En Medellín, la ciudad que un día se levantó de entre el miedo con la palabra como bandera, hoy se libra una batalla silenciosa. No suenan las balas, pero resuenan los decretos. No hay sangre, pero se desangra la cultura. El Festival Internacional de Poesía de Medellín —que durante más de tres décadas convirtió el dolor en canto y la muerte en palabra viva— está bajo amenaza.
El ataque viene disfrazado de trámite. El Concejo de Medellín impulsa la derogatoria del Acuerdo 40 de 1997, la norma que reconoció oficialmente al festival y garantizó su apoyo institucional. Esa decisión, de concretarse, significaría cortar la raíz de uno de los espacios de resistencia más profundos del país.
Según datos del propio festival y medios locales, la Alcaldía de Medellín aporta cerca del 25 % del presupuesto total que hace posible que poetas de todo el mundo lleguen a leer en las comunas, en los parques, en las cárceles. Sin ese apoyo, el festival quedaría herido, no por falta de talento ni de amor, sino por la fría maquinaria del poder.
Pero lo que está en juego no es solo una partida presupuestal. Es una visión del mundo.
El poder —en manos de una mayoría de corte uribista en el Concejo— quiere domesticar la palabra, institucionalizarla, someterla. Pretende que la poesía sea administrada, vigilada, digerida. Que deje de ser un acto de insurrección y se vuelva protocolo.
Y eso, metafóricamente, es fascismo: el miedo del poder ante la belleza libre, la necesidad de controlar la imaginación, la censura disfrazada de eficiencia. Así comenzaron otros regímenes: no quemando libros al principio, sino cerrando presupuestos, desplazando a los artistas, debilitando los espacios donde la palabra respira.
El Festival Internacional de Poesía de Medellín no es solo un evento: es una herida abierta que se transformó en canto. Nació en medio de la guerra, cuando las calles eran territorios del silencio, y desde entonces ha sido testimonio de que el arte puede más que la muerte.
Hoy, quienes lo atacan, no soportan que exista un lugar donde se hable de paz sin permisos, donde la esperanza tenga micrófono, donde los poetas digan lo que el poder calla.
Pero la poesía no se rinde.
Aunque el Concejo cierre las puertas, los versos seguirán caminando por las comunas, subiendo las montañas, respirando en los cuerpos que se niegan al miedo. Porque no hay decreto que pueda anular un poema, ni presupuesto que pueda silenciar la voz de un pueblo que se sabe vivo.
La poesía es trinchera, es raíz y vuelo.
Y mientras haya una sola voz dispuesta a pronunciar la palabra “vida”, el poder jamás podrá exterminarla.
Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

