Cuando la ansiedad electoral nos gana: una invitación a mirar las calles

Si usted siente ansiedad por las elecciones, no está solo.

Miles de colombianos se despiertan cada mañana preguntándose qué ocurrirá con el país. No es un miedo inventado. Colombia conoce demasiado bien los ciclos de violencia política. Conocemos el dolor del exterminio de la Unión Patriótica. Conocemos las heridas que dejaron el paramilitarismo, las desapariciones forzadas, los falsos positivos, la persecución contra líderes sociales, estudiantes, sindicalistas, periodistas y defensores de derechos humanos. Conocemos el peso de una historia que todavía no termina de sanar.

Por eso muchas personas observan con preocupación el actual panorama político. No se trata solamente de una disputa electoral. Para millones de ciudadanos está en juego la forma de entender el país: si avanzamos hacia una sociedad que profundice la paz, la justicia social y la protección de la vida, o si regresamos a lógicas de confrontación que ya dejaron demasiado sufrimiento.

Frases del candidato como «destripar», «erradicar», «exterminar», «la izquierda será mi enemiga y la voy a combatir» o «dar de baja» nos devuelven al horror del pasado, y eso no queremos volver a vivirlo. Ahí aparece la ansiedad. Como explicó el psiquiatra y neurólogo austríaco Viktor Frankl, gran parte de la ansiedad surge cuando el ser humano proyecta hacia el futuro amenazas que asocia con experiencias dolorosas del pasado. En términos sencillos, la ansiedad es muchas veces el miedo al futuro alimentado por heridas que todavía no terminan de cerrar.

Pero no todo está perdido. Con fraude o sin fraude, pasamos de segundos, y eso nos llevó a movernos. Nos obligó a salir de la zona de comodidad. Por eso esta campaña electoral es diferente a las demás.

Claudia López le reclama a Iván Cepeda que lidere la campaña, pero en estas elecciones pasó algo distinto: las bases populares, académicas e intelectuales son quienes la lideran. Es decir, el pueblo colombiano decidió llevar la batuta. Y eso habla bien de Iván, pero también habla bien del panorama electoral. El país cambió y el progresismo conquistó el corazón de buena parte del pueblo colombiano.

Miren las redes sociales: gente que nunca había hecho un video ahora lo hace, y lo hace a favor de la vida.

Cuando uno sale a la calle encuentra una realidad mucho más esperanzadora. En los mercados populares aparecen conversaciones espontáneas sobre las elecciones. En las universidades hay estudiantes organizando actividades culturales, debates y encuentros. En los barrios, en los pueblos, en los territorios campesinos e indígenas, miles de personas hablan de política con entusiasmo y con la convicción de que todavía es posible construir un país distinto, todos bajo la consigna de «Juégatela por la Vida», que se ha convertido en una de las banderas del progresismo.

Hay algo particularmente interesante en esta campaña: son ciudadanos comunes conversando con sus vecinos, con sus familiares y con sus amigos. Personas que no esperan órdenes de nadie para participar, porque consideran que el futuro del país también les pertenece.

Por eso, quizás la mejor respuesta frente a la ansiedad no sea quedarse mirando encuestas cada diez minutos ni entrar en discusiones interminables en redes sociales.

La mejor respuesta es actuar.

Hablar con quien nunca ha votado.

Escuchar a quien todavía tiene dudas.

Explicar con paciencia nuestras razones.

Invitar a participar.

Recordar que la democracia no se construye únicamente en las plazas públicas ni en los grandes eventos, sino también en la sala de una casa, en una llamada telefónica o en una conversación entre vecinos.

No vale la pena desperdiciar energía en insultos o confrontaciones estériles. Quien decidió votar por Abelardo a sabiendas de su cuestionada trayectoria difícilmente cambiará de opinión. Tal vez crea que conservará ciertos privilegios o, simplemente, tenga una visión ética y política distinta de la nuestra. Y precisamente no somos nosotros quienes debemos resolver eso.

Las elecciones no se ganan convenciendo a quienes ya tomaron una decisión irrevocable. Se ganan llegando a quienes aún están pensando, a quienes nunca han participado, a quienes sienten que la política no tiene nada que ver con sus vidas.

Cada persona puede aportar algo. Un mensaje. Una conversación. Un afiche en una ventana. Un video. Una invitación a votar. Un gesto pequeño que, sumado a miles de otros gestos pequeños, termina convirtiéndose en una fuerza colectiva.

Incluso diversas voces de la sociedad colombiana, entre ellas la Iglesia Católica, han insistido en la importancia de criterios como la justicia social, la dignidad humana, la paz y el cuidado de la casa común. Son principios que trascienden cualquier candidatura y que pueden servir como brújula para estos tiempos de incertidumbre.

Por eso, cuando la ansiedad aparezca, conviene mirar menos las pantallas y mirar más las calles.

Porque las calles hablan.

Hablan los estudiantes.

Hablan las madres.

Hablan los trabajadores.

Hablan los pueblos indígenas.

Hablan los campesinos.

Habla la gente común.

Y lo que muchos están diciendo es que todavía creen en la esperanza.

Y si aún siente ansiedad, recuerde algo: la ansiedad también se combate aportando un granito de arena. Haciendo algo. Participando. Convirtiendo la preocupación en acción.

La historia de Colombia ha demostrado que el miedo moviliza, pero también que la esperanza puede ser más fuerte.

De aquí al día de las elecciones, tal vez la tarea sea sencilla: cuidar nuestra tranquilidad, evitar que el odio nos contagie y hacer todo lo que esté a nuestro alcance para defender aquello en lo que creemos.

Con serenidad.

Con alegría.

Y, sobre todo, con amor por la vida.

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo