¿Gobernar o evadir la justicia? La sombra judicial sobre Uribe y Abelardo de la Espriella

En este bendito país, la vocación pública es una de las bellas artes del camuflaje. Unos dicen que se meten a la política para refundar la patria, otros para saquearla con orden, y los más urgidos, simplemente para que no los metan a la cárcel. La Presidencia de la República ya no es la máxima magistratura de la nación, sino la versión criolla del asilo diplomático: el último escondite donde los intocables esperan que prescriban sus infamias.

​La coincidencia, por supuesto, es de un cinismo cinematográfico. Justo cuando la Fiscalía arrastra los pies y, a regañadientes, llama a indagatoria al eterno expresidente Álvaro Uribe por las masacres de El Aro, La Granja y el oportuno asesinato de Jesús María Valle, brota como un hongo una campaña presidencial. Y para completar el cuadro de honor, en Washington a un grupo de congresistas gringos le da por pedir que examinen las andanzas, los fastuosos negocios y las dudosas amistades de su flamante pupilo, Abelardo de la Espriella. Qué mala suerte la de estos próceres. Es que a la justicia le da por tocar la puerta precisamente cuando están ocupados salvando a la patria.

​El uribismo, fiel a su libreto de paranoia rentables, saldrá a gritar —como siempre— que todo es una conspiración judeomasonica-castrochavista. En Colombia no hay expedientes, hay complots. Si un juez investiga, conspira; si la evidencia es abrumadora, es que los papeles están confabulados. Es la vieja maña nacional: convertir el prontuario en plataforma electoral y el banquillo de los acusados en un altar de persecución ideológica.

​Pero a Uribe lo persiguen sus propios fantasmas, que tienen la pésima educación de no saber envejecer. Los delitos de lesa humanidad son tercos: no se mueren con el paso de los calendarios ni se borran con discursos en Twitter. Vuelven siempre, con el paso lento pero seguro de los acreedores que cobran deudas de sangre.

​Y por los lados del pupilo, el asunto huele a azufre internacional. La carta enviada por los congresistas demócratas al Departamento de Justicia y al Tesoro no es un regaño de tía; es una esquela de sospecha. Le desempolvan los viejos retratos con jefes paramilitares, los negocios al amparo de la sombra y los lazos con ese sastre de la miseria venezolana llamado Alex Saab. Los gringos, que suelen ser tan prácticos como implacables cuando se lo proponen, todavía no acusan, pero ya husmean. Y cuando el sabueso del norte empieza a olfatear el rastro del dinero, los trajes de seda a la medida empiezan a sentirse bastante estrechos.

​Por eso la prisa, por eso los gritos apocalípticos en las tarimas. No están buscando votos para gobernar un país; están buscando blindaje para salvar el pellejo. Saben perfectamente que la justicia local —tan lenta, tan sorda— finalmente les respira en la nuca al patrón por crímenes que no caducan, mientras la justicia gringa empieza a pisarle los talones al candidato.

​Ante semejante pinza judicial, la Presidencia ya no es un proyecto de país. Es, simplemente, un refugio de carretera para evitar que el candidato o su mentor terminen donde la decencia indica que deberían haber estado hace ya muchos años.

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo