Arrancó la cuenta atrás para las elecciones de 2026 y lo que tenemos no es una democracia vigorosa, sino un espectáculo que haría sonrojar a cualquier circo ambulante europeo. Aquí no hay carpa, pero sí un escenario gigante lleno de trucos, ruletas caprichosas, saltos mortales sin red y un público que no sabe si reír por costumbre o llorar por agotamiento. Colombia vive un proceso electoral que parece escrito por un dramaturgo desesperado: nadie sabe quién puede competir, bajo qué reglas, con qué partidos ni con qué sanciones. Es como ver un reality show producido por Kafka y dirigido por un Registrador con micrófonos abiertos.
Para empezar, el Consejo Nacional Electoral decidió estrenar protagonismo sancionando —por primera vez en la historia— a una campaña presidencial. Y sorpresa: resultó ser la de la izquierda. El caso contra Petro, que llevaba siglos archivado en algún cajón con polvo de dinosaurio, salió a relucir justo ahora, como esos exnovios que reaparecen por puro ocio espiritual. El CNE determinó que hubo aportes indebidos de la USO y FECODE y que se pasaron de los topes. Hasta ahí, suena a trámite. Pero la ironía se vuelve insulto cuando se compara con los grandes silencios institucionales: la campaña de Duque —sí, la del “Ñeñe” Hernández— tuvo escándalo de narcotráfico y apenas logró un bostezo del CNE. Y la de Santos y Zuluaga, aceitada con los millones internacionales de Odebrecht, terminó archivada como si fuera un volante viejo de supermercado. Pero cuando se trata de la izquierda, la institución se despierta, toma café, se activa, marca con resaltador, investiga con pasión y sanciona con una energía que no se ha visto nunca. No hace falta ser politólogo para notar el sesgo: aquí la ley se aplica con lupa a unos y con pañuelo a otros.
Mientras la izquierda intenta atravesar este lodazal jurídico, también intenta unirse… pero es como armar un mueble de IKEA sin tornillos, sin piezas y con el catálogo en mandarín. El CNE dio personería jurídica al Pacto Histórico, pero dejó por fuera a los movimientos más representativos del progresismo: Colombia Humana y Progresistas. Un acto tan absurdo que convierte la unidad en un rompecabezas al que le faltan las piezas centrales. Además, hay demandas intentando tumbar incluso esa personería parcial. En resumen: la izquierda quiere correr, pero la institucionalidad la amarra de un tobillo y le dice: “corre más fuerte, mi amor”.
La derecha, por su parte, tiene todo para tener el camino fácil: empresarios alineados, medios generosos, padrinos de siempre y una institucionalidad que la acaricia. Pero, como buen elenco de telenovela, se odian entre sí. Son tantas derechas que no caben en el mismo debate: uribistas, godos, tecnócratas, cristianos, empresarios, liberales reciclados… todos creen que son el elegido, todos quieren el micrófono, todos sospechan del otro. Es un zoológico político donde cada animal cree ser el león. Algunos se llaman a sí mismos tigres o panteras; hay hasta palomas, pero no precisamente de la paz. Hay sobrinos de narcotraficantes convertidos en candidatos presidenciales, periodistas recalcitrantes, abogados de capos, compradores de votos con auxilios y hasta delfines que nadan en mares turbios. En fin: un zoológico completo.
Mientras ellos pelean, el país entero vive un terremoto emocional. Cada semana cambia algo: una bomba, una masacre, una reforma que no pasa, un escándalo nuevo, un fallo contradictorio. El pobre Petro sin equipo jurídico y con amenaza de extradición; la fiscal, como bella durmiente, dejando pasar delitos contra el orden constitucional sin siquiera pestañear. La Corte Suprema, corrompida al extremo, con una magistrada calladita haciéndoles el juego a los gringos; el Consejo de Estado lleno de nulidades y la Corte Constitucional cuidando los intereses de la derecha, menos la Constitución. La política se volvió un deporte extremo y entenderla exige más habilidades que comprender el hinduismo sin guía espiritual. No es que seamos ignorantes: es que Colombia funciona con reglas cambiantes, instituciones fragmentadas y decisiones que parecen mensajes en clave.
Ante tanto caos, lo más sano es vivir al día, respirar profundo, escuchar mantras a Ganesha para superar los obstáculos y, sobre todo, mantener la movilización social viva. Si no nos movilizamos, nos come el tigre, y somos tan de malas que hasta podría llevar el apellido de la Espirella. Porque mientras ellos juegan a recuperar el poder —y tienen todo a su favor— solo el pueblo organizado puede exigir una democracia real, condiciones claras y, si es necesario, una Constituyente que deje de convertirnos en espectadores de un circo que no pedimos, pero que igual nos toca ver hasta el final.
Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

