Oviedo y Paloma Valencia: el libreto de la derecha contra los derechos de género

La política tiene algo curioso: los gobiernos de derecha cambian de país, pero no de libreto.

En Estados Unidos, el gobierno de Donald Trump impulsó varias medidas que revirtieron políticas de género y derechos reproductivos. En 2025 firmó una orden ejecutiva que prohíbe a personas trans servir en el ejército estadounidense, retomando una política aplicada durante su primer mandato.

Además, reinstaló y amplió la llamada “Global Gag Rule”, que bloquea financiamiento internacional a organizaciones que brinden o incluso informen sobre servicios de aborto, ampliando las restricciones a miles de millones de dólares en ayuda exterior.

Su administración también eliminó políticas federales que reconocían la identidad de género y desmanteló programas de diversidad y equidad dentro del gobierno.

En Argentina, el gobierno de Javier Milei siguió un camino similar. Tras llegar al poder, eliminó el Ministerio de Mujeres, Géneros y Diversidad y recortó programas de salud sexual y de prevención de violencia de género.

También prohibió el lenguaje inclusivo y la perspectiva de género en documentos del Estado, como parte de una política explícita contra lo que su gobierno denomina “ideología de género”.

Son dos países distintos, pero el patrón es el mismo: cuando la derecha llega al poder, los primeros objetivos suelen ser los derechos de género, los derechos sexuales y reproductivos y las políticas de diversidad.

Por eso resulta difícil creer que en Colombia la historia sería diferente. Si la derecha llega al poder con figuras como Paloma Valencia o Abelardo de “La Espirella”, lo más probable es que el libreto sea el mismo: cuestionar políticas de género, revisar avances en derechos reproductivos y convertir a las minorías sexuales en minorías con menos derechos.

Pero la escena más curiosa la ofrece su fórmula vicepresidencial. Juan Daniel Oviedo, abiertamente homosexual, acompaña un proyecto político cuyo sector más visible ha sido crítico de derechos como la adopción igualitaria. Es una paradoja interesante: pertenecer a una minoría históricamente excluida y, al mismo tiempo, respaldar un proyecto que no parece especialmente preocupado por protegerla.

Quizás sea la prueba de que en política la identidad no siempre pesa tanto como el poder.

Y aquí aparece lo verdaderamente cómico —o trágico, según el ánimo del lector—: la pregunta sobre la adopción por parejas del mismo sexo es una de las más obvias que cualquier periodista haría a una fórmula presidencial donde uno de los candidatos es gay y la otra ha expresado su desacuerdo con ese derecho.

No anticiparla, no preparar una respuesta coherente, no resolver la contradicción… revela algo bastante claro.

Simplemente no les importa demasiado.

Porque cuando los derechos de las minorías son apenas una incomodidad discursiva, lo más fácil es pasar por encima de ellos. Y hacerlo, además, con la tranquilidad de quien sabe que el manual de la derecha ya ha funcionado antes en otros países.

Al final, la política también tiene sus comedias involuntarias:

una derecha que promete defender la libertad… mientras prepara la lista de derechos que piensa recortar primero.

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

Aida Quilcué y Paloma Valencia: el choque de dos proyectos políticos nacidos en el Cauca

Dos mujeres del Cauca

Colombia tiene la curiosa habilidad de condensar sus disputas históricas en personajes concretos. A veces la historia no necesita tratados ni bibliotecas: basta con mirar quiénes aparecen en la escena política y qué representan. En estas elecciones, el contraste se dibuja con nitidez en dos mujeres nacidas en el mismo departamento: el Cauca.

De un lado está Aida Quilcué, lideresa indígena nasa que aprendió política en el territorio. No en los clubes de Bogotá ni en los salones de las familias notables, sino en las mingas, en las asambleas comunitarias, en el largo aprendizaje del gobierno propio indígena. Ha sido consejera mayor del CRIC, ha caminado con la guardia indígena y llegó al Senado llevando consigo esa experiencia colectiva. No es casual que Iván Cepeda la haya escogido como fórmula vicepresidencial. En un país acostumbrado a que la política se decida entre apellidos ilustres, la presencia de Quilcué recuerda que también existen liderazgos nacidos de la tierra y de la organización social.

Del otro lado está Paloma Valencia, también caucana, heredera de una tradición política mucho más antigua: la de la aristocracia terrateniente de Popayán. Su apellido no es cualquier apellido. Es el del poeta y político conservador Guillermo Valencia, su abuelo, quien en los tiempos en que el movimiento indígena empezaba a levantar cabeza detestaba a Manuel Quintín Lame, el gran líder indígena del Cauca. La historia —y la memoria oral que en estas tierras suele ser más persistente que los archivos— recuerda que cuando Lame fue capturado y llevado preso a Popayán, Valencia no dudó en humillarlo, insultarlo y golpearlo. Para la élite payanesa, Lame no era un ciudadano reclamando derechos, sino un indio insolente que debía ser reducido.

Ese desprecio racial no era una rareza personal. Era la forma en que el poder miraba a los pueblos indígenas: como estorbo para el orden de las haciendas.

A veces las ideas también se heredan.

Paloma Valencia lo ha demostrado con una constancia notable. En 2015 propuso dividir el Cauca en dos: un territorio indígena y otro —según sus palabras— “con vocación de desarrollo”. Una especie de cartografía del apartheid criollo donde algunos territorios merecerían progreso y otros quedarían confinados a su diferencia.

Y más recientemente fue todavía más lejos: sugirió retirar agua, alimentos y transferencias estatales a los resguardos indígenas que participen en bloqueos. Es decir, usar el hambre y la sed como método de presión política. No la bala, sino la inanición administrada.

Por eso el contraste resulta tan revelador.

Aida Quilcué representa una política nacida de la defensa del territorio, de la vida y de la autonomía de los pueblos.

Paloma Valencia, en cambio, representa una tradición política que durante siglos vio a esos mismos pueblos como problema, como obstáculo o como amenaza.

Dos mujeres del mismo departamento.

Una encarna la posibilidad de que Colombia se piense desde sus pueblos originarios.

La otra repite, con notable fidelidad, los viejos reflejos de exclusión de la aristocracia caucana.

No es solo una disputa electoral.

Es un espejo bastante preciso de la democracia colombiana.

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2003: Pastrana en los archivos, Uribe en la Presidencia, la justicia en silencio

En los archivos judiciales del caso Jeffrey Epstein aparecen registros de vuelo correspondientes a marzo de 2003 en los que figura el nombre del expresidente colombiano Andrés Pastrana Arango como pasajero en una aeronave vinculada al círculo de Epstein. Ese dato no proviene de rumores ni de redes sociales. Está consignado en listados incorporados a procesos federales en Estados Unidos y difundidos públicamente.

También existen fotografías divulgadas por medios en las que Pastrana aparece junto a Ghislaine Maxwell, posteriormente condenada por tráfico sexual de menores, vistiendo indumentaria de vuelo asociada a la Fuerza Aérea Colombiana. En entrevistas incorporadas a archivos judiciales, Maxwell relató que durante una visita a Colombia voló un helicóptero y mencionó que se disparó contra un “campamento terrorista”.

Hasta ahora no existe fecha pública verificable ni bitácora oficial divulgada sobre ese vuelo en helicóptero. La única fecha confirmada documentalmente es marzo de 2003, correspondiente al vuelo en aeronave privada.

En marzo de 2003 el presidente de Colombia era Álvaro Uribe Vélez, no Pastrana.

Ese dato no es menor. Es el periodo en el que se intensificaron operaciones militares bajo la política de seguridad democrática. Años después, la justicia colombiana documentó que en ese mismo periodo se produjeron miles de ejecuciones extrajudiciales conocidas como “falsos positivos”: civiles presentados como bajas en combate.

No existe evidencia pública que vincule los hechos documentados en los archivos Epstein con esos crímenes. Decirlo sin pruebas sería irresponsable.

Pero sí es legítimo formular preguntas institucionales.

Si en un relato judicial una persona posteriormente condenada por integrar una red internacional de trata menciona disparos contra un “campamento terrorista” durante un vuelo en Colombia, corresponde verificar:

¿A qué operación se refería?

¿Fue una actividad oficial?

¿Existió autorización formal?

¿Hay registros militares de ese evento?

Y si hubo uso de aeronaves oficiales o acompañamiento institucional, ¿quién autorizó esa operación?

La discusión pública se ha centrado en exigir explicaciones a Pastrana. Puede responder o no. Está en su derecho. La presunción de inocencia lo ampara.

Pero la obligación de investigar no recae en él.

Recae en la Fiscalía General de la Nación.

Colombia ratificó el Protocolo de Palermo y asumió deberes de debida diligencia frente a la trata de personas. Cuando surgen indicios documentados que conectan territorio colombiano, operaciones en Colombia o posibles víctimas colombianas con una red internacional de explotación sexual, el Estado debe verificar.

No investigar también es una decisión.

Y si los hechos ocurrieron en 2003, en plena intensificación de la política de seguridad democrática, la pregunta no es solo para Pastrana. También es para el gobierno de entonces.

¿Se abrió alguna indagación?

¿Se solicitó cooperación judicial a Estados Unidos?

¿Se verificó la naturaleza del supuesto operativo mencionado por Maxwell?

El silencio individual es un derecho.

El silencio institucional es una falta.

Pastrana puede no contestar.

Uribe puede no pronunciarse.

Pero la justicia colombiana sí tiene que responder.

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

Pastrana, Epstein y el silencio de la justicia

Durante años se habló del caso de Jeffrey Epstein como un escándalo sexual protagonizado por un millonario con amistades poderosas. Se insistió en el morbo, en la lista de nombres, en el rumor. Pero lo que muestran los documentos judiciales, las sentencias y los archivos desclasificados es algo más profundo y más grave: Epstein encabezó una estructura que cumple con los elementos jurídicos de una red internacional de trata de personas con fines de explotación sexual. No es una metáfora. Es una categoría legal reconocida por el derecho internacional desde hace más de dos décadas.

El Protocolo de Palermo, adoptado por Naciones Unidas en el año 2000 y ratificado por Colombia, define la trata de personas como la captación, transporte o traslado de personas, mediante abuso de poder, engaño o aprovechamiento de situaciones de vulnerabilidad, con fines de explotación. Cuando las víctimas son niñas, niños o adolescentes, no se exige probar el engaño: basta el hecho del traslado y el fin de explotación. Bajo esa definición, los hechos acreditados judicialmente en el caso Epstein —reclutamiento sistemático de menores, transporte internacional en aviones privados, explotación reiterada y una red de facilitadores— encajan con precisión en la figura de trata internacional.

La condena de Ghislaine Maxwell por tráfico sexual de menores confirmó que no se trataba de un agresor aislado. Existía una red con roles definidos: quienes reclutaban, quienes transportaban, quienes facilitaban los espacios y quienes pagaban para que todo siguiera funcionando. Esa red operó en varios países, utilizó infraestructura privada para cruzar fronteras y se sostuvo durante años gracias al dinero y al silencio. Así operan las redes de trata cuando alcanzan las élites.

Lo que resulta especialmente incómodo es que, dentro de los archivos del caso, aparecen referencias que conectan esa red con Colombia. Existen menciones documentadas de víctimas de nacionalidad colombiana, incluidas menores de edad, cuyos relatos y circunstancias corresponden a patrones clásicos de trata: captación temprana, traslado internacional, explotación prolongada y revictimización a través del silencio. Estos datos no provienen de rumores, sino de documentos judiciales y reportes periodísticos basados en material oficial. Colombia no fue un territorio ajeno ni marginal en esta historia.

El país, además, es reconocido como expulsor de víctimas de trata. Las cifras oficiales hablan de decenas de casos identificados cada año, pero organizaciones sociales y expertos coinciden en que existe un subregistro estructural. La impunidad es alta y las investigaciones rara vez avanzan hacia redes complejas y transnacionales. En ese contexto, los archivos del caso Epstein debieron encender alertas institucionales inmediatas.

En ese mismo conjunto de documentos aparece el nombre del expresidente Andrés Pastrana. Su mención no surge de especulación, sino de registros objetivos y declaraciones incorporadas a los archivos judiciales del Departamento de Justicia de Estados Unidos. Existen registros de vuelo que lo ubican como pasajero en aeronaves vinculadas a Epstein, así como referencias a encuentros y viajes en los que participaron personas centrales de la red. Estos elementos no constituyen, por sí mismos, una condena penal, pero sí configuran un vínculo verificable con el entorno de una estructura criminal de trata de personas.

En cualquier Estado que se tome en serio sus obligaciones internacionales, esa información sería suficiente para activar mecanismos de verificación, cooperación judicial y, al menos, una investigación preliminar. Sin embargo, en Colombia ocurre lo contrario. La Fiscalía General de la Nación no ha informado públicamente la existencia de investigación alguna relacionada con estos hechos. No hay comunicados, no hay indagaciones conocidas, no hay explicación institucional sobre por qué un nombre mencionado en archivos de una red internacional de trata no ha sido siquiera objeto de revisión.

El problema no es desconocer la presunción de inocencia. El problema es la ausencia total de acción. El derecho internacional impone a los Estados el deber de investigar de oficio cuando existen indicios razonables de delitos graves, especialmente tratándose de trata de personas y de posibles víctimas nacionales. No investigar también es una forma de incumplimiento.

Nombrar el caso Epstein como lo que fue —una red internacional de trata de personas— permite entender por qué tantos nombres aparecen y desaparecen sin consecuencias. Permite entender por qué las víctimas tardaron décadas en ser escuchadas. Y permite formular la pregunta que sigue sin respuesta en Colombia: ¿por qué, frente a indicios documentados, el Estado guarda silencio? Mientras esa pregunta no tenga respuesta, la impunidad seguirá viajando en primera clase.

 

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Cuando la moral viaja en jet privado: Pastrana y el caso Epstein

En Colombia la impunidad no solo se administra: se coreografía. Tiene tiempos, escenarios, utilería y personajes que reaparecen cuando el escándalo parece haber pasado de moda. Uno de ellos es Andrés Pastrana, quien vuelve al debate público con ínfulas de censor moral, como si los archivos no existieran y la memoria fuera una excentricidad de los ingenuos.

No estamos hablando de rumores ni de montajes digitales. Hablamos de registros oficiales de vuelo, incorporados a expedientes judiciales federales en Estados Unidos. En marzo de 2003, el entonces presidente colombiano figura como pasajero en un avión privado vinculado a Jeffrey Epstein, acompañado por su círculo más cercano. Los destinos no fueron inocentes ni turísticos: Palm Beach, Florida, y Nassau, Bahamas, territorios que hoy están plenamente documentados como centros de operación de una red internacional de trata de personas y abuso sexual de menores. Allí Epstein reclutaba, allí abusaba, allí funcionaba una estructura criminal sostenida durante años con la complicidad del silencio.

Los documentos no describen qué hizo Pastrana en esos lugares ni lo acusan penalmente. Pero establecen un hecho político imposible de borrar: estuvo allí, viajó con ellos y nunca ofreció una explicación pública clara y verificable. La política no se mide solo por sentencias judiciales; también se mide por trayectorias, compañías y responsabilidades éticas. Y esas, en este caso, pesan.

La coreografía no termina en los vuelos. Fotografías y registros periodísticos lo muestran compartiendo espacios sociales con Ghislaine Maxwell, hoy condenada por tráfico sexual. No es una prueba penal, pero sí una imagen profundamente reveladora de cómo ciertas élites se mueven con naturalidad entre el poder público y el privilegio privado. A eso se suma un dato incómodo que en Colombia se ha normalizado demasiado: el uso de helicópteros oficiales, uniformes y símbolos del Estado puestos al servicio de excesos personales y de relaciones políticamente inconfesables durante su gobierno. No eran bienes privados. Eran recursos públicos utilizados para sostener una estética de poder que nunca rindió cuentas.

No estamos afirmando un delito concreto. Estamos señalando un patrón. Y cuando los patrones se repiten con esta coherencia, dejan de ser casualidad para convertirse en estructura. Esa estructura es la misma que protege archivos, administra silencios y recicla personajes.

Ese es el talante de la derecha colombiana que quiere volver al poder en 2026: impunidad bien ensayada, memoria corta y superioridad moral sin sustento. Ciudadano consciente: ni un voto para estos criminales.

 

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Yuliana: rostro de los feminicidios en Colombia

Al mediodía el sol cae a plomo sobre Sahagún y la vida suele moverse entre saludos de tienda, motos que pasan lento y niños que regresan de la escuela. Ese lunes de enero la rutina se rompió dentro de una casa del barrio San José. Allí fue asesinada Yuliana Martínez. Afuera, la calle siguió sonando igual por unos minutos, como si el pueblo todavía no supiera que una vida se había apagado adentro. Luego llegó el rumor, después la certeza y al final esa tristeza espesa que queda cuando la violencia deja de ser noticia lejana y se vuelve vecina. De Yuliana primero se dice que era madre, que cuidaba a su hija, que era conocida en el barrio. Casi nadie empieza diciendo “víctima de feminicidio”, pero su historia encaja en un patrón que en Colombia se repite demasiado.

Casi nunca un feminicidio empieza el día del asesinato. Suele tener un antes hecho de controles, celos, discusiones, miedos y alertas que no siempre reciben respuesta. Muchas violencias se esconden bajo la idea de que son asuntos privados. Cuando por fin se nombran, a veces ya es tarde. Entonces el dolor individual se conecta con una realidad más grande, la que muestran las cifras oficiales.

Los registros de la Defensoría del Pueblo, con base en la Fiscalía General de la Nación, indican que en Colombia hubo 171 feminicidios en 2024 y 119 en 2025. Detrás de esas muertes hay además muchos intentos de asesinato: 394 tentativas de feminicidio en 2024 y 324 en 2025. Es decir, cientos de mujeres sobrevivieron a intentos de ser asesinadas, pero siguen viviendo con secuelas físicas, miedo y riesgo. En total, las noticias criminales asociadas a feminicidio fueron 565 en 2024 y 443 en 2025, lo que muestra la magnitud de las investigaciones abiertas por este delito.

Hay otro dato que revela violencias específicas y muchas veces invisibilizadas: los transfeminicidios. Los registros señalan 20 en 2024 y 26 en 2025, un aumento que habla de la vulnerabilidad de mujeres trans y personas con identidades de género diversas en contextos de discriminación.

Estas cifras ayudan a entender que lo ocurrido con Yuliana no es un hecho aislado. El feminicidio no es un crimen pasional ni un accidente doméstico; es la forma más extrema de las violencias basadas en género, aquellas que ocurren cuando alguien cree tener poder sobre la vida de una mujer por el hecho de ser mujer. Incluyen control, amenazas, humillaciones y agresiones previas que muchas veces no reciben atención o protección oportuna.

A esto se suma la impunidad. Procesos lentos, medidas de protección que no siempre se vigilan y casos que no terminan en condena envían un mensaje peligroso. Cuando la justicia no llega a tiempo, la violencia encuentra espacio para repetirse. Por eso cada feminicidio deja preguntas abiertas: qué señales se ignoraron, qué ayuda faltó, qué institución no respondió.

Volver a Yuliana después de mirar las cifras cambia la perspectiva. Ya no es solo una historia triste, es el rostro de un problema estructural. Cada número tiene nombre, familia, gente que esperaba a alguien de regreso en casa. Recordar esos nombres junto a las cifras es una forma de resistir la costumbre y de insistir en que ninguna de estas muertes es normal ni inevitable. Mientras el país siga contando feminicidios año tras año, la tarea pendiente será escuchar antes, proteger mejor y actuar a tiempo para que la próxima historia no tenga que escribirse.

 

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La JEP expone a las víctimas y luego dice “no hay riesgo”

En Colombia la violencia sexual no termina cuando termina el acto. No termina cuando la mujer sobrevive. No termina cuando se atreve a denunciar. En este país, la violencia sexual se prolonga como un castigo: primero en el cuerpo, luego en la memoria, después en el expediente, y finalmente en la amenaza. Y cuando una víctima decide hablar, el sistema le cobra el atrevimiento con una factura que siempre llega: el miedo, el señalamiento, el riesgo.

Así ocurre con las mujeres víctimas de violencia sexual del caso del sargento Juan Pablo Sierra Daza. Mujeres campesinas, civiles, atravesadas por una violencia que el Estado debería investigar con urgencia y reparar con dignidad, pero que en la práctica se diluye en trámites, formalismos y silencios. Porque en Colombia la justicia tiene una costumbre vieja: exigirle a la víctima pruebas imposibles, calma infinita, paciencia eterna… mientras los responsables aprenden a moverse con soltura en los pasillos del poder, con la tranquilidad de quien sabe que la impunidad también es una forma de protección.

La Jurisdicción Especial para la Paz abrió el Macrocaso 11, Subcaso 2, sobre mujeres víctimas de violencia sexual en el Putumayo, para decirle al país que ahora sí: que la verdad es central, que las víctimas están en el centro, que hay enfoque de género, que hay garantías. Pero la realidad se parece más a una vitrina que a una protección. Los macrocasos exponen. Los macrocasos nombran. Los macrocasos obligan a las víctimas a revivir en audiencias públicas lo que quisieran olvidar para poder seguir viviendo. Y en esa exposición, cuando la víctima queda visible, el riesgo se activa como una consecuencia automática, como si la justicia tuviera un precio que siempre se paga con miedo.

Las mujeres del caso Sierra Daza decidieron participar. Lo hicieron con la esperanza —mínima, frágil, pero viva— de que el país escuchara. Pero el sargento Juan Pablo Sierra Daza no solo negó los hechos: los despreció. No solo se negó a reconocer la violencia sexual: la volvió sospecha. Y además acusó a la Corporación Justicia y Dignidad de “orquestar un montaje judicial”. En Colombia esa frase no es una simple defensa: es un disparo. Porque señalar a quienes acompañan víctimas en casos de violencia sexual, especialmente cuando los responsables son agentes estatales, no es un debate jurídico: es una invitación a la persecución.

Después vinieron las amenazas. “Se va a arrepentir por hablar”. Amenazas telefónicas. Llamadas insistentes. Silencios del otro lado de la línea que pesan más que una palabra. Suplantaciones. Vigilancia. Seguimientos. Presencias extrañas rondando casas y lugares de trabajo. Un mapa de hostigamiento que no se queda en el territorio de las víctimas: alcanza también a quienes las acompañan, a quienes sostienen la defensa, a quienes cargan carpetas, nombres, fechas, y el dolor ajeno como una responsabilidad ética.

Y entonces aparece la respuesta institucional: “no hay riesgo”. Así lo dijo la Unidad de Investigación y Acusación de la JEP (UIA). La JEP expone a las víctimas, las coloca en el centro de un escenario público, y luego —cuando el miedo ya está instalado— declara que no hay riesgo. Esa frase, repetida con frialdad administrativa, se convierte en sentencia. Porque cuando el Estado concluye que no hay riesgo, la amenaza no desaparece: queda legalizada por omisión. Se convierte en un peligro sin responsable y sin respuesta. El Estado se lava las manos, y la víctima queda sola, como siempre ha quedado sola.

Mientras tanto, el Gobierno habla de voluntad de conciliar, de avanzar en una solución amistosa porque el caso también está en la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Habla de reparar, de reconocer, de cerrar heridas. Pero esa voluntad, que debería traducirse en protección real, se queda suspendida, congelada, atrapada en discusiones internas y en supuestas “confusiones” sobre la representación. Y en esa confusión aparece una tercera violencia: la del abogado Alexander Montaña, quien fue representante legal de la Corporación y renunció en medio de denuncias por violencia basada en género. Su forma de castigo ha sido torpedear los procesos, sembrar dudas, trabar el camino, empujar el desgaste.

A pesar de que las víctimas han entregado poderes claros, expresos, reiterados, la Agencia Nacional de Defensa Jurídica del Estado prefiere creerle al agresor y suspender la conciliación. El resultado es brutal: la solución amistosa, que debería ser camino de reparación, se vuelve otra sala de espera donde la vida de las víctimas se desgasta. Una sala de espera donde el tiempo no cura: el tiempo expone.

La protección en Colombia se volvió una farsa: un trámite, un papel, un “estudio” que dicta “no hay riesgo” mientras la amenaza suena en el teléfono. El Estado promete garantías, pero abandona a las víctimas de violencia sexual justo cuando más expuestas están por atreverse a denunciar y participar en la JEP.

Y el daño se expande: la Corporación Justicia y Dignidad quedó sin sede en Cali por las amenazas, sin espacio para atender víctimas ni sostener la defensa. Al final, la “centralidad de las víctimas” es discurso: lo que sí se mueve rápido no es su protección, sino las libertades de militares señalados por crímenes gravísimos. El peligro no se borra con tinta: camina, llama, vigila, persigue. Y en Colombia, demasiadas veces, el silencio institucional termina siendo el eco más fuerte de la impunidad.

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

Mientras se burlan del cuerpo, Paloma Valencia suspende decretos y bloquea reformas

En Colombia tenemos una vieja y perezosa costumbre: cuando no sabemos cómo discutir el poder, discutimos el cuerpo. Y cuando el poder molesta de verdad, lo adornamos con una caricatura para no tener que explicarlo. Así pasó con la última ocurrencia de Matador, que decidió burlarse del cuerpo de Paloma Valencia, como si la circunferencia de una cadera explicara algo de la devastación institucional que produce su carrera política.

Conviene decirlo sin rodeos: ahí Matador se equivoca. No por falta de talento —que lo tiene— sino por ignorancia política y por misoginia perezosa. Burlarse del cuerpo de una mujer no es sátira: es atajo. Y el atajo, en política, casi siempre lleva al despeñadero equivocado. Además, estropea el camino del progresismo, porque desplaza el debate de fondo y le hace un favor inmerecido a quien debería ser cuestionada por sus actos, no por su anatomía.

Aclaremos de entrada lo obvio —que en Colombia siempre toca aclararlo—: la gordura de Paloma Valencia no es un problema. No lo fue, no lo es, ni lo será. Nadie gobierna con el índice de masa corporal. Nadie erosiona la democracia con las llantas. Nadie bloquea reformas, anula elecciones o paraliza al Estado con el ancho de la cintura. Burlarse del cuerpo de una mujer —cualquiera— no es crítica política: es distracción. Y además, da papaya.

Porque mientras el país se entretiene discutiendo si el chiste fue “ofensivo” o “valiente”, Paloma hace lo que mejor sabe hacer: demandar. Demandar como método. Demandar como programa. Demandar como ideología. Demandar como forma de gobierno sin votos.

El problema de Paloma Valencia no está en el espejo, sino en los expedientes. En esa guerra jurídica —ese lawfare criollo, de toga y membrete— que ha convertido en su especialidad. No legisla: anula. No debate: suspende. No convence: paraliza.

Y ahora suma dos movimientos más a su arsenal. Le pidió a la Corte Constitucional la suspensión del decreto de emergencia económica, no porque el decreto sea ilegal en sí mismo, sino porque cualquier ejercicio real del poder ejecutivo le resulta intolerable cuando no pasa por su filtro ideológico. Y, como complemento perfecto, acudió al Consejo de Estado para solicitar la suspensión del decreto que incrementó el salario mínimo en un 23 %: una decisión que afecta a millones de trabajadores, frenada no desde la deliberación democrática, sino desde el expediente.

Eso es lo verdaderamente nefasto de su estrategia: no discute el modelo económico, lo congela; no derrota proyectos en el Congreso, los inmoviliza en los tribunales; no gana mayorías, produce incertidumbre. Cada demanda no busca mejorar la democracia, sino bloquearla. Convertir gobernar en una carrera de obstáculos legales donde todo acto del Ejecutivo nace bajo sospecha y toda reforma debe sobrevivir primero al despacho de un magistrado.

Ahí está el retrato político que sí merecía una caricatura —una buena, una útil— y que Matador decidió no hacer: la senadora que demandó la personería del Pacto Histórico para impedir que la izquierda se organizara; que fue contra Progresistas por deporte procesal; que atacó la reforma pensional porque la palabra “solidaridad” le produce alergia ideológica; que fue contra el decreto de salud para blindar intereses privados; que celebró la anulación de la rectoría de la Universidad Nacional como si hubiera tomado una fortaleza; y que hoy intenta congelar tanto una emergencia económica como el salario mínimo, no por amor a la Constitución, sino por miedo a que el Ejecutivo ejecute.

Mientras la derecha pierde elecciones, Paloma gana autos admisorios. Esa es su verdadera curul: invisible, no electa, pero eficaz. Una forma elegante de gobernar sin pasar por el fastidio del voto popular.

Y en el centro de esa diana jurídica aparece Gustavo Petro, no porque haya cometido delito alguno, sino porque incomoda. Porque gobierna. Porque ejecuta. Porque no concibe la política como una guerra de exterminio legal. Entonces hay que mantenerlo ocupado defendiéndose, respondiendo demandas, explicando lo que no debería explicarse nunca.

Todo esto —todo— es infinitamente más grave que cualquier caricatura sobre el cuerpo de Paloma Valencia. Pero claro, eso exige escribir, argumentar, leer autos judiciales y entender el daño estructural que hace la judicialización selectiva de la política. Mucho más fácil dibujar una barriga.

Así no se hace política, Matador.

Así se hace ruido.

Material contra Paloma Valencia hay de sobra. Sobran hechos, sobran demandas, sobran bloqueos.

El cuerpo de Paloma es lo de menos. Hasta linda se ve.

Lo grave —lo verdaderamente feo— es el daño que le hace al país.

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

Mientras escribíamos, apareció otro feminicidio en Colombia

Mientras escribíamos el artículo sobre Sandra Castro y Neila Figueroa Segura, mientras acomodábamos las palabras para no herir más de lo que ya estaba herido, apareció otro cuerpo. Otra mujer asesinada. Otro nombre que se suma a la lista que nunca deja de crecer. Esta vez fue Angie Carolina Rivera Garibello, 28 años, madre de tres hijos, encontrada sin vida en la Avenida Circunvalar de Garzón, Huila.

La noticia llegó como llegan siempre estas noticias: sin estruendo, sin sorpresa, con esa normalidad cruel que da la repetición. Mientras hablábamos de Engativá y de Cereté, mientras intentábamos explicar cómo una sobrevivió y la otra no, el país volvía a demostrar que la violencia contra las mujeres no descansa. No espera. No se conmueve con editoriales ni con minutos de silencio. Continúa.

Angie salió de su casa en una motocicleta con su compañero sentimental. Eso dicen los vecinos. Eso dicen los allegados. Dicen también que hubo un arma blanca, que hubo una discusión, que hubo una muerte. Las autoridades investigan. El presunto agresor no aparece. La historia se parece demasiado a otras historias: una mujer que intenta vivir, un hombre que decide que no puede hacerlo sin él, un Estado que llega después.

En Colombia, el feminicidio no irrumpe: avanza. Avanza por barrios, por veredas, por carreteras. Avanza de noche y de día. Avanza en enero, cuando todavía no se han guardado los adornos de Navidad. Avanza mientras se escriben artículos, mientras se emiten alertas, mientras se repiten cifras.

La Defensoría del Pueblo ya lo dijo: solo en la primera semana de 2026 se registraron 13 hechos de violencia extrema contra mujeres y personas con identidades de género no hegemónicas. Ocho feminicidios. Dos transfeminicidios. Dos tentativas. Una masacre. Y ahora, mientras escribimos, otro cuerpo más.

La pregunta no es cuántas faltan. La pregunta es qué podría hacer el Estado para evitarlo y por qué no lo hace.

Podría actuar antes de la muerte y no después del levantamiento del cadáver. Podría tomarse en serio las denuncias de control, de amenazas, de celos, de violencia previa. Podría garantizar medidas de protección reales y no papeles que nadie vigila. Podría entender que irse de una relación violenta es el momento de mayor riesgo y no dejar solas a las mujeres justo ahí. Podría coordinar justicia, salud, policía y protección social sin obligar a las víctimas a mendigar atención. Podría asumir que esto no es un asunto privado, sino una emergencia nacional.

Pero no lo hace. Y entonces las mujeres siguen apareciendo muertas mientras los textos se quedan cortos y el país se acostumbra.

Escribimos sobre Sandra. Escribimos sobre Neila. Ahora escribimos sobre Angie. Mañana, si nada cambia, escribiremos otro nombre. Y ese es el verdadero escándalo: que en Colombia el feminicidio no interrumpe la vida pública. La acompaña.

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

Sandra sobrevivió, Neila no: Colombia empieza 2026 con una ola de feminicidios

Sandra Castro sobrevivió.

Neila Figueroa Segura no.

Esa es la diferencia mínima, brutal, arbitraria, que separa la vida de la muerte cuando la violencia machista decide instalarse en una casa y convertirla en campo de batalla. No hay azar. Hay antecedentes. Hay control. Hay amenazas. Hay una cadena de omisiones que empieza mucho antes del primer golpe y termina siempre después, cuando el Estado llega tarde y la justicia redacta comunicados.

El primero de enero, mientras el país estrenaba año y los discursos hablaban de nuevos comienzos, Sandra estaba en su casa, en Engativá. No celebraba nada. Estaba intentando irse. Había decidido terminar una relación marcada por los celos, la vigilancia y el control. Decidir irse, en Colombia, sigue siendo uno de los actos más peligrosos para una mujer.

César Camilo Aldana Vargas, su esposo, decidió que ella no se iba. La atacó con un arma blanca frente a sus dos hijos. Cincuenta y cinco veces. Después recogió objetos personales y huyó. Como si la violencia fuera un trámite. Como si el cuerpo de Sandra no estuviera desangrándose en el piso. Como si los niños no hubieran aprendido, en cuestión de minutos, que el hogar puede volverse una trampa.

Sandra vive. Vive conectada a tubos, con un pulmón perforado y una lesión grave en la tráquea. Vive porque su cuerpo resistió lo que el sistema no previno. La Fiscalía habla de tentativa de feminicidio. Los hijos hablan de miedo. El expediente avanza. La vida de Sandra pende de cuidados intensivos y de una justicia que siempre corre detrás de los hechos.

Neila Figueroa Segura tenía 33 años y vivía en Cereté, Córdoba. El domingo 11 de enero, al mediodía, discutió con su compañero sentimental en el barrio El Cañito. No fue una discusión extraordinaria. Fue una de esas discusiones que se repiten, que se normalizan, que el entorno aprende a no escuchar. Hasta que el hombre sacó un arma de fuego. Hasta que Neila cayó.

La auxiliaron. La trasladaron al hospital Sandiego. Llegó sin signos vitales. No hubo tiempo para tubos ni para titulares de “sobrevive de milagro”. Hubo muerte. Hubo captura. Hubo un nuevo nombre que se suma a una lista que no deja de crecer. En Cereté quedó una familia rota. En el país, otra mujer menos.

Sandra y Neila no se conocieron. No compartieron ciudad ni historia. Pero están unidas por un mismo patrón: violencia ejercida por hombres cercanos, en contextos íntimos, precedida por control, celos y dominación. La diferencia entre ambas no es estructural. Es apenas un hilo: una llegó viva al hospital; la otra no.

No son casos aislados. No son “hechos de intolerancia”. No son tragedias privadas. Son crímenes anunciados.

En la primera semana de 2026, la Defensoría del Pueblo documentó 13 hechos de violencia extrema contra mujeres y personas con orientaciones sexuales e identidades de género no hegemónicas en Colombia. Las cifras son exactas y no admiten eufemismos: 8 feminicidios, 2 transfeminicidios, 2 tentativas de feminicidio contra mujeres trans, 1 hombre gay asesinado y 1 masacre en Santander de Quilichao, donde tres mujeres fueron asesinadas en menos de 24 horas.

Boyacá, Antioquia, Valle del Cauca, Nariño, Cauca y Bogotá aparecen en el mapa. Casas, barrios, comercios y espacios comunitarios aparecen como escenarios. En la mayoría de los casos, los agresores eran parejas o exparejas. El patrón no es confuso. Lo que es confusa —o deliberadamente lenta— es la respuesta estatal.

Aquí no falta diagnóstico. No faltan alertas. No faltan informes. Falta acción. Falta urgencia. Falta asumir que la violencia machista no es un problema cultural ni un asunto privado, sino un problema político y de responsabilidad estatal.

La Defensoría fue clara: cada feminicidio es prevenible cuando el Estado actúa con oportunidad. Cuando no actúa —cuando minimiza denuncias, dilata medidas de protección, normaliza el control y llega solo para contar muertas— deja de ser un espectador y se convierte en corresponsable.

Sandra vive porque resistió.

Neila murió porque nadie llegó antes del disparo.

Entre una y otra hay un país que sigue llegando después. Después del cuchillo. Después del arma. Después del hospital. Después del entierro. Y mientras eso siga ocurriendo, hablar de “casos aislados” no es ignorancia: es complicidad.

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo