- En este país donde a los muertos se les vuelve inmaculados apenas cruzan el umbral del ataúd —como si el féretro tuviera poderes mágicos de blanqueo moral—, uno no puede evitar hacerse preguntas. ¿Será que todos los muertos son buenos? ¿Será que basta morirse para que las manchas de la vida se evaporen? ¿O será, más bien, que hay difuntos que merecen un repaso más riguroso? Por ejemplo: el general Jorge Enrique Mora Rangel, comandante del Ejército entre 1998 y 2002, y luego comandante general de las Fuerzas Militares entre 2002 y 2003, justo en los años más gloriosos de la tragedia nacional.
Porque, casualmente —¡qué coincidencia tan criolla!—, esos años fueron los del pico histórico del paramilitarismo, el récord nacional de masacres, y el desplazamiento forzado más grande que haya parido esta patria. Uno mira las cifras y parece un inventario de guerra total: decenas y decenas de masacres por parte de los paramilitares, centenares de acciones conjuntas con agentes del Estado, falsos positivos en ascenso, y un país convertido en un bloque de cemento que expulsaba campesinos como si fueran sobrantes del conflicto.
Pero volvamos al difunto. Mora Rangel no solo fue un oficial de carrera. Fue, ante todo, un discípulo ejemplar de la Escuela de las Américas, ese Harvard de la contrainsurgencia donde los alumnos aprendían que la democracia era linda… siempre y cuando no estorbara a la Seguridad Nacional. ¿Qué podía salir mal?
Muchos lo recuerdan por su gesto adusto, su manera de hablar con tono de sentencia, y su capacidad casi poética para negar violaciones de derechos humanos como quien barre polvo debajo del tapete. Otros —los que tuvieron peor suerte— lo recuerdan como el jefe militar bajo el cual ocurrieron algunas de las peores atrocidades. Ahí están, por ejemplo, los ecos de las muertes de Jaime Garzón, de Eduardo Umaña Mendoza, de Jesús María Valle, de líderes sociales y defensores de derechos humanos asesinados en un país donde los muertos siempre parecían caer del lado equivocado de la historia.
¿Y quién mandaba las Fuerzas Militares mientras todo eso ardía? Pues Mora Rangel. Pura casualidad, dirán algunos. Un país complejo, dirán otros. Mala suerte, repetirán los cínicos. Pero uno no puede evitar preguntarse: ¿tantas coincidencias no serán demasiadas coincidencias?
Años después, cuando ya había pasado por la gloria marcial que ofrece la República a quienes mandan fusiles, Uribe lo envió como representante del gobierno en el proceso de paz con las FARC. Es decir: el general que comandó los años del desbordamiento paramilitar, del desplazamiento masivo y de las masacres en avalancha… era ahora el apóstol del diálogo. ¿Ironía? ¿Chiste? ¿O simple coherencia dentro del realismo mágico colombiano?
Porque una cosa es clara: Mora Rangel hizo oposición interna y visible al proceso de paz. Fue la voz del uribismo adentro, el aguijón que repetía que negociar era arrodillarse, que la paz era claudicación, que el enemigo no se desmovilizaba sino que mutaba.
Y entonces viene la pregunta inevitable, en forma de eco caballeriano:
¿No sería que Mora Rangel ayudó más a que fracasara la paz que a que avanzara?
¿No sería que sus diagnósticos, sus advertencias y sus vetos contribuyeron a que se mantuvieran vivas las estructuras armadas que después sabotearon la implementación?
¿No sería que la guerra —esa vieja fierecilla que tantas medallas reparte— tenía aún demasiados adeptos dentro del corazón de las instituciones?
Y para rematar, como cereza del pastel bélico, su comandancia coincidió con la Operación Orión en 2002, esa intervención militar que prometía liberar la Comuna 13 de Medellín, pero terminó siendo uno de los capítulos más oscuros de alianza entre paramilitares y fuerza pública. ¿Y quién era el comandante de las Fuerzas? Exacto: el mismo que hoy algunos quieren recordar como un “soldado de la patria” sin mácula.
Así que volvamos al principio:
¿Todos los muertos son buenos?
¿De veras?
¿O será que en este país confundimos decencia con obituario, memoria con cloro, y responsabilidad con silencio?
Porque si algo nos enseña la vida de Mora Rangel es que no todo héroe es héroe, no todo general es general, y no todo muerto es bueno. Algunos, simplemente, dejan detrás de sí un país lleno de preguntas, cementerios y sospechas. Y esas, por mucho que molesten, no se entierran tan fácil.
Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

