Trump, Uribe, Maduro y Ortega: los rostros del narcisismo colectivo en la política continental

En la política contemporánea, pareciera que las sociedades viven atrapadas en un espejo que solo refleja su propia imagen. En lugar de buscar comprender al otro, muchos grupos políticos y sociales se aferran a la idea de que solo ellos representan la verdad, la moral o la patria. Esta necesidad de reafirmarse como “los buenos” o “los puros” frente a un enemigo siempre malvado es un síntoma de lo que el psicoanalista Erich Fromm describió como una forma de narcisismo colectivo: el amor desmedido hacia el propio grupo que impide reconocer los errores y bloquea la empatía.

Fromm, en El corazón del hombre (1964), advertía que la identificación excesiva con una nación, religión o partido puede cegar moralmente a las personas. Aunque no usó literalmente el término “narcisismo grupal”, sí advirtió que los individuos pueden proyectar su necesidad de superioridad en entidades colectivas, justificando así la intolerancia o la violencia. En sus palabras, el ser humano tiende a buscar refugio en el grupo “para escapar de la soledad de su propia libertad”, y en ese refugio puede perder la capacidad de autocrítica.

Ese espejo narcisista se ha vuelto una constante en las democracias actuales. En Estados Unidos, Donald Trump encarnó y amplificó esa pulsión colectiva de grandiosidad. Su lema “Make America Great Again” prometía recuperar una grandeza perdida, pero también alimentaba el resentimiento y el miedo al declive. El historiador Christopher Lasch, en La cultura del narcisismo (1979), explicó que las sociedades modernas producen sujetos necesitados de reconocimiento, incapaces de soportar la frustración y ansiosos por encontrar culpables externos. Trump canalizó ese deseo colectivo de sentirse excepcional, proyectando la culpa hacia inmigrantes, periodistas o minorías.

En Colombia, un fenómeno similar puede observarse en torno a Álvaro Uribe Vélez y el movimiento político que lleva su nombre. El uribismo se ha sostenido sobre un relato heroico: el del salvador que libra a la patria de sus enemigos internos. Cualquier crítica se interpreta como traición, y todo disenso se percibe como amenaza. El psicoanalista Wilhelm Reich, en Psicología de masas del fascismo (1933), explicaba que los líderes autoritarios logran su poder cuando encarnan el “yo ideal” de las masas: fuertes, decididos, seguros. Pero esa imagen de fuerza suele ocultar miedo, rigidez emocional y represión colectiva.

Este tipo de narcisismo no pertenece únicamente a la derecha. En la izquierda también se reproduce, aunque adopte otros disfraces. El psicoanalista Vamik Volkan, experto en conflictos étnicos y nacionales, acuñó el concepto de “narcisismo de grupo herido” para describir cómo comunidades o naciones enteras se aferran a viejas heridas como parte de su identidad. En líderes como Nicolás Maduro o Daniel Ortega se observa ese patrón: frente a la crítica interna o internacional, se presentan como los únicos defensores del pueblo, incluso cuando sus políticas lo empobrecen o reprimen. Así, toda disidencia es interpretada como traición y el ideal de justicia se transforma en una lucha por la supervivencia del poder.

El filósofo surcoreano Byung-Chul Han, en La agonía del Eros (2012), lleva este diagnóstico a un nivel más profundo. Según él, vivimos en una era dominada por el narcisismo social, donde el sujeto ya no es capaz de mirar al otro sino solo su propio reflejo. “Sin el otro, no hay relación, solo espejo”, escribe Han. En ese mundo, tanto el amor como la política pierden su sentido original: la posibilidad de encuentro. Cuando la mirada se encierra en el yo —individual o colectivo—, la realidad del otro desaparece y con ella se extingue la empatía.

El patrón se repite en casi todos los contextos políticos: primero viene la idealización del líder o del grupo; luego la negación de los errores y la proyección de la culpa hacia un enemigo externo; después la destrucción del diálogo; y finalmente el aislamiento moral. Las redes sociales, amplificadoras de ego y polarización, terminan consolidando ese ciclo. Cada comunidad se encierra en su burbuja emocional y confirma sus propias creencias, sin espacio para la duda ni la escucha.

Comprender estas dinámicas no es un ejercicio teórico, sino una necesidad urgente. Las sociedades atrapadas en el narcisismo colectivo pierden la capacidad de reconocerse en su humanidad compartida. Romper el espejo significa aceptar que ningún grupo tiene el monopolio de la verdad, que la autocrítica no es traición y que la empatía es una forma de inteligencia política.

El desafío de nuestro tiempo no está en vencer al adversario, sino en volver a mirarlo a los ojos sin miedo. Solo así podremos salir del reflejo y reencontrarnos como pueblos capaces de verse —y comprenderse— de verdad.

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo