El Tartufo tropical, la María Antonieta criolla y la indolencia presidencial frente a las víctimas del terremoto

En Colombia hasta las tragedias terminan convertidas en propaganda política. Se derrumban las casas, las familias duermen bajo plásticos y el Gobierno aparece con sermones, excusas y balones de fútbol.

Mientras el terremoto dejaba 26.945 viviendas destruidas y más de 127.000 averiadas, el ministro de Vivienda, Jaime Andrés Beltrán, descansaba con su familia frente al mar en Santa Marta. Después explicó que no estaba de vacaciones, sino ejerciendo su derecho a ser padre y esposo.

“Mi reto es construirles casa a los colombianos, pero sin destruir mi hogar”, declaró.

Miles de familias habían perdido literalmente sus hogares, pero el ministro convirtió la tragedia nacional en una reflexión sobre los sacrificios de su propia familia. Los damnificados perdieron sus casas, sus pertenencias y hasta sus seres queridos. Beltrán casi pierde un fin de semana con los niños.

El ministro parece salido de Tartufo, la comedia de Molière sobre el falso devoto que predica humildad mientras se apodera de la casa de quienes confiaron en él. Beltrán también es pastor cristiano y habla de Dios, familia y valores. Sin embargo, fue retirado de la Alcaldía de Bucaramanga después de que el Consejo de Estado anulara su elección por doble militancia: predicaba fidelidad mientras practicaba la poligamia electoral.

También carga con el llamado caso de la chatarra del alumbrado público. Durante su administración desaparecieron presuntamente más de setenta toneladas de bienes municipales: alrededor de 27.000 luminarias, 760 postes, centenares de reflectores, más de 10.000 brazos metálicos y hasta un transformador.

Una ciudad puede perder una lámpara. Tal vez dos. Pero extraviar 27.000 luminarias, 760 postes y un transformador requiere una vocación administrativa verdaderamente milagrosa.

El posible detrimento supera los 46.000 millones de pesos. Las investigaciones periodísticas señalan que parte del material habría terminado beneficiando a un familiar del ministro. El auditor que investigó el caso fue retirado de su cargo y después recibió amenazas. Hasta hoy, todo permanece impune.

También murió en circunstancias inquietantes Sandra Cecilia Serrano, una de las abogadas que promovió la demanda que terminó con la salida de Beltrán de la Alcaldía. Fue encontrada junto a una extraña nota que pedía no tocar un plato, un pan, un vaso ni un marcador. Su muerte continúa rodeada de preguntas y tampoco ha sido esclarecida.

Pero entonces apareció Ana Lucía Pineda, primera dama y María Antonieta criolla de esta tragedia, para defender al ministro:

“Ministro, siga adelante, usted y su familia están trabajando duro por Colombia”.

Añadió que la esposa de Beltrán dirigía un centro de acopio en Bucaramanga y que el ministro ya tenía listo el programa para atender las viviendas afectadas.

Es una defensa curiosa. Le preguntan por qué el ministro descansaba frente al mar durante una emergencia nacional y la primera dama responde que su esposa recogía mercados. Es como absolver al capitán que abandonó el barco porque su señora repartía salvavidas en el puerto.

A María Antonieta se le atribuye la frase: “Si el pueblo no tiene pan, que coma pasteles”. Nuestra María Antonieta tropical no ofreció pasteles: pidió reconocer el sacrificio familiar del ministro mientras las víctimas seguían durmiendo bajo carpas.

Y el presidente Abelardo de la Espriella decidió rematar la escena.

Llegó a la destruida Buenaventura y, frente a ciudadanos que necesitaban albergues, maquinaria, agua, alimentos y soluciones de vivienda, repartió balones de fútbol con los colores y la propaganda de su movimiento político.

Tal vez pensó que una pelota sirve de techo si se corta por la mitad. O que los damnificados pueden patearla entre los escombros mientras esperan las ayudas. O quizás eran simplemente los balones que sobraron de la campaña y había que desocupar la bodega antes de que desaparecieran como las luminarias de Bucaramanga.

La imagen resume al nuevo Gobierno: el ministro de Vivienda en la playa, la primera dama justificándolo y el presidente repartiendo propaganda entre las ruinas.

Aquí no hay pan.

Tampoco hay pasteles.

Hay familias sin vivienda y balones que ruedan sobre los escombros de Buenaventura.

Al menos el Gobierno podrá decir que no llegó con las manos vacías.

Llegó con las manos llenas de indolencia.

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo