Caracol vuelve a la carga con su género literario favorito: la fábula política. Esta vez su protagonista es Iván Mordisco, convertido —según las nuevas mitologías del noticiero— en contador de campañas, estratega electoral y, para rematar, supuesto financiador del gobierno que más ha enfrentado. Una obra de fantasía que haría sonrojar incluso a Walt Disney.
Porque creer que Mordisco —el mismo que ha sembrado pueblos de miedo, volado estaciones de Policía, asesinado firmantes de paz y dinamitado cada intento de diálogo— trabaja secretamente para favorecer al gobierno de Petro es como creer que los tiburones apoyan a los surfistas o que los lobos velan por la oveja negra. Una ridiculez útil, eso sí, para ciertos oídos.
Pero el detalle no está en la fábula, sino en el momento elegido para publicarla.
Justo ahora, cuando en Washington se cocina —a fuego lento y con la sazón ya conocida— un intento de armarle a Gustavo Petro un expediente por narcotráfico. Y justo ahora, cuando la derecha colombiana desfila con devoción casi litúrgica por los pasillos del Capitolio:
Álvaro Uribe, María Fernanda Cabal, Miguel Uribe Londoño, Katherine Miranda, Juan Carlos Pinzón, Vicky Dávila, Iván Duque… Todos haciendo fila, todos cabildeando, todos susurrando lo mismo al oído estadounidense:
“Ayúdennos a tumbar al gobierno.”
Ahí sí la historia empieza a tener sentido.
No el cuento de Caracol, sino la necesidad política que lo sostiene.
¿Y qué vendrá después?
Nada extraño sería ver, cualquier día de estos, un video de Mordisco diciendo la barbaridad que el guion exija: que financió la campaña, que dirigió la estrategia, o que escribía los discursos si hace falta. En Colombia no sería la primera vez que un narco o un grupo armado dice lo que se necesita para recibir indulgencias. La historia está llena de “testimonios” oportunos, convenientes y debidamente recompensados.
Y para la DEA, un Mordisco “colaborador” sería un regalo perfecto: otro insumo para presionar al gobierno, otra ficha para los políticos estadounidenses que viven del miedo latinoamericano, otro favor para el eterno uribismo, que jamás ha dejado de considerar la geopolítica como su tablero electoral.
Porque, si algo sí es evidente, es esto:
todo lo que hace Mordisco —cada ataque, cada masacre, cada explosión— jamás ha beneficiado al gobierno.
Siempre, invariablemente, ha sido combustible para la narrativa de la derecha. Desde los tiempos de Álvaro Uribe, el terror ha sido la materia prima de su proyecto político.
Así que, en la lista de posibilidades, la única que suena razonable es la más obvia:
que Mordisco termine siendo útil —una vez más— para quienes viven del miedo; que preste su nombre, su voz o su silencio para apuntalar el expediente político que hoy se teje en Washington.
La fábula de Caracol es perfecta para la campaña electoral de la derecha, justo cuando entre ampones intentan recomponer su unidad para hacerse al poder en 2026.
La realidad, como siempre en Colombia, es bastante menos ingenua:
todos sabemos que Mordisco y sus secuaces han actuado como el brazo armado de la derecha, no como sus supuestos “perritos” al servicio del gobierno.
Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

