En Colombia hay familias tradicionales, familias respetables, familias políticamente influyentes… y luego está la familia Uribe Vélez, ese linaje antioqueño que —según ellos mismos— solo le ha hecho un bien inmenso a la patria, y —según los expedientes judiciales— parece haber tenido una relación larga, larguísima, con casi todos los capítulos del Código Penal.
De Álvaro Uribe Vélez, el patriarca, suele decirse que es un “pobre viejecito”, como lo pintan sus seguidores: un alma cándida, víctima eterna de infamias, abogado de la justicia divina contra la justicia humana. Pero cuando uno revisa la letra menuda, la cosa cambia: el cuento se parece menos a la vida ejemplar de un prócer y más al prontuario de un clan que jamás conoció lo que era un día sin testigos, fiscales o jueces detrás.
Uribe ha sido, desde los años ochenta, una especie de cliente frecuente del sistema judicial colombiano. Tanto así que, según las propias cifras de la Comisión de Acusaciones de la Cámara —ese museo de casos que jamás avanzan—, ha acumulado más de 186 investigaciones, denuncias o procesos. No es un récord menor: es prácticamente una colección privada, un archivo histórico completo. A eso se suman cerca de 28 investigaciones penales en la Corte Suprema de Justicia, por temas tan variados como vínculos con paramilitares, masacres, interceptaciones ilegales, manipulación de testigos, homicidios en persona protegida, financiación irregular y una constelación de asuntos que cualquier ciudadano decente suele desconocer por completo.
La joya de la corona llegó en 2025, cuando Uribe fue condenado en primera instancia a 12 años de arresto domiciliario por soborno a testigos y fraude procesal, el célebre caso en el que sus abogados y emisarios buscaron torcer declaraciones de criminales para que dijeran lo que convenía al expresidente. Luego, un tribunal anuló la sentencia por cuestiones de procedimiento, no por inocencia. La decisión final quedó en manos de la Corte Suprema. No hubo absolución moral ni política, pero sí un respiro jurídico. Más de un uribista, conmovido, insistió entonces en la teoría del “pobre viejecito perseguido por la izquierda”. Los expedientes, fríos y extensos, opinan otra cosa.
Y si el patriarca tiene historia, la familia entera parece tenerla como tradición. Santiago Uribe Vélez, el hermano del expresidente, fue condenado a 28 años de prisión por la conformación y promoción del grupo paramilitar Los Doce Apóstoles, responsable de asesinatos selectivos, “limpiezas sociales” y crímenes de lesa humanidad. Lo hallaron culpable de homicidio agravado y concierto para delinquir. No exactamente una falta disciplinaria.
Mario Uribe Escobar, primo del expresidente, senador y político tradicional, fue condenado por parapolítica a 90 meses de prisión por alianzas con jefes paramilitares para obtener ventajas electorales. Él dice que todo fue un complot. Los expedientes dicen que fue un pacto.
Y no podía faltar la rama extraditable del árbol genealógico. Dolly Cifuentes Villa, cuñada de Uribe y pareja de su hermano Alberto, fue extraditada a Estados Unidos por narcotráfico y lavado de activos. Se declaró culpable por lavar dinero para el cartel de Sinaloa. Hoy vive bajo supervisión federal. Ana María Uribe Cifuentes, sobrina del expresidente, fue capturada con fines de extradición por sus nexos con el cartel de Sinaloa y sus rutas de cocaína. Situaciones menores, según los defensores del clan.
Si hacemos el inventario completo —más de 186 procesos en la Comisión de Acusaciones, 28 investigaciones en la Corte Suprema, un juicio por soborno y fraude procesal, un hermano condenado por paramilitarismo, un primo condenado por parapolítica, una cuñada extraditada por narcotráfico, una sobrina pedida por Estados Unidos— uno podría pensar que existe un patrón. Que no puede ser solo mala suerte. Que, estadísticamente hablando, es difícil que una familia realmente respetable acumule semejante galería judicial sin haber hecho absolutamente nada indebido.
¿De verdad ustedes creen que este pobre viejecito, retratado como un abuelito campestre de buen corazón, es simplemente un ciudadano decente perseguido por el destino… o estamos frente al clan más sobreprotegido —y más investigado— de la historia política de Colombia?
Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

