Cuando los muertos se vuelven capital político

En Colombia hay muertos que no reposan, porque la política no los deja. Miguel Uribe Turbay, asesinado en 2025, nunca tuvo tiempo de convertirse en recuerdo: desde el primer día, su nombre fue izado como bandera, convertido en patrimonio político, usado como si el dolor fuera un bien transable. A su alrededor se tejían versiones, voces que hablaban del pasado familiar, del secuestro que sufrió su madre a manos del cartel de Medellín, de la cadena de tragedias que desde hace décadas marcaba la vida de los Uribe Turbay. Cada pedazo de esa historia, cada cicatriz, era tratado como un certificado de legitimidad ante el país.

Mientras Miguel agonizaba en la Clínica Santa Fe, los pasillos ya recogían murmullos. Claudia Tarazona, su esposa, aparecía una y otra vez, no solo como figura familiar sino como pieza en un ajedrez que algunos consideran que empezó a moverse incluso antes de la muerte del candidato. En algunas esquinas políticas se escuchó que había consultado a Álvaro Uribe para tantear una eventual candidatura presidencial propia. Otros aseguraban que esa intención venía desde antes de la tragedia, como si en la política colombiana la aspiración fuera más fuerte que el luto.

Pero quien tomó realmente la posta fue Miguel Uribe Londoño, el padre. No hubo retiro, ni recogimiento, ni tiempo de silencio. En menos de lo que tarda una vela en consumirse, se anunció como precandidato presidencial del Centro Democrático, escudado en la idea de que debía continuar la “causa” de su hijo. Era la fórmula conocida: convertir la muerte en legado, el dolor en plataforma, el duelo en discurso. El país ha visto esa escena tantas veces que ya casi no estremece.

Pero lo que sí estremeció fueron los choques dentro del propio Centro Democrático. En los corrillos del uribismo —y amplificados por redes y prensa— María Fernanda Cabal cuestionaba la cantidad de dinero que manejaba Miguel Uribe Turbay en la campaña. Luego vino algo que muchos aún recuerdan con desconcierto: la amenaza que Cabal le lanzó a la viuda, Claudia Tarazona, en pleno velorio. Después arremetió contra Miguel Uribe Londoño, acusándolo de querer dividir el partido. Uribe Turbay se volvió un incómodo recordatorio: de no haber sido asesinado, habría sido el elegido de Álvaro Uribe, un heredero joven, manejable y sin tantos escándalos. En cambio, las mujeres dentro del Centro Democrático nunca tendrán acceso al verdadero legado del expresidente; ese testamento político no será entregado a una mujer. Por eso, incluso después de concluida la consulta interna y con Uribe Londoño ya expulsado, fue el propio Uribe quien salió a hacer un llamado que iba de Abelardo a Fajardo, desplazando sin rubor a las mujeres de su partido.

Con el paso de las semanas, los desencuentros se hicieron visibles. Uribe Londoño no subía en encuestas, no movía multitudes, no calentaba plazas. Y en esa maquinaria no existe espacio para los que no producen como debe ser. Entonces vino la trampa de esa otra derecha que quiere tener su propio personaje casi caricaturesco: Abelardo de la Espriella. Así como un día lo presentaron como heredero del sacrificio, otro día lo dejaron caer sin ceremonia. El partido lo expulsó con un comunicado frío, alegando indisciplina. En los pasillos, sin embargo, todos sabían la razón: la muerte del hijo ya no rendía políticamente, y el padre no aportaba votos. Y no se diga más: Álvaro Uribe Vélez le cerró la puerta en la cara a Uribe Londoño, como antes se la había cerrado, en silencio, a Miguel Uribe Turbay.

En ese mundo, los muertos son capital mientras sean útiles. Después, apenas un recuerdo incómodo. Así fue con Miguel Uribe Turbay: nunca tuvo duelo verdadero, solo un velorio con micrófonos y banderas. Su muerte fue tratada como un activo electoral, una ficha para jugar en las mesas donde se reparten candidaturas. Y ni siquiera ese sacrificio bastó para que su padre fuese protegido. Lo usaron, lo mostraron, lo elevaron… y luego lo arrojaron fuera.

Al final, la historia de los Uribe Turbay es una ventana a algo más grande: así como la derecha trata a los suyos, así tratará al pueblo colombiano de llegar al poder. Con cálculo. Sin lealtad. Con la frialdad con la que se mide quién suma y quién resta. La política de derecha, cuando se hace desde arriba, suele convertir los dolores en herramientas y los duelos en mercancías. Y en ese mercado nadie vale más que su utilidad del momento.

Julio César Turbay Ayala, el abuelo, fue el padre de la doctrina de la seguridad nacional; Miguel Uribe Londoño, el padre, terminó donde terminan los que ya no rinden: solo, traicionado, reducido a nota de prensa. Miguel Uribe Turbay, el hijo, terminó donde empiezan los muertos de este país: siendo usado.

Tres destinos paralelos, unidos por una misma verdad: en Colombia, hasta la muerte es política.

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo