloró persecución política y firmó comunicados de solidaridad, mientras el jefe, desde su finca-prisión, sigue moviendo los hilos como ventrílocuo de sus propios precandidatos.
Y entonces llegó agosto con el funeral de Miguel Uribe Turbay, que más que velorio parecía lanzamiento de campaña. La viuda picando ojo, el padre, Miguel Uribe Londoño, cuchicheando chistes con su esposa, y el ataúd convertido en tarima electoral para hablar de 2026. Se le nota a leguas que a Claudia Tarazona, la viuda, le bajaron el pulgar político, mientras el padre del difunto acaricia abiertamente la aspiración al Senado. El muerto era lo de menos, el botín electoral lo de más. Álvaro Uribe, impedido de asistir, mandó su discurso: aprovechó para estigmatizar a las víctimas de la UP y, entre líneas, deslizó el anuncio de un nuevo genocidio.
Ni se había enfriado el cadáver cuando María Fernanda Cabal salió a reclamar votos como si fueran herencia: “Éramos cinco, ahora somos cuatro”. Pero la bendición del patrón no fue para ella, sino para Juan Carlos Pinzón Bueno —de “Bueno” no tiene nada—, sobrino de Jorge Bueno Sierra, narco condenado en Estados Unidos, y santista reciclado. Otra puñalada a Mafe Cabal, que lleva años creyendo que esta vez sí la eligen, sin entender que en el manual ultraconservador las mujeres siempre están en la banca.
De ahí en adelante, las peleas se multiplicaron: Abelardo de la Espriella, lanzado como candidato de la derecha con pose militar y mocasines de peluche; y Vicky Dávila, agarrados por Saab como si fueran adolescentes en chisme de colegio. El papá del difunto, reconvertido en conferencista político de la mano del condenado Uribe, porque aquí las penas se cumplen con reflector y micrófono; y, como si no bastara, el propio Álvaro Uribe organizando conversatorios virtuales con precandidatos presidenciales del uribismo, confundiendo casa por cárcel con home office.
A este circo se sumó Josué Alirio Barrera, entre polémicas por acumulación de tierras y la anulación de su vicepresidencia del Senado por no respetar la cuota de género. Y, claro, la siempre presente María Fernanda Cabal, salpicada por señalamientos de narcotráfico y acaparamiento de tierras: su familia vinculada a Riopaila Castilla, empresa donde fueron incautados 500 kilos de cocaína, además de beneficiarse con la ocupación ilegal de más de 2.000 hectáreas de baldíos a través de ingenios azucareros ligados al Grupo Ardila Lule. Pese a estas denuncias, la senadora sigue campante en el Congreso y en campaña presidencial, confirmando la profunda impunidad y el cinismo de la política colombiana.
El remate es la familia Uribe anunciando venganza. Tomás, el heredero, amenazando con la extradición de Iván Cepeda y Miguel Ángel del Río en un obvio y descarado montaje judicial. Esa es su “venganza” contra quienes han sido víctimas y representantes de víctimas en el proceso judicial que condenó a su padre. La derecha no disimula: anuncia de frente que quiere volver con sangre, miedo y muerte.
En suma, la derecha colombiana está inmersa en una profunda crisis interna y de identidad. Desde agresiones públicas entre precandidatos, estrategias fallidas para lograr unidad, hasta el uso político de un atentado, todo evidencia una fuerza política sin claridad ni cohesión. La figura de Álvaro Uribe sigue siendo central, aunque corroída por procesos judiciales y divisiones internas. Es una derecha despelotada, dividida, pero que se sabe respaldada por la criminalidad, y eso le puede bastar para volver al poder en 2026. Por eso la tragicomedia no es solo para reírse: también genera preocupación. La bandera principal de la derecha es el odio y la muerte; si fueron capaces de usar al difunto como trampolín electoral, es claro que, una vez en el poder, los muertos los pondremos nosotros, el pueblo. El genocidio está anunciado.
Por Justicia & Dignidad 🌹
Periodismo Independiente e Investigativo

