Hay escenas en la vida pública que parecen pequeñas, casi anecdóticas, pero que abren una grieta por donde se cuela toda la historia de un país. La mañana en la que Paloma Valencia, senadora de la república, lanzó su frase —“no me vaya a mandar a matar, senador Cepeda”— fue una de ellas. Bastó ese hilo de voz, tenso y quebrado, para que el salón del Senado se convirtiera en un espejo donde Colombia, con sus muertos, sus miedos y sus mentiras, volvió a mirarse.
Iván Cepeda había hablado minutos antes. No con rabia, sino con la serenidad de quien ha cargado sobre su espalda el peso de la verdad, incluso cuando esa verdad quema. Hablaba de Santiago Uribe, del grupo paramilitar de los Doce Apóstoles, de la condena de 28 años, de los campesinos marcados para morir en nombre del “orden”. Y mientras él hilaba esos nombres que este país prefiere olvidar, el aire en el Senado empezó a espesarse, como cuando en las montañas se siente venir el invierno.
Entonces ocurrió: Paloma, movida por ese reflejo profundo de la política colombiana —el miedo fabricado y la mentira heredada— señaló al senador que ha sido víctima de crimen de Estado y le atribuyó la sombra de un asesinato. Fue una infamia. Pero no solo contra Cepeda; fue una bofetada a las miles de víctimas que cargan décadas de sangre y silencio. Porque si algo ha demostrado este país es que quien denuncia es perseguido, y quien manda a matar posa de mártir.
La derecha, dividida y debilitada, sabe que su tiempo se acorta. Sabe que ya no tiene las encuestas a su favor ni el relato completo en sus manos. Por eso sus voceros fabrican fantasmas: porque cuando se quedan sin pueblo, recurren al miedo. Pero esta vez no les funcionó. Cepeda, con esa sonrisa que mezcla ironía y cansancio, le respondió con calma: “cálmese, senadora”. Y esa serenidad fue más fuerte que cualquier grito.
Porque la verdad es otra: Iván Cepeda no tiene investigaciones penales vigentes. Ni una sola. En cambio, quienes se presentan como víctimas de persecución llevan un prontuario que ya no cabe ni en los archivos judiciales. Álvaro Uribe Vélez acumula más de 186 procesos, 28 investigaciones en la Corte Suprema, un juicio por soborno y fraude procesal, y señalamientos de homicidios, masacres, concierto para delinquir y lavado de activos. Su hermano, condenado por paramilitarismo; su primo, por parapolítica; su cuñada y su sobrina, por nexos con el cartel de Sinaloa. No es mala suerte. Es un patrón.
Ese contraste explica algo que pocos se atreven a decir en voz alta: Paloma lanzó su frase porque la derecha tiene miedo. Miedo a que las víctimas lleguen al poder. Miedo a que la justicia ya no sea un privilegio de unos pocos. Miedo a que los pueblos que han cargado las cruces del conflicto empiecen, por fin, a escribir otra historia.
Y ayer sábado, en Popayán —la tierra donde nació Paloma Valencia— no recibieron a Paloma, sino a Iván Cepeda. Y Cepeda lo vio con sus propios ojos: la gente, sencilla y cálida, se acercó a abrazarlo. Muchos lloraron. Otros le dijeron que lo habían esperado durante años. Había esperanza. Y en este país donde la noche ha sido larga y cruel, la esperanza es, todavía, un acto de resistencia.
Quizás por eso duele tanto la infamia contra Iván; por eso indignan las palabras de Paloma Valencia. La derecha colombiana, responsable de de los capítulos más oscuros y violentos de nuestra historia, ya no tiene más armas que la calumnia, la mentira y sus medios de comunicación prepagos. El pueblo colombiano lo tiene claro.
Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

