El Salón Dorado del Necrocapitalismo

Donald Trump, ese magnate de peluquín inverosímil y ego desbordado, ha decidido convertir la Oficina Oval —símbolo democrático por excelencia— en un mausoleo dorado digno de un faraón tardío. Mientras ordena un salón de baile de 200 millones de dólares para festejar quién sabe qué delirios de grandeza, manda cubrir con oro las paredes desde donde debería gobernar la república. Y lo hace, claro, justo después de recortar la asistencia sanitaria de 17 millones de estadounidenses y de apretar, con la frialdad de un contable sin alma, las tuberías de los programas que alimentan a los niños pobres. Necrocapitalismo neofascista: la estética y la ética coinciden.

Lo curioso es que, desde este trópico cada vez más febril, una parte de la derecha colombiana aplaude como si lo que Trump hiciera fuera obra del Espíritu Santo. Ahí están, de Alvaro Uribe a María Fernanda Cabal, pasando por Paloma Valencia, Abelardo De La Espriella, Juan Carlos Pinzón y hasta Vicky Dávila, celebrando con entusiasmo servil las excentricidades del emperador naranja. Cipayos de un imperio que ni los mira: se desviven por un hombre que, si pudiera, bombardearía este país creyendo que es parte del patio trasero que Washington dibuja cada tanto para sentirse importante.

Lo veneran porque su brutalidad coincide con la suya: la idea de que el poder no se disputa, sino que se toma; de que la democracia es un estorbo que se esquiva; de que los pobres existen para ser usados como ejemplo o como amenaza, pero nunca como ciudadanos. Trump es su espejo: un caudillo sin pudor, un millonario que cree que gobernar es decorar palacios mientras desmonta derechos.

En el fondo, todo ese oropel no es más que una metáfora: el brillo del oro ocultando la podredumbre del poder. Y ellos, desde acá, felices de ser sus modestos admiradores tropicales.

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo