Mientras Colombia cuenta sus muertos y cientos de familias buscan a quienes permanecen bajo los escombros, Abelardo de la Espriella sonríe, saluda y lanza besos ante las cámaras como una reina de carnaval.
Pero el Gobierno sí tiene claras sus urgencias. Su primera gran reacción política frente al terremoto es reconocer la soberanía de Israel sobre los Altos del Golán —territorio sirio ocupado— y la de Marruecos sobre el Sáhara Occidental, territorio pendiente de descolonización.
Porque, al parecer, para Abelardo es más urgente besar los pies del llamado “Estado de Dios” que enviar rescatistas al Chocó y Buenaventura. Qué insolencia: identifica soberanías a diez mil kilómetros, pero sus ministros no saben qué ocurre en el litoral Pacífico.
Colombia atraviesa la emergencia sin un director titular formalmente posesionado en la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo. Mientras las comunidades reclaman equipos especializados y hay personas atrapadas, el Gobierno rechaza inicialmente brigadas internacionales de rescate alegando que las capacidades nacionales son suficientes.
¿Suficientes para quién?
No para las familias que remueven escombros con las manos. No para quienes esperan ayuda en el Chocó y Buenaventura. No para una persona atrapada, para quien cada minuto separa la vida de la muerte.
Los gestos, las prioridades y las decisiones del Gobierno hacen parecer que disfruta del dolor del pueblo colombiano víctima del terremoto. Pero hay algo que todavía no comprende: ese pueblo adolorido, después de mirar la muerte de frente, también le perderá el miedo.
Y un pueblo que pierde el miedo a la muerte aprende a resistir.
Las reverencias ideológicas pueden esperar. La vida, no.
Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

