La misoginia en el Centro Democrático: Uribe silencia a sus mujeres más visibles

Si algo ha quedado claro en las últimas semanas es que Álvaro Uribe Vélez no quiere, ni respeta, ni confía en las mujeres de su propio partido. El espectáculo interno del Centro Democrático por la candidatura presidencial lo demuestra con una claridad insultante: todas las precandidatas mujeres fueron bajadas de la tarima, ninguneadas o reducidas a premios de consolación, mientras Uribe se encarga de imponer —una vez más— a sus hombres de confianza.

El caso más evidente es el de Paloma Valencia. La senadora creía que al fin podría dar la pelea en la interna presidencial, pero Uribe se encargó de recordarle que su lugar es decorativo. Le ofreció, como si fuera un caramelo para un niño caprichoso, la cabeza de lista al Senado. Es decir: “no moleste con la Presidencia, aquí está su curul asegurada, gracias por participar”. Una bajada elegante pero humillante, porque la candidatura soñada se le escurrió de las manos con la misma facilidad con la que Uribe reparte conejeadas.

A María Fernanda Cabal, la mujer que más había insistido en que el partido tenía solo cuatro precandidatos oficiales, le cayó un baldado de agua fría. Uribe, desde su casa en detención domiciliaria, apareció en un video con tono paternal diciendo que había que dejar las prevenciones con Juan Carlos Pinzón porque habría un “segundo momento” para definir candidato. Y acto seguido, casi sin anestesia, metió en el ruego a Miguel Uribe Londoño, el padre septuagenario del asesinado Miguel Uribe Turbay. En otras palabras: “Doctora Cabal, aquí el que manda soy yo, y los elegidos son los hombres. Usted acomódese donde pueda”.

El mensaje fue tan claro como brutal. Cabal, que venía dándose aires de única heredera del uribismo tras el asesinato de Uribe Turbay, tuvo que tragarse el sapo en silencio. El “Jefe” la calló con un simple movimiento de ajedrez: agregó a Miguel papá al tablero y demostró que las mujeres en el Centro Democrático son fácilmente reemplazables.

Y si a Paloma la bajaron con un caramelo y a Cabal la callaron con un manotazo, lo de Paola Holguín es casi tragicómico. A ella ni la nombran, ni le ofrecen nada, ni la consideran una ficha real. Su caudal electoral es tan escaso que ni siquiera sirve para las negociaciones internas. Su papel es el de relleno, una senadora más que no incomoda porque nunca ha representado una amenaza seria para el control masculino del partido.

Pero la prueba más cínica llegó con el caso de Claudia Tarazona, la viuda de Uribe Turbay. La mujer venía haciendo sus pinitos en medios y, según reconocen hasta los portales uribistas, pidió pista para convertirse en candidata presidencial. Algo tenía: una pizca de ambición, algo de histrionismo y, como dicen quienes la vieron en la clínica, un aire de María Corina Machado, la musa ultraderechista venezolana. Tarazona se creía el cuento, posaba para las cámaras, lanzaba besos como candidata en tarima y parecía convencida de que la tragedia personal podía convertirse en capital político. Pero Uribe le cerró la puerta en la cara sin siquiera un “gracias por participar”.

Porque Uribe es así: puede perdonar a exsantistas, abrirle espacio a oportunistas reciclados, tragarse sapos ideológicos si le conviene, pero nunca aceptar que una mujer se robe el protagonismo en su finca política. Prefirió plantar a Miguel papá, un hombre sin carisma ni energía, antes que darle espacio a la viuda joven y mediática. El cálculo fue simple: mejor un hombre gris y moldeable que una mujer con ínfulas de liderazgo.

El contraste es brutal. Tarazona, con todo y sus poses de María Corina criolla, al menos daba show, sonreía ante las cámaras y jugaba al mito de la viuda valiente que recoge la bandera de su marido caído. Miguel Uribe Londoño, en cambio, parece un notario cansado que de repente decidió que la Casa de Nariño era un buen plan para pasar la tercera edad. Su oportunismo es tan evidente que ni siquiera provoca compasión: hasta en el propio uribismo se reconoce que lo único que lo sostiene es el morbo del duelo.

Y ahí está la foto final: banderillas de Colombia ondeando, un septuagenario en atril prometiendo futuro, y un partido que una vez más demuestra que para Uribe las mujeres sirven para acompañar, posar para las fotos y hacer bulto en el Congreso, pero jamás para gobernar.

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo