Del show al terror: crónica de una derecha desesperada

Por Prensa Justicia & Dignidad

Otra vez el país amanece entre trinos, comunicados de clínica y caras de mármol. Miguel Uribe Turbay —sí, Miguel Uribe Turbay— salió del quirófano de la opinión pública bañado en incienso digital, con rezanderos de fondo, veladoras encendidas y la infaltable esposa, Claudia Tarazona, lanzando besos como si estuviera en campaña para reina nacional o presidenta hemisférica.

Pero mientras las cámaras se agolpaban en la Clínica Santa Fe, allá en los sótanos del Palacio de Justicia, la Fiscalía —¡por fin!— soltaba una bomba real: pidió condena contra Álvaro Uribe Vélez.

Sí, el eterno intocable. El del Ubérrimo. El que llamaba a los fiscales por su nombre de pila.

Y entonces uno se pregunta, como preguntaba Gaitán antes de ser silenciado: ¿quién disparó?

Porque en este país donde los hechos se confunden con efectos especiales, no faltan teorías que parecen sacadas de Netflix pero que, conociendo nuestra historia, no suenan tan descabelladas: ¿un atentado concertado al estilo Trump? ¿Un simulacro de mártir criollo con ambulancia de producción y lágrimas de libreto? ¿Un autoatentado con cálculo electoral de por medio? ¿O acaso fue obra de sus propios compañeros de partido, esos mismos que se sonríen de frente y apuñalan por WhatsApp?

De todo se puede pensar.

Lo único cierto es que la denuncia del abogado Víctor Mosquera contra el presidente Gustavo Petro, dizque por un trino que generó “odio” contra Miguel Uribe Turbay, no es más que el capítulo 92 de la telenovela:

“¡Sálvese quien pueda, que van a condenar al jefe!”

Y mientras tanto, la izquierda… pues bien, bien desunida.

María José Pizarro agarrada con Gustavo Bolívar,

Gustavo Bolívar creyéndole a las encuestas,

Daniel Mendoza delirando con que tiene la última palabra: un día proclama a Roy Barreras como candidato salvador, otro día a Carolina Corcho, pero eso sí, siendo enfático desde ya: Bolívar se quema. Y entre tanto, tuitea en clave mística como si los votos se convocaran por invocación.

Gustavo Petro, mientras tanto, lanza constituyentes con papeletas: sin marco jurídico, sin organización, sin músculo político y, lo más grave, sin ganas reales de disputar el poder.

Al pobre Eduardo Montealegre le toca sustentar ese desvarío jurídico, y ya hasta se le nota que quiere llamar a la doctora Natalia Springer para que lo asesore… como en los buenos —y oscuros— tiempos de la Fiscalía.

Y como si fuera poco, Jorge Robledo y Sergio Fajardo se unen a Carlos Fernando Galán y a la pastora María Luisa Piraquive del Mira, en una coalición que parece una iglesia con sede en Chapinero:

cobrarán diezmos, hablarán de la “familia tradicional”, odiarán a la comunidad LGBTI y, por supuesto, se opondrán al aborto. Todo en nombre de la decencia y la moral bien maquillada.

La política electoral colombiana es un chiste.

Pero no uno bueno. Uno contado por un ventrílocuo triste en un sepelio sin flores.

Porque mientras la derecha juega al drama clínico y a la santidad digital, la izquierda se suicida entre egos, oportunismos y delirios constituyentes.

Lo único claro es que la derecha está desesperada. Porque saben que cuando condenen a Álvaro Uribe Vélez —Dios permita una gota de esperanza en este océano de impunidad—, con él caerán muchas máscaras, y tal vez, solo tal vez, la justicia colombiana se anime a juzgar los crímenes que encarna el Centro Democrático y sus secuaces: narcotráfico, corrupción, crímenes de lesa humanidad.

Y porque si eso fueron capaces de hacerle a su hijo consentido —Miguel Uribe Turbay—,

¿qué no le seguirán haciendo al pueblo colombiano?