Milei es de esos presidentes que creen que la patria es un escenario de stand up y que la economía se arregla con una motosierra. Llegó prometiendo que iba a dinamitar a la “casta”, y terminó dinamitándose a sí mismo. La realidad, que no entiende de discursos ni de gritos, se encargó de recordarle que gobernar es más difícil que dar likes en Twitter.
En Lomas de Zamora, un barrio bravo de Buenos Aires, el presidente salió en caravana, saludando desde una camioneta como estrella de circo. Lo esperaban, sí, pero no con aplausos: le tiraron huevos, piedras y hasta lechugas. Terminó protegido detrás de escudos policiales, corriendo entre insultos y empujones. El “león” de las tribunas se convirtió en un gatito asustado bajo la lluvia. Y su hermana Karina, la todopoderosa del clan, salió con la misma cara de quien ve hundirse un bote al que ella misma le hizo los huecos.
Y es que la hermana presidencial ya no solo aparece como escudera política, sino como protagonista de un sainete judicial. Los audios filtrados la comprometen en un cobro de coimas del 3% en la Agencia Nacional de Discapacidad: plata robada de medicamentos y pensiones para personas con discapacidad. Un exfuncionario, Spagnuolo, confesó que ella cobraba y que el presidente estaba al tanto. Resultado: el juez Casanello ordenó 16 allanamientos, y el caso amenaza con dinamitar no a la “casta”, sino a la propia familia Milei. El discurso libertario se disfraza de épica, pero por debajo huele a la corrupción más vieja de todas.
El Congreso argentino, que según Milei iba a ser dócil como un perro faldero, le resultó un tigre con garras. Le tumbó cinco decretos de ajuste y, para colmo, hizo exactamente lo contrario a lo que él quería: aprobó más dinero para las universidades y declaró la emergencia pediátrica, entregando recursos a hospitales públicos como el Garrahan. Milei llegó con la tijera en la mano y el Senado le respondió con lápiz y chequera. Prometió vetos históricos, pero un veto sirve para un titular, no para un presupuesto.
El famoso “milagro liberal” terminó siendo un espejismo barato. Se suponía que los mercados iban a confiar ciegamente en él, pero lo que hicieron fue encarecer las tasas y mostrar la desconfianza. La motosierra, ese símbolo místico de campaña, corta todo menos lo esencial: los problemas políticos. Y esos problemas no se resuelven ni con gritos, ni con Excel, ni con insultos: se resuelven con votos, acuerdos y mayorías. Milei, en vez de sumar aliados, se quedó solo, cayendo más rápido que un mueble de melamina bajo la lluvia.
En términos de imagen, el resultado es grotesco. Los videos caseros lo muestran más como un fugitivo que como un presidente: arriba de una camioneta, bajo una lluvia de proyectiles, rodeado de escoltas nerviosos. Es el populismo invertido: no es el pueblo yendo a la Casa Rosada, sino el presidente huyendo del pueblo. Cuando la ceremonia republicana termina con “retírese por aquí”, ya no queda poder, solo la anécdota.
Y mientras tanto, el show internacional. Milei juega a ser Churchill en versión cosplay, abrazando guerras lejanas y firmando acuerdos que suenan épicos en redes, pero que no resuelven el precio del pan ni el presupuesto de un hospital. Afuera posa para la foto, adentro el Congreso le recuerda que gobernar no es gritar “¡Viva la libertad, carajo!”, sino pagar salarios, sostener escuelas y mantener hospitales funcionando.Y mientras tanto, el show internacional. Milei juega a ser Churchill en cosplay, abrazando guerras lejanas y sacándose fotos con millonarios, mientras entrega trozos de soberanía como souvenirs. Afuera posa para la foto, adentro el Congreso le recuerda que gobernar no es gritar “¡Viva la libertad, carajo!”, sino pagar salarios, sostener escuelas y mantener hospitales funcionando. Lo más grotesco es que, mientras el pueblo argentino se las ve con la inflación y el hambre, Milei negocia a espaldas de todos, ofreciendo la Patagonia a Israel como si fuera parte de su liquidación de garage: “Llévese dos provincias y le regalo la tercera”.
El balance es simple: promesas que envejecen mal, decretos que no sobreviven a la votación, caravanas que terminan en fuga y un gobierno que creyó que gobernar era un show, pero resultó ser un trabajo. Milei aún tiene su rugido enlatado para las tribunas fanáticas, pero el resto del país ya distingue entre ruido y acción: la motosierra hace escándalo, el serrucho hace obra.
Y, aunque parezca increíble, en Colombia hay quienes sueñan con imitar este circo. No es sorpresa: aquí siempre hay fanáticos del fracaso ajeno. Por eso hay que decirlo sin rodeos: solo los dementes del uribismo, del Centro Democrático y, en general, de la ultraderecha criminal colombiana tienen como modelo a estos personajes.
Por Justicia & Dignidad/Periodismo independiente e investigativo

