De La Espriella y su reforma para narcos: ¿amnistía, negocio o fantasía fiscal?

Digamos su nombre sin tanto misterio: Abelardo De La Espriella.

Sí, el mismo abogado estrella, estrella fugaz o estrella estrellada —según a quién le pregunte uno—. Ese personaje estrambótico, de corronchera notoria, de lente oscuro, bronceado permanente; el que presuntamente maltrató gatos, el que decía odiar la comida colombiana, el que era ateo y hoy jura por Dios; performático con banderines de la bandera gringa, y que ahora anda proponiendo, presuntamente, una revolucionaria política criminal para salvar a Colombia:

Tres años de cárcel para narcotraficantes, devolución del 90% de sus fortunas “mal habidas”, quedarse ellos con el 10%, cero extradición y todo en nombre de las reformas del Estado.

Una maravilla.

Un sueño.

Una fantasía fiscal digna de Disney. O, quién sabe, ¿una invitación con moño rosado para que el crimen organizado vote feliz?

Y entonces uno, desde la ingenuidad, se pregunta:

¿será que el narcotráfico, de forma descarada, tiene candidato presidencial? . No afirmo nada —Dios me libre—, pero el país es tan surrealista que ya ni sorprende.

Porque, claro, cuando alguien propone semejante indulto dorado, el público inevitablemente recuerda episodios del pasado. Esos episodios donde se ha mencionado —en titulares, expedientes y corrillos judiciales— que presuntamente hubo dineros de la pirámide DMG que no llegaron a donde debían llegar.

No faltó quien insinuara que, en ese entonces, “alguien” habría cobrado, intermediado o gestionado para “ayudar” a los implicados, y que parte del dinero simplemente… desapareció.

¿Quién fue?

¿Fue real?

¿Fue inventado?

Preguntas, solo preguntas. Como buena columna prudente.

Y luego están los paramilitares extraditados…

Ese otro capítulo donde se ha dicho —siempre “se ha dicho”, por si acaso— que algunos jefes paras que estaban haciendo fila para negociar no quedaron muy contentos con sus representantes. Incluso se ha insinuado que hubo plata que, presuntamente, tampoco llegó donde era.

¿Malentendidos?

¿Descuentos de intermediación?

¿O eso de “ladrón que roba ladrón tiene cien años de perdón” aplicado a escala continental?

Nadie lo sabe.

O mejor dicho, nadie lo dice.

Pero el rumor sigue caminando por Bogotá como si tuviera piernas propias.

Y ahora viene el giro de la historia:

¿el país debería entregarles el 10% de su fortuna a los narcos —como propone el prestigioso abogado— para que el Estado “reforme” lo que haya que reformar con el 90% restante?

¿Y si luego ese 90% también se pierde, como presuntamente se perdieron otras platas?

Las de DMG.

Las de los paras.

Las de tantos “servicios” que nunca llegaron.

La pregunta es inevitable:

¿será que además de legalizar a los narcos… también los van a volver a robar?

Eso solo pasa en Colombia.

Colombia es un reality show sin final.

Porque, como dicen por ahí, a De La Espriella lo llaman “El Tigre”.

Aunque, viendo el país como va, uno no sabe si al final el que nos va a devorar es él…

…o Hello Kitty, esa versión más tierna y más peligrosa de los poderes reales que se mueven tras bambalinas.

No se escandalicen, por favor.

Que aquí al proceso de perdón social le llamaron “pacto de la Picota” y casi incendian el país de histeria colectiva.

Pero ahora que se propone un perdón ampliado, premium, ejecutivo y con devolución de capital a los narcotraficantes, nadie hace bulla.

Curioso, ¿no?

Y mientras tanto…

La izquierda, tan poética y tan torpe, todavía no logra resolver la personería jurídica del Pacto Histórico.

No encuentra fórmula para ir en bloque a las elecciones del 2026.

No se ponen de acuerdo ni para tomarse un tinto.

Y, mientras tanto…

al pueblo colombiano se lo puede comer El Tigre.

O Hello Kitty.

Tú decides cuál.

Qué grave.

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo