Colombia, 2025. El país donde el presidente más intocable del siglo XXI ahora es protagonista de una tragicomedia judicial que ni Gabo habría osado escribir: el juicio contra Álvaro Uribe Vélez. El hombre de los falsos positivos, el puño de hierro y las miradas de sospecha. El mismo que decía “mano firme, corazón grande” ahora desfila cabizbajo por Paloquemao, repitiendo que es solo un viejito de 73 años… pero con un prontuario que haría temblar a Don Corleone.
Todo empezó con solemnidad hasta que… ¡pum! El papelón. La Fiscalía proyectó por error un video. En pantalla apareció un enano bailando champeta con una botella en la cabeza. Medio estrado tragó saliva. Acto seguido, otro archivo: porno explícito. El país se paralizó entre el bochorno, la risa nerviosa y la sospecha de que estábamos viendo un sketch de Capusotto.
Uribe, estoico, alcanzó a decir:
— “Qué vergüenza, señora jueza…”
Y no era para menos: el video venía en la carpeta de evidencias enviada por su exabogado Diego Cadena, que al parecer tampoco sabía usar carpetas comprimidas. Según testigos, Jaime Granados, su defensor estrella, vomitó en una matera y Cadena ofreció “buscar un enano más serio para reparar el daño”.
Pero el show apenas comenzaba. En febrero, el Tribunal Superior de Bogotá aceptó como prueba las interceptaciones entre Uribe y Cadena. Como Cadena aún no era abogado formalmente en ese momento, el secreto profesional se fue al carajo. En los audios, Uribe raja con todo de su combo jurídico:
— “Eso no lo maneja ni Granados… ni Lombana, con tristeza lo digo.”
Luego publicó una disculpa en X, echándole la culpa a la “angustia”. ¿Quién no ha pelado el cobre en una llamada y luego pedido perdón?
Pero es que ese tipo de cliente es el terror de cualquier abogado penalista. Sobrador, ansioso, parlanchín. No se deja asesorar, da órdenes, y luego se queja de que lo están hundiendo. Por eso el meme más compartido en los chats jurídicos dice: “Si Uribe lo contrata, finge un infarto o tírese por la ventana. Salve su tarjeta profesional”.
Y si la comedia no era suficiente, llegó el momento tenebroso. En plena audiencia, mientras testificaba Carlos Eduardo López Callejas —más conocido como ‘Caliche’—, Uribe se pasó un dedo por el cuello. Una señal que en cualquier barrio del mundo significa “te vas a morir”. Las redes estallaron: ¡Uribe está amenazando al testigo! El escalofrío quedó. Si no fue amenaza, fue casting para el papel de padrino.
Además, Uribe llegó ansioso a todas las audiencias. Respiraba agitado, tragaba en seco, y la valeriana claramente no le estaba funcionando. Se le notaba la nostalgia por su finca, sus caballos, y por los tiempos en que podía llamar a alguien de la Corte con un guiño, soborno y asunto resuelto.
El colmo de lo absurdo fue cuando pidió interrogar directamente a Iván Velásquez, exmagistrado auxiliar y exministro de Defensa. El verdugo judicial de su vida. Lo que siguió fue una cadena de preguntas tan mal formuladas que ni los jueces, ni los abogados, ni Google entendieron qué quería decir. Velásquez no respondió. Solo se rió, con la tranquilidad de que la justicia tarda pero llega.
Y como final de telenovela, el 7 de julio, Uribe se puso sentimental:
— “Yo soy muy viejo, señora jueza… 73 años. En mi alma yo quiero que me absuelva.”
Silencio en la sala. Alguien tiró un esfero. La jueza lo miró con miedo notorio. Escribió algo en su libreta. Seguro su diario de emociones, porque tener la desgracia de juzgar a Uribe es saber que algo no tan bueno puede pasarle.
Conclusiones:
Uno: Ser abogado de Uribe no es ejercer el derecho, es una práctica parecida a la tortura. De clientes así, líbranos, Señor.
Dos: Gracias, Iván Cepeda. No olvidamos que este milagro jurídico no cayó del cielo. Fue lucha, terquedad y dignidad de una víctima de Estado que logró sentar al intocable.
Tres: La derecha ya huele a polvora. Editoriales llorones, cadenas de WhatsApp, amenazas a la jueza, atentados con “autor desconocido”… y por ahí el anuncio macabro de Álvaro Leyva: “Petro se puede morir”. Todo huele a golpe de Estado, y no tan blando como lo pintan. Como si la novela se pusiera más negra.
Reímos para no llorar. Y escribimos para no olvidar.
Y mientras tanto, en alguna finca paisa, alguien ya debe estar buscando un enano más serio. Para el próximo acto.
Por Prensa Justicia & Dignidad

