Donald Trump volvió a hacerlo. Prometió entrar por tierra en Venezuela —como quien amenaza con colarse a una fiesta sin invitación— y al otro día su aliado Marco Rubio salió a desmentirlo. No habrá invasión, ni un zapato yanqui pisará el barro de Apure. Es decir, la vieja estrategia de Washington: decir una cosa, hacer otra, y culpar a los medios cuando alguien nota la contradicción.
Trump es la Chimoltrufia de la geopolítica: “como digo una cosa, digo otra”. Un día anuncia guerras, al siguiente se desdice, y mientras tanto deja al mundo temblando. Lo hace con la ligereza de quien juega Risk con vidas ajenas. Su política exterior cabe en un tuit: amenaza, confunde, sonríe y se va a jugar golf.
Pero el truco no es improvisado. En comunicación política se llama “control narrativo por ambigüedad”: lanzar una amenaza para movilizar a los halcones y luego recular para parecer sensato. Es el arte de generar caos para luego vender calma. Trump incendia la casa y luego se toma la foto apagando el fuego.
Cada declaración es un globo de ensayo. Mide la reacción de los mercados, de los votantes de Florida y del Pentágono. Si hay ruido, avanza. Si no, se desdice. Es la estrategia del poder por incertidumbre: mantener a todos —enemigos y aliados— sin saber qué hará mañana.
Y mientras los medios se entretienen con sus berrinches, los verdaderos muertos siguen cayendo. En el Caribe, pescadores pobres son baleados en altamar por operativos “antinarcóticos” que, según la ONU, Human Rights Watch y Amnistía Internacional, son ejecuciones extrajudiciales. Pero de eso nadie habla: Washington es el juez y verdugo del mundo libre.
A Colombia, por atreverse a denunciarlo, la castigan. Al presidente Petro, a su familia y a Benedetti los meten en la Lista Clinton. No por narcotráfico, sino por insolencia diplomática. Porque en el imperio, cuestionar al imperio es el verdadero pecado.
Trump lo sabe. No gobierna: performa. Su política exterior no es una doctrina sino un espectáculo. En su libreto, Venezuela es el decorado, el Caribe un tablero y la verdad un accesorio.
Y mientras el planeta discute si invadirá o no, él ya ganó: impuso el tema, marcó la agenda y recordó al mundo quién tiene el micrófono más grande.
Trump no necesita entrar por tierra. Ya entró en la cabeza de todos y nos robo la paz.
Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

