Las puertas del infierno están abiertas

Por Sofía López – Justicia & Dignidad

Trump y Netanyahu caminan por el mundo como dos profetas del fin, vendiendo paz en frascos llenos de pólvora. Uno con su bronceado de reality show y el otro con su gesto de cinismo bíblico, repiten sin rubor: “la paz nacerá de la fuerza”. Lo dijo Netanyahu, como si lanzar misiles sobre niños en Gaza o atacar Irán con ojivas nucleares fuera un acto de amor profundo. “Primero viene la fuerza, luego la paz”, sentenció, mientras el mundo contenía la respiración.

Pero lo que viene no es paz: es la Tercera Guerra Mundial.

Hoy no se necesita una ideología compleja para prenderle fuego al planeta. Basta un discurso inflamado, una provocación desde un portaaviones, o una firma en un decreto con olor a petróleo y pólvora. Y de eso, Donald Trump tiene experiencia. Después de regresar al poder como un emperador herido, solo necesita un conflicto global para erigirse como el “salvador” de su país. A su lado, Netanyahu ha hecho del crimen de guerra una rutina política. Ambos actúan como si la historia los fuera a absolver, cuando en realidad lo que están haciendo es abrir, otra vez, las puertas del infierno.

El reciente bombardeo a instalaciones nucleares iraníes no fue solo una operación militar: fue una declaración. Irán respondió, como era previsible, amenazando con cerrar el estrecho de Ormuz, un punto crítico por donde fluye el 20 % del petróleo del mundo. La economía global se tambalea con cada misil, y el silencio de las grandes potencias empieza a sonar más fuerte que cualquier explosión.

Desde Gaza hasta Teherán, el mundo vive al borde del colapso. Las sanciones se convierten en balas. Los tratados internacionales se deshacen. La diplomacia se ahoga entre las llamas de discursos vacíos. Y en medio de este delirio, los pueblos observan, impotentes. Nadie frena a Trump cuando amenaza con hacer de la guerra una estrategia electoral. Nadie limita a Netanyahu cuando bombardea hospitales y lo llama “defensa legítima”.

El planeta entero parece haber aceptado que estamos en manos de dos hombres que confunden fuerza con justicia y destrucción con liderazgo. Uno con armas nucleares, el otro con delirios de grandeza, ambos convencidos de que la paz se puede imponer con fuego y miedo.

Esto no es una distopía. Es el mundo en que vivimos. Y no se trata solo de Medio Oriente o de los Estados Unidos. Cada dron, cada misil, cada discurso de odio, nos acerca un poco más al abismo. Lo terrible es que no parece haber nadie con el valor de decirles basta.

Pero hay que decirlo: la paz no nace de la fuerza, sino del límite que los pueblos le ponen a los desquiciados.

Porque la historia no la escriben los que mandan, sino los que caminan.

Y en ese andar, está la esperanza.

Porque incluso frente al apocalipsis, el pueblo aún tiene la llave.