Entre la payasería y la presión psicológica del viejito anaranjado

Donald Trump, ese viejito anaranjado que confunde la política exterior con un mitin de campaña y el derecho internacional con un contrato de hotel, volvió a inflar el pecho para anunciar que “cerrará el espacio aéreo sobre Venezuela y sus alrededores”. Lo dijo con la solemnidad ridícula del que cree que el planeta es un tablero de Monopoly y él, el dueño del banco.

Pero la medida, si se le puede llamar medida, es legalmente absurda: ningún presidente de Estados Unidos puede cerrar el espacio aéreo de otro país, así como tampoco puede clausurar el Nevado del Ruiz o decretar que el Amazonas cierre los domingos. El único poder real que tiene es ordenar que sus propios aviones—militares, comerciales o privados—eviten determinada zona. Punto. El cielo de Venezuela solo lo puede cerrar Venezuela. O, en un escenario extremo, una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU. Todo lo demás es teatro, presión, pose de macho alfa en decadencia.

Y mientras tanto, aquí al lado, la derecha criolla recoge esas fanfarronadas como si fueran evangelio recién revelado. Entra entonces nuestra sacerdotisa del apocalipsis tropical, María Fernanda Cabal, que con su habitual mezcla de ignorancia militante y entusiasmo miliciano declara que “a Venezuela llegará la democracia y a Colombia la paz”. Y nos advierte, con tono de telenovela mala, que “estamos advertidos”. Como si su misión fuera asustarnos para salvarnos.

Cabal —que no estudia antes de hablar, y cuando estudia es peor— parece convencida de que las relaciones internacionales funcionan a punta de frases huecas y amenazas vagas. Y así pretende ser presidenta: gobernando el país como si fuera un corrillo de WhatsApp lleno de advertencias religiosas.

Entre el teatro geopolítico del viejito anaranjado y los delirios mesiánicos de Cabal, la región termina pareciendo un circo donde todos improvisan y nadie entiende el libreto.

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo