En 1927, cuando Colombia todavía no entendía que las mujeres podían ser sujeto político, un rumor comenzó a trepar por las montañas del Cauca. No venía de las élites ni de los púlpitos, sino de los patios de tierra donde se reunían —casi a escondidas— indígenas, campesinas y artesanas. Allí, entre fogones, arrullos y silencios largos, un nombre se repetía con la fuerza de una contraseña: Manuel Quintín Lame. El líder indígena denunciaba lo que todos sabían pero casi nadie se atrevía a pronunciar: que la tierra les había sido arrebatada, que la servidumbre indígena seguía aunque la maquillaran de modernidad, que los terratenientes mandaban más que el Estado y que para muchos el indígena no era ciudadano, sino estorbo.
El poder respondió con persecución, golpes y cárcel. Y mientras los hombres quedaban atrapados en los oficios obligados de las haciendas, fueron las mujeres las primeras en levantarse. Ese año, catorce mil Mujeres Lamistas —llamadas así no por un territorio, sino por el apellido de Lame que se volvió raíz, escuela y memoria— caminaron hasta Popayán. Fue un río de ruanas y trenzas, de faldas largas y bastones ancestrales, que descendió por los caminos viejos para exigir el fin del despojo territorial, el reconocimiento político de los pueblos indígenas, la libertad de Lame y respeto por la vida y el gobierno propio. Nada de eso entró en los periódicos, pero la memoria oral —esa que no se pierde aunque la quieran borrar— recuerda que sin ellas, Lame habría sido tragado por la infamia del olvido.
Casi cien años después, esa raíz volvió a abrirse paso. El 25 de noviembre de 2025, Día Internacional de la No Violencia contra la Mujer, Popayán despertó con su silencio blanco de siempre, pero no era un día más. Las descendientes Lamistas caminaron juntas de nuevo, acompañadas por artistas, activistas feministas y une líder de la comunidad LGBTI. No iban a protestar: iban a hacer memoria. En el marco del Salón Nacional de Artistas realizaron un acto político, espiritual y profundamente simbólico. Tomaron el busto del expresidente Guillermo León Valencia, figura de la casta terrateniente que persiguió a Lame, lo arrancaron y lo arrastraron por las mismas calles donde, según la memoria indígena, Lame fue arrastrado y golpeado hace más de un siglo.
El gesto no fue violencia: fue una inversión histórica. Si al líder indígena lo humillaron arrastrándolo, ellas arrastraron el símbolo de quienes permitieron esa humillación. Frente a una de las casas de la familia Valencia realizaron un juicio espiritual. Hablaron del daño territorial y político acumulado, de la necesidad de resarcir simbólicamente la infamia contra Lame, de la urgencia de reconocer la agresión colonial y de exigir memoria, dignidad y no repetición.
Pero en Colombia la infamia nunca duerme. Pocos días después, la senadora Paloma Valencia aseguró que aquel acto había sido obra de “un hombre”: un supuesto gestor de paz del gobierno Petro. Las autoridades locales repitieron la versión sin revisar videos ni escuchar a las mujeres. Otra vez lo mismo: cuando las mujeres actúan, inventan un hombre; cuando hacen historia, se la entregan a otro. Las lamistas de hoy lo sintieron como un borramiento hondo. Cien años después, seguían llamándolas nadie.
Pero aunque intenten desconocerlas, ellas siguen ahí: las de antes, las de ahora, las que cargan la memoria como un fuego que no se apaga.
Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

