¿Qué es el «Household Voting»? El retroceso que busca quitarles el voto a las mujeres y une a EE. UU. con Viviane Morales y Ana Lucía Pineda

Siempre empieza igual: con una idea que parece un chiste, una extravagancia de sacristía, una de esas ocurrencias marginales que uno despacha con una sonrisa de suficiencia pensando que el siglo veinte no pasó en vano. Pero pasa. Vaya si pasa. En los Estados Unidos, ese faro de la modernidad que a veces ilumina y casi siempre encandila, un puñado de fanáticos del nacionalismo cristiano y de la derecha ultraconservadora ha desempolvado una tesis que da escalofríos: el “household voting”. El voto por hogar. Sostienen, muy serios, que la unidad política no es el individuo sino la casa, y que si el marido y la mujer no se ponen de acuerdo ante la urna, es el macho providencial quien decide. Quieren, con la biblia en una mano y el prejuicio en la otra, derogar de facto la Decimonovena Enmienda y devolver a las mujeres al estatus de propiedad mueble.

​Parece una caricatura de internet, una provocación para ganar clics en X o TikTok. Pero la infamia ha tomado cuerpo en San Antonio, Texas, en una de esas cumbres de la insensatez dirigidas por Erika Kirk. Allí, bajo el pomposo palio del movimiento MAGA, se vio el espectáculo macabro de mujeres jóvenes, hiperconectadas y con micrófonos al frente, compitiendo por ver quién abdicaba primero de su propia dignidad. Salieron a decir, con una sonrisa ensayada ante las cámaras, que estarían «felices de renunciar a su derecho al voto» porque sus maridos las representan mejor bajo el sagrado vínculo de ser «una sola carne», y que las mujeres se guían por las emociones mientras los hombres lo hacen por la lógica. El antifeminismo militante transformado en mercancía digital.

​La historia, que es terca y suele ser sangrienta, nos ha enseñado que el autoritarismo no entra rompiendo las puertas con tanques; entra desfilando con argumentos ridículos que, de tanto repetirse, terminan volviéndose leyes. El fascismo siempre empieza por el lenguaje y por la domesticación del cuerpo ajeno. Primero te dicen que es por el bien de la familia; luego, que es la voluntad de Dios o el mandato de la sumisión bíblica; y al final, te quedaste sin el derecho a elegir.

​Y no hay que mirar con superioridad al norte, porque aquí en Colombia el subdesarrollo también es ideológico y nuestros propios trogloditas criollos hacen fila en el confesionario del poder. Aquí no nos faltan las mentes prehistóricas. Tenemos a Viviane Morales y su cruzada inquisitorial para prohibir el derecho a la adopción a solteros y parejas del mismo sexo, pretendiendo legislar desde el prejuicio de su propia fe, ahora con la fatal noticia de que será ministra de Educación. Y en el mismo lodo aparece en el panorama electoral Ana Lucía Pineda, la esposa del inefable De la Espriella, con el gastado libreto de «sacar la ideología de género de las escuelas y regresar a Dios».

​Es la misma retórica tramposa y fatigante. Usan a Dios y a la sagrada familia como escudos fiscales para ocultar lo que verdaderamente les carcome el alma: un miedo cerval a la igualdad de derechos. No les importa la educación, ni les importan los niños, ni les importa el Altísimo; lo que les fastidia es que las mujeres decidan sobre sus vidas, que las minorías tengan voz, que el mundo insista en ser diverso y libre en lugar de cuadricularse bajo el orden gris de sus parroquias o el delirio patriarcal de las tarimas de Texas.

​Nos ha tocado vivir una época fastidiosa, un reflujo reaccionario donde hay que volver a defender lo obvio: que una mujer es un ciudadano completo, que el Estado es laico y que los derechos no se negocian en un altar. Pero se equivocan si creen que la historia camina hacia atrás de forma indefinida. El mundo va a reaccionar. Las mujeres, que tanto han tardado en arrancarles sus libertades a los hombres de sotana y corbata, no van a volver voluntariamente a la cocina política ni a pedirle permiso al marido para existir ante el Estado. Estas bestias del pasado, por más ruido que hagan y por más rosarios que agiten, no pasarán.

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo