La Franja de Gaza se desangra ante los ojos del mundo. Más de 50.000 personas han sido asesinadas en una ofensiva militar sin precedentes. La cifra es insoportable, pero sigue aumentando cada día. Sin embargo, la maquinaria de la guerra no se detiene. La impunidad se ha convertido en norma, sostenida por la indiferencia de los gobiernos, la inoperancia de los organismos internacionales y el engranaje del capital, que ha encontrado en la violencia extrema su mejor herramienta de control.
El genocidio ya no se esconde: se transmite en tiempo real. Las redes sociales han convertido la matanza en un espectáculo continuo de muerte y desesperación. Imágenes de cuerpos calcinados, niños mutilados, madres que sostienen los restos de sus hijos cubiertos de polvo y sangre. La repetición de la tragedia ha normalizado el horror. El mundo ve, pero no reacciona. Gaza está siendo exterminada ante millones de espectadores que, anestesiados por la sobrecarga de información, siguen con sus vidas como si nada estuviera ocurriendo.
Este no es solo un ataque militar. Es la consolidación de un modelo de dominio absoluto. Es la demostración de que un genocidio puede ejecutarse a plena luz del día, con el aval de las grandes potencias y sin ninguna consecuencia. La impunidad con la que se ha superado la barrera de los 50.000 muertos confirma lo que muchos temían: las reglas del derecho internacional han sido desmanteladas. No hay límites para la barbarie cuando los perpetradores tienen el respaldo de los centros de poder económico y militar.
Mientras las bombas caen sobre Gaza, el gobierno israelí avanza en su plan de anexión total de Palestina. El ministro Bezalel Smotrich lo ha dicho abiertamente: la construcción de nuevas colonias ilegales en Cisjordania es un paso más hacia la desaparición definitiva de Palestina. Mientras los cadáveres se apilan en las calles, la ocupación avanza. No es una coincidencia, es un proyecto calculado.
El gran capital observa y aprende. Si la comunidad internacional permite que 50.000 personas sean exterminadas sin que nadie detenga la masacre, ¿qué impedirá que este modelo se replique en otros territorios? La historia ya lo ha demostrado: cuando la impunidad es la norma, el horror se expande. Vietnam, Ruanda, Irak, Siria, Yemen. Masacres justificadas, ignoradas o simplemente olvidadas. Gaza es la reciente manifestacion de este patrón, pero no será la última.
Los organismos internacionales han fracasado. La Sala de Cuestiones Preliminares de la Corte Penal Internacional (CPI) emitió una orden de arresto contra el primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, y su exministro de Defensa, Yoav Gallant, por crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad. Pero esas órdenes nunca se hicieron efectivas. La justicia internacional se ha mostrado incapaz de actuar contra quienes detentan el poder real. No hay arrestos, no hay sanciones, no hay consecuencias. Estados Unidos y la Unión Europea justifican, financian y protegen a Israel, mientras bloquean cualquier intento de castigo efectivo. El derecho internacional se ha convertido en una herramienta de los poderosos, en una farsa que se activa solo cuando conviene.
¿Quiénes son los intocables? Gobiernos que garantizan estabilidad económica, que protegen intereses estratégicos, que sostienen el orden mundial basado en la violencia. El mensaje es claro: la vida de más de 50.000 palestinos no tiene valor en la balanza del poder global. La repetición cíclica de la historia demuestra que el sistema internacional no está diseñado para evitar genocidios, sino para administrarlos según convenga.
Pero en medio de las ruinas, la resistencia persiste. Periodistas, activistas y voluntarios arriesgan su vida para documentar la barbarie, para sostener la memoria de quienes han sido asesinados. Cada testimonio, cada imagen, cada informe que escapa del cerco informativo es un acto de lucha. La memoria es un campo de batalla. La verdad es la última trinchera.
La pregunta es si el mundo está dispuesto a escuchar. Si la sociedad civil, esa que aún conserva algo de humanidad, puede hacer lo que los gobiernos no hacen: reaccionar, movilizarse, exigir un alto al fuego real, demandar sanciones efectivas, romper con la maquinaria de muerte.
Estamos en una era oscura de la humanidad. Gaza es el espejo donde el mundo entero debe mirarse. Lo que allí sucede no es solo una guerra, es un síntoma del mundo que se está construyendo. No hay neutralidad posible. O se está del lado de la vida o se es cómplice de la muerte. La historia aún se está escribiendo. ¿Quiénes seremos cuando se pase lista?
Por: Prensa Justicia y Dignidad.