La política tiene algo curioso: los gobiernos de derecha cambian de país, pero no de libreto.
En Estados Unidos, el gobierno de Donald Trump impulsó varias medidas que revirtieron políticas de género y derechos reproductivos. En 2025 firmó una orden ejecutiva que prohíbe a personas trans servir en el ejército estadounidense, retomando una política aplicada durante su primer mandato.
Además, reinstaló y amplió la llamada “Global Gag Rule”, que bloquea financiamiento internacional a organizaciones que brinden o incluso informen sobre servicios de aborto, ampliando las restricciones a miles de millones de dólares en ayuda exterior.
Su administración también eliminó políticas federales que reconocían la identidad de género y desmanteló programas de diversidad y equidad dentro del gobierno.
En Argentina, el gobierno de Javier Milei siguió un camino similar. Tras llegar al poder, eliminó el Ministerio de Mujeres, Géneros y Diversidad y recortó programas de salud sexual y de prevención de violencia de género.
También prohibió el lenguaje inclusivo y la perspectiva de género en documentos del Estado, como parte de una política explícita contra lo que su gobierno denomina “ideología de género”.
Son dos países distintos, pero el patrón es el mismo: cuando la derecha llega al poder, los primeros objetivos suelen ser los derechos de género, los derechos sexuales y reproductivos y las políticas de diversidad.
Por eso resulta difícil creer que en Colombia la historia sería diferente. Si la derecha llega al poder con figuras como Paloma Valencia o Abelardo de “La Espirella”, lo más probable es que el libreto sea el mismo: cuestionar políticas de género, revisar avances en derechos reproductivos y convertir a las minorías sexuales en minorías con menos derechos.
Pero la escena más curiosa la ofrece su fórmula vicepresidencial. Juan Daniel Oviedo, abiertamente homosexual, acompaña un proyecto político cuyo sector más visible ha sido crítico de derechos como la adopción igualitaria. Es una paradoja interesante: pertenecer a una minoría históricamente excluida y, al mismo tiempo, respaldar un proyecto que no parece especialmente preocupado por protegerla.
Quizás sea la prueba de que en política la identidad no siempre pesa tanto como el poder.
Y aquí aparece lo verdaderamente cómico —o trágico, según el ánimo del lector—: la pregunta sobre la adopción por parejas del mismo sexo es una de las más obvias que cualquier periodista haría a una fórmula presidencial donde uno de los candidatos es gay y la otra ha expresado su desacuerdo con ese derecho.
No anticiparla, no preparar una respuesta coherente, no resolver la contradicción… revela algo bastante claro.
Simplemente no les importa demasiado.
Porque cuando los derechos de las minorías son apenas una incomodidad discursiva, lo más fácil es pasar por encima de ellos. Y hacerlo, además, con la tranquilidad de quien sabe que el manual de la derecha ya ha funcionado antes en otros países.
Al final, la política también tiene sus comedias involuntarias:
una derecha que promete defender la libertad… mientras prepara la lista de derechos que piensa recortar primero.
Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo
