Miguel Uribe Turbay no es quien recibe nuestras condolencias hoy

Por Sofía López Mera/Abogada y periodista de la Corporación Justicia y Dignidad

El café humeaba sobre la mesa. Yo lo sostenía como quien se aferra a una cuerda en mitad del abismo.

Me había citado para “hablar amistosamente”. Eso dijo.9Pero la palabra amistad se rompió con cada golpe seco de su mano sobre la madera.

Los cubiertos tintineaban.

Su voz era un cuchillo que se me venía encima:

—¿Por qué me dejaste?

Los ojos rojos, el labio tembloroso, las lágrimas espesas como aceite viejo. No era tristeza. Era rabia.

Mis dedos apretaban el vaso hasta dolerme los nudillos.

Frío por fuera, hirviendo por dentro. Imaginaba lanzarlo, cubrirme, correr. Pero estaba atrapada.

Las señoras de la cafetería miraban al suelo. El silencio era un pacto: no ver, no oír, no intervenir.

Tal vez por miedo. Tal vez porque la violencia contra nosotras ya es paisaje.

Cuando me recogió el escolta de la UNP, le conté. Me respondió con un encogimiento de hombros:—Son cosas de pareja y en eso no me meto. Y sentí que otra puerta se cerraba.

Ese mismo día, leí la noticia: el 3 de agosto, en El Plateado, Argelia, mataron a Astrid Viviana Ordoñez Arcos.

La plaza olía a pólvora y a mango maduro bajo el sol. Astrid había sido voz, puente, escudo. Lideresa social. Mujer de palabra firme y pasos decididos. Le dispararon frente a todos. Llamé a un profesor que trabaja en el pueblo. Me contó que había llegado una hora después. Que vio el cuerpo.

—¿Quién fue? —pregunté.

—No se sabe —dijo.

Y ese “no se sabe” sonó a “ya no importa”.

En la noche, el brillo azul del teléfono trajo otro horror. Xiomara Ramírez, en Buenaventura. Desnuda, corriendo por unas gradas con la piel marcada. Él, también desnudo, la seguía. La atrapó por el cabello, la arrastró hacia arriba. Ella pedía ayuda. Nadie llegó.

El hombre, Steven Riascos, la golpeó hasta dejarla inconsciente.

En otro video, una hora antes, se les ve vestidos, discutiendo. Él la carga como quien levanta un costal. El preludio de la brutalidad.

Al amanecer, otra noticia: el sur del Cauca se llenó de otro nombre. Yesica Lorena Yonda. 23 años. Estudiante de enfermería. Oriunda de Silvia, viviendo en El Mango, Argelia, para poder estudiar. Tenía una hija pequeña que ahora la busca en sueños.

La encontraron sin vida el 10 de agosto. La comunidad dice que era alegre, dedicada, solidaria. Ya es una foto en una cartelera, una silla vacía en el salón de clases.

Y como un eco que no se apaga, vuelve 2012. Rosa Elvira Cely. Violada, empalada, asesinada. Y las palabras ruines que salieron de la oficina jurídica de la Alcaldía de Bogotá, entonces bajo Miguel Uribe Turbay:

Que si no hubiera salido con dos compañeros después de clase, no estaríamos lamentando su muerte.

Como si la culpa fuera de ella.

Como si la vida de una mujer dependiera de encerrarse.

Como si el asesino fuera un fantasma sin manos ni rostro.

Eso también mata.

La culpa que nos echan encima.

El silencio que nos cubre como tierra húmeda.

La mirada que se aparta.

La voz que dice “son cosas de pareja” y cierra la puerta.

Por eso hoy no doy condolencias tibias.

Hoy nombro a Astrid, a Xiomara, a Yesica, a Rosa Elvira.

Me nombro a mí.

Y nombro a todas las que no regresaron vivas.

Porque no son cosas de pareja.

Son cosas de muerte.

Y la muerte de una mujer no es un accidente:

Es la marca más oscura de un país que todavía cree que valemos menos.