Por estos días, mientras la clase política colombiana continúa en su maratón de advertir que “el país se está acabando” desde que Petro llegó a la Casa de Nariño, reaparece uno de esos organismos internacionales que ellos veneran cuando confirma sus prejuicios, pero que ahora preferirían meter en una gaveta: la OCDE. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, ese club de 38 países que se consideran a sí mismos “serios” y “responsables”, publicó su informe del 2 de diciembre de 2025, y la noticia cayó como café derramado en falda ajena: Colombia crecerá más de lo que habían dicho. Pasamos de una proyección de 2,5 % a 2,8 % para 2025, una corrección al alza que, lejos de ser anecdótica, nos pone por encima de los mismos países que suelen usarse como ejemplo del “capitalismo bien hecho”.
Los números no tienen ideología: Estados Unidos crecerá solo 2,0 %, la Eurozona 1,3 %, Japón un pobre 1,3 %, y el promedio de la OCDE quedará en 1,7 %. Incluso el G20, ese grupo de gigantes económicos, apenas alcanzará 3,2 % en un año de desaceleración global. Y Colombia, sin petróleo por las nubes ni bonanzas fantasiosas, se ubica en 2,8 % para 2025 y 2,8 % nuevamente en el cuarto trimestre, con una proyección de 2,9 % para 2027. El país crece más que Brasil, que se queda en 2,4 % y luego cae; más que Estados Unidos, que se enfría; más que la Eurozona y Japón, que patinan en su propia inercia económica. Estamos, para molestia de los catastrofistas profesionales, entre las economías que repuntan.
¿Y qué significa esto para el ciudadano que hace magia para pagar arriendo, mercado y transporte? Que una economía que crece —aunque no sea un salto olímpico— es una economía que respira. Crecimiento significa más posibilidades de empleo, menos presión inflacionaria, más inversión pública, y un margen mayor para que el Estado deje de recortar y empiece a construir. Significa que los precios no suben como locos y que hay obra, circulante y movimiento. No es una panacea, pero es la diferencia entre un país que avanza y uno que se hunde.
Lo que realmente irrita a la derecha no es la cifra, sino lo que la cifra destruye: su discurso de que Colombia va rumbo al abismo desde 2022. Si la economía mejora bajo un gobierno progresista, se les cae el libreto del miedo que han usado como capital político durante décadas. Y reaparece su verdad oculta: no necesitan que Colombia funcione, necesitan que fracase para recuperar el poder.
Por eso les duele que la OCDE —que no es Petro, ni Cuba, ni Venezuela— diga que vamos mejor. En un país acostumbrado al pesimismo, ese dato ya es un terremoto político.
Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

