Groenlandia tiene unos 56.000 habitantes y una paciencia histórica frente al poder. Formalmente pertenece al Reino de Dinamarca, con un régimen de autogobierno que le reconoce derechos sobre su territorio y sus recursos naturales. Pero en geopolítica los derechos existen solo hasta que estorban.
Por eso Donald Trump volvió a decir que Estados Unidos “necesita” Groenlandia para su seguridad nacional. No es una metáfora: es el lenguaje clásico de la expropiación preventiva. Cuando una potencia afirma que necesita un territorio, no está pensando en cooperación sino en control.
La respuesta danesa fue directa. Mette Frederiksen recordó públicamente que Groenlandia no está en venta. No es mercancía, no es base militar ampliable por decreto, no es botín estratégico. Es un territorio con pueblo, derechos y soberanía reconocida.
¿Y qué quiere exactamente Estados Unidos?
Quiere tierras raras, esenciales para armas, satélites, celulares y autos eléctricos; quiere uranio, pieza clave de la industria nuclear; quiere cobalto y níquel, fundamentales para baterías y transición energética; quiere petróleo y gas aún dormidos bajo el Ártico; y quiere agua dulce, hoy congelada y mañana escasa. Todo eso concentrado en una isla con poca población y mucho silencio.
El argumento es siempre el mismo: seguridad nacional, estabilidad global, competencia con China. El método también es conocido: convertir los bienes comunes de un pueblo indígena en activos estratégicos de una superpotencia. No hace falta invadir: basta con declarar que el hielo es demasiado importante para dejarlo en manos de quienes lo habitan.
Y cuando aparece la negativa, el libreto suele avanzar. Primero la alarma estratégica. Luego la sospecha. Después la criminalización del territorio. ¿Qué sigue? ¿Militarizar el Ártico bajo el pretexto de “rutas ilícitas”? ¿Perseguir a comunidades que hoy viven de la pesca señalándolas como amenazas? ¿Sanciones, listas, presiones diplomáticas contra gobiernos que no se alinean? Conocemos el guion y lo que viene después.
Groenlandia no es el centro del mundo. Pero el mundo decidió que su subsuelo sí lo es. Y cuando eso ocurre, la soberanía suele derretirse más rápido que los glaciares. Estados Unidos muestra, una vez más, su hambre colonial. Y el resto del mundo —como tantas veces— parece dispuesto a observar en silencio sus infamias.
Por Justicia & Dignidad
Periodismo independiente e investigativo

