Álvaro Leyva, exministro de cancillerías y de intrigas, anda en plan libertador. Pero no de países ni de pueblos: libertador de sí mismo. Se ha propuesto tumbar al presidente Gustavo Petro con la única arma que le queda: la papelería. Cartas, denuncias, memorandos, comunicados. Una conspiración de oficina, con más timbre notarial que pólvora.
Leyva acusa a Petro de todo: de estar loco, de ser adicto, de no gobernar. Y cada vez que lo repite, sube el tono, como quien grita para convencerse a sí mismo. Ha llegado incluso a enviar denuncias a Estados Unidos, porque, al parecer, aquí los jueces no lo escuchan lo suficiente. Un golpe de Estado tercerizado, made in Washington.
Lo curioso es que a Leyva nadie lo toca. La Procuraduría lo inhabilita diez años, sí, pero él sigue pontificando como si nada. Se le abren micrófonos, se le dedican portadas, se le trata con la solemnidad de un estadista. Mientras tanto, líderes sociales son asesinados por tener menos audacia que él al hablar.
En Colombia, la impunidad no es un defecto: es un privilegio. Y Leyva lo disfruta. Se disfraza de demócrata, mientras conspira; se dice víctima, mientras maquina. Es, en el fondo, un político clásico: de esos que pierden el poder y deciden incendiar la casa porque ya no tienen la llave.
Así va su golpe: lento, aburrido, en cámara lenta. No habrá tanques en la Plaza de Bolívar, ni generales en la televisión. Habrá cartas. Muchas cartas. Y un país entero mirando con indiferencia cómo un hombre de saco y corbata intenta tumbar un presidente con tinta y rencor.
Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

