Jorge Eduardo Mora López, hermano de Jorge Enrique Mora Rangel: el nuevo ministro de Defensa y el regreso de la doctrina de la seguridad nacional

Hoy, 6 de julio de 2026, Abelardo de la Espriella sacudió los cimientos del país al anunciar su carta para el Ministerio de Defensa. El elegido: el mayor general retirado Jorge Eduardo Mora López. Detrás de los pomposos comunicados oficiales que celebran sus 36 años de carrera y sus medallas, se esconde una sincronía de apellidos y doctrinas que despierta los fantasmas más oscuros del conflicto colombiano. No es solo un cambio de nombres; es el retorno de un linaje. Es pasar del amor por la paz al «amor» por la guerra, pero la que involucra civiles.

 

Para entender el futuro que se dibuja sobre los territorios, hay que mirar el árbol genealógico de la infamia. Jorge Eduardo es el hermano menor del fallecido general Jorge Enrique Mora Rangel, una de las figuras más destacadas, recias y cuestionadas de la historia militar reciente. Mora Rangel fue el hijo dilecto de la Guerra Fría. Su mente se moldeó en los pabellones de Fort Benning, Georgia, en la infame Escuela de las Américas; aquel laboratorio estadounidense donde se tradujo el anticomunismo en manuales de tortura, desaparición forzada y persecución implacable contra todo aquel que osara cuestionar el statu quo.

 

Bajo esa matriz, donde la población civil deja de ser protegida para convertirse en el nido del «enemigo interno», Mora Rangel escaló hasta la comandancia del Ejército y de las Fuerzas Militares entre 2001 y 2003. Su nombre quedó grabado con tinta indeleble en los expedientes de las masacres del Bloque Centauros, en los Llanos; en el desvío de la investigación del asesinato del humorista Jaime Garzón; y en los crímenes contra los defensores de derechos humanos, entre ellos Eduardo Umaña Mendoza, y el secuestro de la exsenadora Piedad Córdoba. Los tribunales de Justicia y Paz se inundaron de compulsas de copias y testimonios de jefes paramilitares que señalaban a sus brigadas. Aunque la muerte lo alcanzó en 2021 sin una condena penal, para las víctimas de los falsos positivos el apellido Mora Rangel es sinónimo de una doctrina que midió el éxito militar en cuerpos vertidos en fosas comunes.

 

Hoy, la historia se muerde la cola. Su hermano menor, Jorge Eduardo Mora López, asume el control del Ministerio de Defensa. Quienes buscan matices argumentan que su perfil es distinto, que su alta formación no proviene de los manuales norteamericanos de Georgia, sino de los claustros europeos: la prestigiosa École de Guerre de Francia. Pero el periodismo de memoria no se deja engañar por la geografía.

 

Francia no es tierra santa en la historia de la contrainsurgencia; es su matriz más sofisticada. Fue en las guerras coloniales de Indochina y en la brutal carnicería de Argelia, durante los años 50, donde los estrategas franceses diseñaron la Doctrina de la Guerra Revolucionaria. Fueron ellos quienes teorizaron que, para vencer a una insurgencia camuflada en el tejido social, el Estado debía aplicar el control absoluto del cuerpo social, la cuadrícula urbana, la tortura como método de inteligencia y la eliminación psicológica del disidente. Los franceses exportaron a América Latina la idea de que la guerra se libra en el alma y el cuerpo de los civiles.

 

Mora López, experto en inteligencia y contrainteligencia, encarna esa misma línea heredada, refinada en París, pero con el mismo objetivo de control poblacional. El nuevo ministro fue retirado del servicio activo en 2022 durante la profunda purga de la cúpula militar realizada por el gobierno de Gustavo Petro. Aquella barrida histórica no fue un capricho político: sacó de las guarniciones a los oficiales cuyos nombres estaban vinculados, o bien a las redes de corrupción interna, o bien a las tramas de violaciones a los derechos humanos y silenciamientos que carcomían las Fuerzas Armadas.

 

El nombramiento de la dinastía Mora por parte de De la Espriella no es una coincidencia administrativa. Es un mensaje político devastador para la población civil en Colombia. Con el regreso del apellido Mora, vuelve la vigencia plena de la doctrina de la seguridad nacional. Las ventanas de los batallones vuelven a mirar hacia adentro, hacia el líder social, hacia el reclamante de tierras, hacia el periodista independiente. El laboratorio de Argelia y Fort Benning se instala de nuevo en el Palacio de Nariño y, con él, la certeza trágica de que el regreso de la vieja doctrina es, inevitablemente, el regreso de las sistemáticas y generalizadas violaciones a los derechos humanos.

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo