El 23 de septiembre, en la Asamblea General de las Naciones Unidas, un hombre de Colombia habló como si hablara por la tierra entera. Dijo lo que había que decir.
Nombró el genocidio de Gaza sin miedo, como quien llama a la muerte por su nombre para que deje de rondar en silencio. Les dijo a los señores de corbata que en sus manos está la sangre que corre, que las bombas que caen tienen sus marcas de fábrica, que el hambre es el negocio más rentable de sus bancos.
Les recordó que los narcos no viven en las montañas ni en los barrios pobres, sino en las bolsas de valores. Que el gran cartel del mundo lleva traje, viaja en avión privado y redacta las leyes que condenan a los campesinos que siembran coca para sobrevivir. Les dijo que ellos —los que pontifican sobre democracia— son los que financian guerras, destruyen selvas, envenenan ríos, y nos empujan al abismo con su codicia.
La mitad de la humanidad sintió orgullo. Porque alguien habló por los que no tienen voz, por los niños que mueren bajo los escombros, por las mujeres que entierran a sus hijos, por los pueblos que no salen en las noticias. Orgullo porque alguien tuvo la osadía de pararse en el club de los poderosos y gritarles en la cara lo que todos sabemos: que su orden mundial es un cementerio, que su paz es la paz de los sepulcros.
En Colombia, los que viven de la guerra chillaron. Los tibios, que siempre buscan un punto medio entre la vida y la muerte, se escandalizaron. Los radicales, que tienen las manos manchadas de pólvora y cocaína, se rasgaron las vestiduras. Les duele. Les duele porque Petro les mostró el espejo: porque sin guerra se les acaba el negocio, sin sangre se les acaba el poder, sin miedo se les acaba el discurso.
Petro dijo lo que tenía que decir. Lo que Bolívar hubiera dicho si el micrófono lo hubiera esperado. Lo que Galeano hubiera escrito con lágrimas de rabia y tinta de esperanza. Lo que todos los pueblos libres del Sur quisieran gritar.
Ese día, por un instante, el mundo dejó de ser sordo. Y el eco de esas palabras seguirá golpeando los muros de la ONU hasta que los derribe.
Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

