Las alarmas se encendieron esta semana tras una entrevista escalofriante del excanciller Álvaro Leyva. Desde su suspensión por faltas gravísimas, reapareció públicamente con una declaración que ha generado repudio y temor: “Petro se puede morir”, dijo, agregando que Francia Márquez, como sucesora constitucional, “haría bien las cosas”.
La frase no fue casual. En medio de un clima político cada vez más enrarecido, este tipo de afirmaciones despiertan sospechas sobre los movimientos soterrados de sectores del poder que no toleran el avance del cambio democrático. Leyva, un político curtido en las élites, no improvisa. Lanzar la palabra “muerte” junto al elogio a la vicepresidenta no es solo temerario: es profundamente siniestro.
A esto se suma un hecho gravísimo que pasó casi desapercibido: el pasado fin de semana, el avión presidencial no pudo aterrizar en Bogotá por una alerta de misil tierra-aire. La ruta fue desviada a Pereira y el presidente tuvo que regresar a la capital en un avión militar de guerra, no en el presidencial. Se trató de una alerta real de atentado. Y no ha habido una explicación pública clara sobre quién estaba detrás.
El contexto es aún más preocupante: se avecina una posible condena contra Álvaro Uribe Vélez, un hecho que reconfiguraría el panorama judicial y político del país. La derecha extrema sabe que, si cae Uribe, también cae su narrativa. Y ya ha demostrado que haría lo que fuera por volver al poder.
Las declaraciones de Leyva, el atentado frustrado contra el presidente, y los tiempos judiciales que se avecinan, apuntan a una estrategia coordinada de desestabilización. No se trata de una teoría: los hechos hablan por sí solos.
La ciudadanía, los movimientos sociales y los sectores democráticos deben mantenerse en alerta máxima. Lo que estamos viviendo no es una disputa política normal. Es el desarrollo meticuloso de un golpe de Estado en marcha, disfrazado de institucionalidad, legalidad y discursos venenosos lanzados con total impunidad.
Que el mundo lo sepa. Que el pueblo despierte. Que Dios nos ampare.
Por Prensa Justicia & Dignidad

