6 de noviembre: siete años de su partida, siete años de resistencia
El 6 de noviembre de hace siete años, el Cauca amaneció en silencio.
El río que baja por Santa Catalina no quiso cantar.
El viento, que suele jugar entre los cafetales, se detuvo un instante, como si también llorara.
Ese día cayó Yesica Viviana Carabalí, mujer afrocolombiana, lideresa de su comunidad, hija del tambor y de la montaña, de esas mujeres que nacen con la palabra firme y la mirada encendida.
La mataron por ser mujer, por ser negra, por ser libre.
La mataron por hablar, por defender la tierra y por creer que el amor no debía doler.
Su cuerpo cayó, pero su nombre se alzó sobre el Cauca como un canto de resistencia.
Su madre —otra mujer afrocolombiana de manos sabias y voz de raíz— no se rindió al dolor.
En las noches llora, sí, con la dignidad de las abuelas que rezan al fuego y al río.
Pero al amanecer, se amarra el pañolón, toma el bastón y camina.
Va por los caminos del norte del Cauca con la fuerza de quienes saben que llorar también es sembrar.
De su llanto brotaron flores de lucha.
Así nació el Movimiento Nacional de Madres y Mujeres por la Paz,
y con él la Guardia Intercultural Humanitaria y Siembra Esperanza,
una guardia hecha de cantos, de tejidos, de manos que curan y bastones que protegen la vida.
Porque la madre de Yesica no solo pide justicia para su hija,
sino para todas las mujeres que fueron silenciadas por la violencia y olvidadas por el Estado.
Han pasado siete años y la impunidad aún cubre el caso como una nube espesa.
Nadie ha respondido, ningún fallo ha reparado la herida.
Pero en los ojos de su madre, la justicia tiene otro rostro:
es la organización, es la palabra, es la memoria viva.
En cada territorio donde ella pisa, Yesica vuelve.
Vuelve en la brisa que se levanta sobre el río,
en las niñas que aprenden a hablar sin miedo,
en los tambores que resisten al olvido.
Porque el pueblo afro sabe transformar el dolor en canto.
Y la madre de Yesica, en su duelo, se volvió canto también:
canto de justicia, canto de vida, canto de siembra.
“Mi hija no murió —dice ella—.
Solo se convirtió en semilla.
Y las semillas, cuando lloran las madres, florecen en esperanza.”
Hoy, siete años después, su voz sigue recorriendo los territorios,
recordándonos que mientras una madre siga de pie,
la historia no se detiene.
Porque la vida, como el tambor, sigue sonando.
Y Yesica, mujer afrocolombiana, sigue viva en cada golpe de tambor que pide justicia.
Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

