Yo amo a Madrid. Lo digo sin miedo. Amo sus calles que huelen a historia, a café recién hecho en Lavapiés, a canciones que brotan en Chueca, a los pasos apurados en Gran Vía. Amo ese Madrid que se abre como un libro en Retiro y que se deja recorrer como una bicicleta vieja por Malasaña. Madrid es ciudad de amor, de abrazos, de esperanzas. Y por eso mismo, porque la amo, la defiendo cuando la quieren reducir a un decorado para los poderosos.
La Vuelta a España llegó este septiembre a su última etapa y, como en las grandes epopeyas, el final no se escribió con aplausos ni podios, sino con voces que gritaron basta. Las calles que deberían estar reservadas para el desfile de campeones, para que los niños viesen pasar a sus ídolos, se llenaron de pancartas, de piedras, de gritos contra un genocidio que no da tregua en Gaza. Se canceló la fiesta, pero nació otra: la de los pueblos que no se callan.
En esas mismas calles pedalearon alguna vez nombres que todavía resuenan como campanas en la memoria del ciclismo: Bahamontes, el Águila de Toledo, que volaba por las cumbres como si fueran su casa; Perico Delgado, que en 1985 conquistó Madrid con una contrarreloj que parecía escrita por Cervantes; Miguel Induráin, que con su paso firme marcó una época; y más allá, los extranjeros que hicieron de España su prueba de fuego: Hinault, Anquetil, Merckx. Todos ellos cabalgaron las carreteras ibéricas con un sueño de gloria. Hoy, en cambio, Madrid fue escenario de otro tipo de hazaña: la de los que se levantan para frenar la muerte de niños y niñas bajo las bombas.
El equipo Israel-Premier Tech fue la chispa. Su presencia en la carrera es una provocación para quienes no aceptan que el deporte se use como propaganda de guerra. No se trata solo de ciclismo, se trata de humanidad. ¿Qué vale más, un maillot o la vida de una criatura que llora en Gaza porque perdió a su madre?
Hoy Madrid habló por todos. La ciudad del amor se vistió de rabia justa y de dignidad. Yo invito al mundo a seguir este ejemplo: que cada carrera, cada estadio, cada concierto, se convierta en altavoz de la paz. Que la bicicleta, que tantas veces nos enseñó que se puede avanzar solo si se pedalea, nos recuerde que no hay camino posible si seguimos tolerando el asesinato de inocentes.
Hoy protestamos para que no sigan matando niños y niñas en Gaza y para recordar el amor en Madrid.
Por Sofía López Mera/ Justicia & Dignidad

