María Fernanda Cabal: la señora del mal

María Fernanda Cabal, esa mezcla criolla entre Margaret Thatcher, villana de Disney y tía furiosa en grupo de WhatsApp, lleva años cumpliendo con una misión sagrada: estar del lado equivocado de la historia con una constancia que ya quisiera tener el clima de Bogotá. Su brújula moral está tan desequilibrada que si apunta al norte, el mundo entero debería correr hacia el sur.

Su salto a la infamia comenzó en 2007, como directora de Asuntos Internacionales de la Fiscalía. Una oficina seria, encargada de la cooperación judicial y la protección de secretos del Estado, terminó pareciendo más bien una ventanilla de chismes de alto riesgo. Desde allí, salieron informes confidenciales rumbo a manos muy equivocadas: estructuras del narcotráfico y el Ministerio de Defensa. Cuando estalló el escándalo, ella no se escondió… ¡se fue a una feria ganadera en Houston! Mientras el país hablaba de la masacre de San José de Apartadó, ella sonreía junto a un cebú premiado. Finalmente, el fiscal Iguarán prefirió pedirle la renuncia antes de que la Fiscalía pareciera una novela de narcos mal escrita.

Desde entonces, Cabal se ha graduado con honores como la reina de la ultraderecha tropical. En el Congreso reparte discursos con chaleco antibalas y rezos al libre mercado. Y claro, adora a Donald Trump. Viajó a su posesión, se fotografió con toda la fauna ultra, y dijo que representa “todo lo que una nación necesita”: muros, militares y fake news. El pequeño detalle de que Trump nos tiene ad portas de la Tercera Guerra Mundial no le quita el sueño. Al contrario: lo celebra.

También idolatra a Javier Milei, el libertario argentino con peinado de tormenta eléctrica. Cabal lo cita como si fuera Aristóteles, propone privatizarlo todo —incluido el oxígeno— y si se descuida, nos cobra por pronunciar vocales.

Ni hablar de su vida privada: su esposo, José Félix Lafaurie, es una enciclopedia de Fedegán, paramilitarismo y frases célebres como “mi mujer se casó por mi plata y me quebré al mes”. Una historia de amor, ganado y parapolítica digna de telenovela.

En materia internacional, Cabal es fan de Israel y de Netanyahu. Defiende cada bomba en Gaza con fervor bíblico, y hasta demandó para que Colombia no deje de venderle carbón a un gobierno acusado de genocidio. ¿Los derechos humanos? Bah, ideología.

El feminismo le produce urticaria. Lo llama “movimiento de feas”, se burla de las cuotas de género, y sugiere que el éxito femenino solo se logra en silencio y con tacones. También ha dicho que los indígenas “adoctrinan” y que los afros, cuando tienen poder, “lo quieren solo para ellos”. Todo esto con la Constitución de adorno en su escritorio.

Sus hijos tampoco se salvan del show. Una usó escoltas del Estado para vender postres, otro se peleó con Miguel Uribe en Twitter mientras evitaba prestar servicio militar. La coherencia familiar brilla por su ausencia, pero el escándalo, nunca.

Y hablando de Miguel Uribe…

Mientras el joven político se debate entre la vida y la muerte  —acompañado de 14 comunicados de la Clínica Santa Fe redactados en realismo mágico— su esposa, Claudia Tarazona, reparte besos por la ventana, entre rumores de si es reina de belleza, candidata presidencial o todo lo anterior. Afuera, el pueblo prende veladoras, mientras el Centro Democrático arde en su propia hoguera de egos.

Y allí, como en toda buena historia de traiciones, aparece María Fernanda Cabal. No con flores, sino con gasolina. Ha sido una de las críticas más feroces de Miguel: no le gusta su estilo, sus gastos ni su historia. Lo ve como un advenedizo que quiere comulgar sin haberse confesado. Cabal no le perdona su paso por el liberalismo ni su falta de cicatrices de guerra ideológica. Para ella, ser uribista es tener sangre, sudor y columnas de Fernando Londoño.

Además, mientras Cabal exige consulta popular abierta para elegir candidato presidencial —con pueblo, tamales y banderas— Miguel propone encuesta interna, como buen tecnócrata. A ojos de Cabal, eso es evadir el juicio sagrado del pueblo uribista. Álvaro Uribe intenta calmar las aguas desde su finca.

En realidad, Cabal odia a Miguel Uribe.  Piensa  que llegó sin machete ni historia. Y en el Cabalverso no hay lugar para los moderados: solo para los fanáticos, los cruzados, los apocalípticos.

Y así termina —por ahora— este capítulo de tragicomedia criolla.

Porque mientras Miguel lucha por su vida en medio de la novela política, hay quien ya prepara el entierro… con discurso, peineta y misal.

Y ella, claro, llega puntual. Porque si el mal tiene una señora… lleva tacones, dice “soy frentera” y se llama María Fernanda Cabal.

Por Prensa Justicia & Dignidad