Los pacientes del pabellón de quemados

La noche electoral dejó un curioso espectáculo en la política colombiana: el pabellón de quemados. No el de los hospitales, claro, sino ese otro, más ruidoso y teatral, donde van a parar los políticos que confundieron el eco de las redes con el voto de la gente.

El paciente más ilustre del pabellón fue Álvaro Uribe Vélez, que no alcanzó curul en el Senado. El mismo que durante décadas giró como un sol político alrededor del cual orbitaban partidos, generales, columnistas y opinadores. Pero hasta los soles se apagan. Y el país, que todavía recuerda las sombras de la violencia de las últimas décadas —desde el paramilitarismo hasta los falsos positivos que oficialmente suman 6.204 y que muchos creen bastante más— parece haber decidido cambiar de página.

En la cama contigua se encuentra Katherine Miranda, quien llegó al Congreso con votos progresistas pero terminó haciendo una oposición más entusiasta que la de los propios opositores. El amor, dicen, todo lo transforma: su relación sentimental con el congresista del Centro Democrático Edward Rodríguez terminó convirtiéndola, políticamente hablando, en una militante uribista con carnet verde. Y el electorado, que suele ser menos romántico que los políticos, simplemente dejó de votarla.

Más allá, en el área de espectáculos, yace Miguel Polo Polo, cuyo mayor aporte legislativo fue producir escándalos virales. Entre burlas a las madres de los falsos positivos, ausencias en el recinto y discursos pensados más para TikTok que para el Congreso, su carrera política terminó pareciéndose más a un reality show que a un proyecto legislativo.

A su lado está Lina María Garrido, la versión femenina del mismo espectáculo. Convirtió el Capitolio en un teatro experimental: conversaciones con una rata de plástico, llamados a Donald Trump para invadir Colombia y una colección de escenas diseñadas para volverse virales. Funcionaron… pero solo en redes.

En otra camilla descansa Angélica Lozano, que pasó buena parte de la legislatura haciendo oposición al gobierno mientras coincidía con entusiasmo con las iniciativas de la derecha.

Y no podía faltar Jorge Enrique Robledo, quien alguna vez fue uno de los senadores más respetados de la izquierda. Pero el ego —ese viejo incendiario de carreras políticas— lo llevó a una cruzada obsesiva contra Gustavo Petro, terminando por consumir el prestigio que había construido durante años.

Finalmente aparece Vicky Dávila, emperatriz del botón “me divierte”. Hizo un cálculo aritmético sencillo: pensó que cada reacción en redes equivalía a un voto. La realidad electoral le demostró que no. Ahora, dicen, prepara su regreso al periodismo. Aunque con tantos “me divierte”, quizá debería considerar seriamente la comedia.

La moraleja es simple:

las redes hacen ruido, provocan indignación y generan carcajadas. Pero las urnas —esas viejas, silenciosas y obstinadas urnas— siguen contando votos.

Y esta vez, el pueblo colombiano decidió pasar factura.

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La guerra como programa político

En el reciente debate de la llamada “Gran Consulta por Colombia”, organizado por Blu Radio y transmitido también por Noticias Caracol, quedó expuesto algo más revelador que cualquier promesa de campaña: la tranquilidad con la que buena parte de la derecha colombiana parece mirar la guerra.

Ante la pregunta sobre la intervención militar de Estados Unidos e Israel contra Irán —una operación que muchos juristas consideran una violación del derecho internacional— varios aspirantes levantaron sin rubor la paleta del “sí”. Como si se tratara de aprobar un proyecto de infraestructura y no de respaldar una guerra que ya ha dejado víctimas civiles, entre ellas niñas de una escuela, además de la muerte del líder religioso iraní.

La escena habría resultado cómica si no fuera inquietante. Allí estaban, con absoluta serenidad, aspirantes que dicen querer gobernar el país: Vicky Dávila, Paloma Valencia, Enrique Peñalosa y Mauricio Cárdenas, entre otros, alineados con la idea de que bombardear un país lejano puede ser una política aceptable.

Otros, como Aníbal Gaviria y Juan Manuel Galán, prefirieron la cómoda ambigüedad: ni respaldo abierto ni rechazo claro. La vieja técnica política de no incomodar a nadie, ni siquiera a la guerra.

El único que expresó desacuerdo con la intervención fue Juan Daniel Oviedo. Un detalle que, en medio de tanto entusiasmo bélico, resulta casi una rareza.

No es un episodio aislado. En debates anteriores, varios de estos mismos sectores también habían defendido las acciones militares de Israel en Palestina negando que constituyan genocidio, pese a las advertencias de organismos internacionales y expertos en derecho humanitario.

Todo esto ocurre justo cuando Colombia se prepara para votar este domingo 8 de marzo en elecciones legislativas. Un momento que debería invitar a una reflexión elemental: elegir representantes no solo define políticas internas, también define la posición del país frente a la guerra o la paz.

Una cosa es la retórica de un debate televisivo y otra muy distinta la política exterior de un Estado. Pero cuando varios candidatos levantan con entusiasmo la paleta para justificar bombardeos en países lejanos, la pregunta es inevitable: ¿quieren gobernar Colombia o convertirse en comentaristas entusiastas de la guerra mundial?

Conviene recordarlo este domingo en las urnas. La derecha colombiana ha dejado claro que su idea de política internacional pasa más por aplaudir misiles que por defender el derecho internacional.

La conclusión es sencilla: votar por la derecha es votar por la lógica de la guerra y la muerte. Colombia necesita exactamente lo contrario: líderes capaces de defender la vida, la paz y el derecho internacional. Porque los pueblos que normalizan la guerra suelen descubrir demasiado tarde que el abismo también existe para ellos.

 

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¡Que Netanyahu y Trump no queden impunes: activemos la jurisdicción universal!!

Cuando las bombas caen sobre ciudades lejanas, parece que la justicia también queda lejos. Los gobiernos hablan de seguridad, de estrategia, de intereses nacionales. Pero debajo de esas palabras hay algo más simple: personas que mueren, familias que desaparecen, escuelas que quedan en ruinas. Frente a esos hechos, muchas veces el sistema internacional parece paralizado. El Consejo de Seguridad de la ONU se bloquea por vetos políticos y las potencias que deberían respetar el derecho internacional son, a veces, las primeras en ignorarlo. Sin embargo, el derecho no termina allí. Existe una idea poderosa que nació después de las grandes tragedias del siglo XX: la jurisdicción universal.
La jurisdicción universal parte de un principio sencillo. Hay crímenes tan graves que no pertenecen a un solo país, sino a toda la humanidad. Genocidio, crímenes de guerra, tortura o crímenes contra la humanidad son delitos que atacan las bases mismas de la convivencia humana. Por eso, cualquier tribunal del mundo puede investigarlos, incluso si ocurrieron en otro país y aunque las víctimas o los responsables no tengan relación con el Estado que juzga. La lógica es clara: cuando un crimen ofende a toda la humanidad, la humanidad entera tiene derecho a buscar justicia.
Esta idea no es nueva ni es solo teoría. Después de la Segunda Guerra Mundial, los Juicios de Núremberg demostraron que los responsables de atrocidades podían ser juzgados aunque fueran líderes de un Estado. Décadas más tarde, un juez español ordenó la detención del dictador chileno Augusto Pinochet por torturas y desapariciones. Pinochet fue arrestado en Londres, y el mundo comprendió que incluso un ex jefe de Estado podía enfrentar la justicia fuera de su propio país. Años después, el exdictador de Chad, Hissène Habré, fue juzgado y condenado en Senegal por crímenes contra la humanidad. La justicia tardó, pero llegó.
Hoy varios países mantienen leyes que permiten aplicar este principio. Tribunales en Alemania, España, Francia, Bélgica, Países Bajos, Suiza o Argentina han investigado casos de genocidio, tortura o crímenes de guerra cometidos en distintos lugares del mundo. Estas investigaciones suelen comenzar con denuncias presentadas por víctimas, organizaciones de derechos humanos o abogados comprometidos con la defensa del derecho internacional.
Cuando las instituciones globales fallan, la jurisdicción universal recuerda algo fundamental: la justicia no pertenece solo a los gobiernos. También pertenece a los pueblos. La historia muestra que muchos procesos internacionales comenzaron gracias al trabajo paciente de periodistas, juristas, activistas y ciudadanos que se negaron a aceptar la impunidad como destino.
Por eso, hoy se hace un llamado a juristas, académicos, defensores de derechos humanos y humanistas de todo el mundo a activar las herramientas que el propio derecho internacional ofrece. La jurisdicción universal existe precisamente para enfrentar situaciones en las que los sistemas políticos se paralizan y los responsables de grandes crímenes pretenden quedar fuera del alcance de la ley. Frente a los graves hechos que hoy conmocionan al mundo, corresponde a la comunidad jurídica internacional explorar y activar estos mecanismos para que líderes como Donald Trump y Benjamin Netanyahu no queden en la impunidad por los crímenes que puedan constituir violaciones graves al derecho internacional humanitario y a los principios fundamentales de la humanidad.
En un mundo donde las guerras atraviesan fronteras, la justicia también puede atravesarlas. Informarse, organizarse y utilizar las herramientas del derecho internacional es una forma de recordar que ningún poder político está completamente por encima de la ley. La jurisdicción universal no es una promesa automática de justicia, pero sí una puerta abierta. Y cada vez que alguien decide empujar esa puerta, la idea de que los crímenes más graves no quedarán impunes vuelve a respirar un poco más fuerte.

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2003: Pastrana en los archivos, Uribe en la Presidencia, la justicia en silencio

En los archivos judiciales del caso Jeffrey Epstein aparecen registros de vuelo correspondientes a marzo de 2003 en los que figura el nombre del expresidente colombiano Andrés Pastrana Arango como pasajero en una aeronave vinculada al círculo de Epstein. Ese dato no proviene de rumores ni de redes sociales. Está consignado en listados incorporados a procesos federales en Estados Unidos y difundidos públicamente.

También existen fotografías divulgadas por medios en las que Pastrana aparece junto a Ghislaine Maxwell, posteriormente condenada por tráfico sexual de menores, vistiendo indumentaria de vuelo asociada a la Fuerza Aérea Colombiana. En entrevistas incorporadas a archivos judiciales, Maxwell relató que durante una visita a Colombia voló un helicóptero y mencionó que se disparó contra un “campamento terrorista”.

Hasta ahora no existe fecha pública verificable ni bitácora oficial divulgada sobre ese vuelo en helicóptero. La única fecha confirmada documentalmente es marzo de 2003, correspondiente al vuelo en aeronave privada.

En marzo de 2003 el presidente de Colombia era Álvaro Uribe Vélez, no Pastrana.

Ese dato no es menor. Es el periodo en el que se intensificaron operaciones militares bajo la política de seguridad democrática. Años después, la justicia colombiana documentó que en ese mismo periodo se produjeron miles de ejecuciones extrajudiciales conocidas como “falsos positivos”: civiles presentados como bajas en combate.

No existe evidencia pública que vincule los hechos documentados en los archivos Epstein con esos crímenes. Decirlo sin pruebas sería irresponsable.

Pero sí es legítimo formular preguntas institucionales.

Si en un relato judicial una persona posteriormente condenada por integrar una red internacional de trata menciona disparos contra un “campamento terrorista” durante un vuelo en Colombia, corresponde verificar:

¿A qué operación se refería?

¿Fue una actividad oficial?

¿Existió autorización formal?

¿Hay registros militares de ese evento?

Y si hubo uso de aeronaves oficiales o acompañamiento institucional, ¿quién autorizó esa operación?

La discusión pública se ha centrado en exigir explicaciones a Pastrana. Puede responder o no. Está en su derecho. La presunción de inocencia lo ampara.

Pero la obligación de investigar no recae en él.

Recae en la Fiscalía General de la Nación.

Colombia ratificó el Protocolo de Palermo y asumió deberes de debida diligencia frente a la trata de personas. Cuando surgen indicios documentados que conectan territorio colombiano, operaciones en Colombia o posibles víctimas colombianas con una red internacional de explotación sexual, el Estado debe verificar.

No investigar también es una decisión.

Y si los hechos ocurrieron en 2003, en plena intensificación de la política de seguridad democrática, la pregunta no es solo para Pastrana. También es para el gobierno de entonces.

¿Se abrió alguna indagación?

¿Se solicitó cooperación judicial a Estados Unidos?

¿Se verificó la naturaleza del supuesto operativo mencionado por Maxwell?

El silencio individual es un derecho.

El silencio institucional es una falta.

Pastrana puede no contestar.

Uribe puede no pronunciarse.

Pero la justicia colombiana sí tiene que responder.

 

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Pastrana, Epstein y el silencio de la justicia

Durante años se habló del caso de Jeffrey Epstein como un escándalo sexual protagonizado por un millonario con amistades poderosas. Se insistió en el morbo, en la lista de nombres, en el rumor. Pero lo que muestran los documentos judiciales, las sentencias y los archivos desclasificados es algo más profundo y más grave: Epstein encabezó una estructura que cumple con los elementos jurídicos de una red internacional de trata de personas con fines de explotación sexual. No es una metáfora. Es una categoría legal reconocida por el derecho internacional desde hace más de dos décadas.

El Protocolo de Palermo, adoptado por Naciones Unidas en el año 2000 y ratificado por Colombia, define la trata de personas como la captación, transporte o traslado de personas, mediante abuso de poder, engaño o aprovechamiento de situaciones de vulnerabilidad, con fines de explotación. Cuando las víctimas son niñas, niños o adolescentes, no se exige probar el engaño: basta el hecho del traslado y el fin de explotación. Bajo esa definición, los hechos acreditados judicialmente en el caso Epstein —reclutamiento sistemático de menores, transporte internacional en aviones privados, explotación reiterada y una red de facilitadores— encajan con precisión en la figura de trata internacional.

La condena de Ghislaine Maxwell por tráfico sexual de menores confirmó que no se trataba de un agresor aislado. Existía una red con roles definidos: quienes reclutaban, quienes transportaban, quienes facilitaban los espacios y quienes pagaban para que todo siguiera funcionando. Esa red operó en varios países, utilizó infraestructura privada para cruzar fronteras y se sostuvo durante años gracias al dinero y al silencio. Así operan las redes de trata cuando alcanzan las élites.

Lo que resulta especialmente incómodo es que, dentro de los archivos del caso, aparecen referencias que conectan esa red con Colombia. Existen menciones documentadas de víctimas de nacionalidad colombiana, incluidas menores de edad, cuyos relatos y circunstancias corresponden a patrones clásicos de trata: captación temprana, traslado internacional, explotación prolongada y revictimización a través del silencio. Estos datos no provienen de rumores, sino de documentos judiciales y reportes periodísticos basados en material oficial. Colombia no fue un territorio ajeno ni marginal en esta historia.

El país, además, es reconocido como expulsor de víctimas de trata. Las cifras oficiales hablan de decenas de casos identificados cada año, pero organizaciones sociales y expertos coinciden en que existe un subregistro estructural. La impunidad es alta y las investigaciones rara vez avanzan hacia redes complejas y transnacionales. En ese contexto, los archivos del caso Epstein debieron encender alertas institucionales inmediatas.

En ese mismo conjunto de documentos aparece el nombre del expresidente Andrés Pastrana. Su mención no surge de especulación, sino de registros objetivos y declaraciones incorporadas a los archivos judiciales del Departamento de Justicia de Estados Unidos. Existen registros de vuelo que lo ubican como pasajero en aeronaves vinculadas a Epstein, así como referencias a encuentros y viajes en los que participaron personas centrales de la red. Estos elementos no constituyen, por sí mismos, una condena penal, pero sí configuran un vínculo verificable con el entorno de una estructura criminal de trata de personas.

En cualquier Estado que se tome en serio sus obligaciones internacionales, esa información sería suficiente para activar mecanismos de verificación, cooperación judicial y, al menos, una investigación preliminar. Sin embargo, en Colombia ocurre lo contrario. La Fiscalía General de la Nación no ha informado públicamente la existencia de investigación alguna relacionada con estos hechos. No hay comunicados, no hay indagaciones conocidas, no hay explicación institucional sobre por qué un nombre mencionado en archivos de una red internacional de trata no ha sido siquiera objeto de revisión.

El problema no es desconocer la presunción de inocencia. El problema es la ausencia total de acción. El derecho internacional impone a los Estados el deber de investigar de oficio cuando existen indicios razonables de delitos graves, especialmente tratándose de trata de personas y de posibles víctimas nacionales. No investigar también es una forma de incumplimiento.

Nombrar el caso Epstein como lo que fue —una red internacional de trata de personas— permite entender por qué tantos nombres aparecen y desaparecen sin consecuencias. Permite entender por qué las víctimas tardaron décadas en ser escuchadas. Y permite formular la pregunta que sigue sin respuesta en Colombia: ¿por qué, frente a indicios documentados, el Estado guarda silencio? Mientras esa pregunta no tenga respuesta, la impunidad seguirá viajando en primera clase.

 

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Cuando la moral viaja en jet privado: Pastrana y el caso Epstein

En Colombia la impunidad no solo se administra: se coreografía. Tiene tiempos, escenarios, utilería y personajes que reaparecen cuando el escándalo parece haber pasado de moda. Uno de ellos es Andrés Pastrana, quien vuelve al debate público con ínfulas de censor moral, como si los archivos no existieran y la memoria fuera una excentricidad de los ingenuos.

No estamos hablando de rumores ni de montajes digitales. Hablamos de registros oficiales de vuelo, incorporados a expedientes judiciales federales en Estados Unidos. En marzo de 2003, el entonces presidente colombiano figura como pasajero en un avión privado vinculado a Jeffrey Epstein, acompañado por su círculo más cercano. Los destinos no fueron inocentes ni turísticos: Palm Beach, Florida, y Nassau, Bahamas, territorios que hoy están plenamente documentados como centros de operación de una red internacional de trata de personas y abuso sexual de menores. Allí Epstein reclutaba, allí abusaba, allí funcionaba una estructura criminal sostenida durante años con la complicidad del silencio.

Los documentos no describen qué hizo Pastrana en esos lugares ni lo acusan penalmente. Pero establecen un hecho político imposible de borrar: estuvo allí, viajó con ellos y nunca ofreció una explicación pública clara y verificable. La política no se mide solo por sentencias judiciales; también se mide por trayectorias, compañías y responsabilidades éticas. Y esas, en este caso, pesan.

La coreografía no termina en los vuelos. Fotografías y registros periodísticos lo muestran compartiendo espacios sociales con Ghislaine Maxwell, hoy condenada por tráfico sexual. No es una prueba penal, pero sí una imagen profundamente reveladora de cómo ciertas élites se mueven con naturalidad entre el poder público y el privilegio privado. A eso se suma un dato incómodo que en Colombia se ha normalizado demasiado: el uso de helicópteros oficiales, uniformes y símbolos del Estado puestos al servicio de excesos personales y de relaciones políticamente inconfesables durante su gobierno. No eran bienes privados. Eran recursos públicos utilizados para sostener una estética de poder que nunca rindió cuentas.

No estamos afirmando un delito concreto. Estamos señalando un patrón. Y cuando los patrones se repiten con esta coherencia, dejan de ser casualidad para convertirse en estructura. Esa estructura es la misma que protege archivos, administra silencios y recicla personajes.

Ese es el talante de la derecha colombiana que quiere volver al poder en 2026: impunidad bien ensayada, memoria corta y superioridad moral sin sustento. Ciudadano consciente: ni un voto para estos criminales.

 

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Yuliana: rostro de los feminicidios en Colombia

Al mediodía el sol cae a plomo sobre Sahagún y la vida suele moverse entre saludos de tienda, motos que pasan lento y niños que regresan de la escuela. Ese lunes de enero la rutina se rompió dentro de una casa del barrio San José. Allí fue asesinada Yuliana Martínez. Afuera, la calle siguió sonando igual por unos minutos, como si el pueblo todavía no supiera que una vida se había apagado adentro. Luego llegó el rumor, después la certeza y al final esa tristeza espesa que queda cuando la violencia deja de ser noticia lejana y se vuelve vecina. De Yuliana primero se dice que era madre, que cuidaba a su hija, que era conocida en el barrio. Casi nadie empieza diciendo “víctima de feminicidio”, pero su historia encaja en un patrón que en Colombia se repite demasiado.

Casi nunca un feminicidio empieza el día del asesinato. Suele tener un antes hecho de controles, celos, discusiones, miedos y alertas que no siempre reciben respuesta. Muchas violencias se esconden bajo la idea de que son asuntos privados. Cuando por fin se nombran, a veces ya es tarde. Entonces el dolor individual se conecta con una realidad más grande, la que muestran las cifras oficiales.

Los registros de la Defensoría del Pueblo, con base en la Fiscalía General de la Nación, indican que en Colombia hubo 171 feminicidios en 2024 y 119 en 2025. Detrás de esas muertes hay además muchos intentos de asesinato: 394 tentativas de feminicidio en 2024 y 324 en 2025. Es decir, cientos de mujeres sobrevivieron a intentos de ser asesinadas, pero siguen viviendo con secuelas físicas, miedo y riesgo. En total, las noticias criminales asociadas a feminicidio fueron 565 en 2024 y 443 en 2025, lo que muestra la magnitud de las investigaciones abiertas por este delito.

Hay otro dato que revela violencias específicas y muchas veces invisibilizadas: los transfeminicidios. Los registros señalan 20 en 2024 y 26 en 2025, un aumento que habla de la vulnerabilidad de mujeres trans y personas con identidades de género diversas en contextos de discriminación.

Estas cifras ayudan a entender que lo ocurrido con Yuliana no es un hecho aislado. El feminicidio no es un crimen pasional ni un accidente doméstico; es la forma más extrema de las violencias basadas en género, aquellas que ocurren cuando alguien cree tener poder sobre la vida de una mujer por el hecho de ser mujer. Incluyen control, amenazas, humillaciones y agresiones previas que muchas veces no reciben atención o protección oportuna.

A esto se suma la impunidad. Procesos lentos, medidas de protección que no siempre se vigilan y casos que no terminan en condena envían un mensaje peligroso. Cuando la justicia no llega a tiempo, la violencia encuentra espacio para repetirse. Por eso cada feminicidio deja preguntas abiertas: qué señales se ignoraron, qué ayuda faltó, qué institución no respondió.

Volver a Yuliana después de mirar las cifras cambia la perspectiva. Ya no es solo una historia triste, es el rostro de un problema estructural. Cada número tiene nombre, familia, gente que esperaba a alguien de regreso en casa. Recordar esos nombres junto a las cifras es una forma de resistir la costumbre y de insistir en que ninguna de estas muertes es normal ni inevitable. Mientras el país siga contando feminicidios año tras año, la tarea pendiente será escuchar antes, proteger mejor y actuar a tiempo para que la próxima historia no tenga que escribirse.

 

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Colombia se raja ante el Comité de Derechos del Niño

Colombia tiene una costumbre perversa: disfrazar la guerra como si fuera un fenómeno natural, una desgracia climática que aparece y desaparece con los vientos, y el Estado responde con protocolos, números y discursos llenos de planes que no cambian nada en la vida real. Pero la guerra colombiana no es un accidente, ni un clima. La guerra es un proyecto político y económico, y si no entendemos que la derecha colombiana es quien la alimenta, no vamos a entender por qué el reclutamiento forzado sigue en ascenso, ni por qué la trata de personas crece al lado de ese reclutamiento como dos ramas de un mismo árbol podrido.

La derecha colombiana —esa que hoy reclama ser el “salvador” del país— necesita la guerra como se necesita la tierra para sembrar. La guerra produce control territorial, miedo, obediencia y legitimación para imponer un orden autoritario. La guerra ofrece el pretexto perfecto para vender mano dura, mientras las economías ilícitas que dependen de rutas, laboratorios, corredores y tierra sin Estado florecen con la impunidad como fertilizante. En ese ecosistema, la violencia no es un mal secundario; es la columna vertebral.

Y en el centro de ese proyecto está Álvaro Uribe Vélez, figura emblemática de la derecha colombiana, jefe supremo de una doctrina que convirtió la seguridad en negocio y la guerra en política de Estado. Uribe no solo promovió la militarización de la sociedad colombiana; sus vínculos documentados con redes del narcotráfico y estructuras criminales lo ponen como protagonista de una historia que va más allá de la retórica política. En 1981, cuando Uribe era director de la Aeronáutica Civil, otorgó una licencia de vuelo a Héctor Mario Cifuentes Villa, hermano de Dolly Cifuentes y miembro de un clan que la DEA y el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos identificaron como pieza clave del cartel de Sinaloa, red criminal que abasteció al Chapo Guzmán. La relación no es rumor: está en documentos oficiales. Y los vínculos familiares se entrelazan: Dolly Cifuentes, pareja de Jaime Alberto Uribe Vélez (hermano menor de Álvaro), fue incluida en listados del Tesoro como operadora financiera de esa estructura, al igual que Ana María Uribe Cifuentes, sobrina política del expresidente.

Mientras estas conexiones cruzan los límites entre poder político y crimen organizado, la guerra en Colombia sigue alimentándose de la sangre y la tierra. Los grupos armados, lejos de ser enemigos abstractos, funcionan en muchos territorios como extensiones de intereses que coinciden con los del poder tradicional: dominación social, control económico y acumulación de recursos a toda costa. Ese es el contexto en el que el reclutamiento forzado de niños y niñas no es un “daño colateral”, sino una pieza funcional de un sistema que necesita cuerpos para sostener su presencia territorial. Entre 2017 y 2025 se registraron 2.949 casos de reclutamiento forzado de menores, y entre 2020 y 2024 se documentaron 2.340 casos, concentrados en Cauca, Meta, Nariño, Chocó y Antioquia. La Defensoría del Pueblo, solo en 2024, recibió 463 reportes y verificó 409 víctimas, de las cuales 300 correspondieron al Cauca, con impacto desproporcionado sobre comunidades indígenas. Naciones Unidas ha advertido que las mismas redes sociales que usamos cotidianamente —TikTok, Facebook e Instagram— ahora sirven para captar y engañar a niños con promesas falsas de dinero y pertenencia.

Y si eso no fuera suficiente para desnudar la lógica del Estado, está el dato que muchos prefieren no mirar: entre agosto y noviembre de 2025, Medicina Legal confirmó la muerte de 15 niños y adolescentes durante bombardeos, y se sostuvo públicamente que las operaciones aéreas continuarían incluso con conocimiento de presencia de menores en los campamentos atacados. El Estado no solo permite que se reclute a la niñez; a veces la alcanza con bombas propias.

A ese reclutamiento se suma una realidad más cruel: la trata de personas, que hoy va de la mano del reclutamiento como dos ramificaciones de la misma violencia. Los niños y niñas no solo son reclutados; también están siendo llevados a zonas petroleras y extractivas a prestar servicios sexuales en condiciones de explotación brutal. El Estado, con su ausencia estructural de un sistema unificado de información, identificación proactiva, refugios suficientes y atención psicosocial especializada, no logra hacer más que registrar cifras que suben sin freno: un incremento del 400% en víctimas entre 12 y 17 años entre 2022 y 2023, y entre 2021 y agosto de 2025 el ICBF reportó ingresos a procesos de restablecimiento de derechos por trata, donde la explotación representa el 86% de los casos.

Y así llegamos a Ginebra: Colombia compareció ante el Comité de los Derechos del Niño y se rajó. No respondió de manera clara, suficiente ni verificable. Entregó papeles, protocolos y planes que no se aplican ni para prevenir el reclutamiento forzado ni para enfrentar la trata de personas. Enumeró políticas, no realidades. Habló de documentos, no de dignidad. Y lo hizo porque no puede resolver lo que no se atreve a nombrar: que la guerra colombiana se alimenta de economías ilícitas y de un proyecto político de derecha que necesita la guerra para mantenerse vigente. Mientras el gobierno progresista, y sobre todo la rama judicial y la Fiscalía, no judicialicen lo evidente —la relación entre narcotráfico, derecha y grupos armados ilegales— el reclutamiento forzado y la trata de personas seguirán en ascenso, y la niñez en Colombia seguirá desamparada. Por eso Colombia se raja ante el Comité de los Derechos del Niño.

 

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La JEP expone a las víctimas y luego dice “no hay riesgo”

En Colombia la violencia sexual no termina cuando termina el acto. No termina cuando la mujer sobrevive. No termina cuando se atreve a denunciar. En este país, la violencia sexual se prolonga como un castigo: primero en el cuerpo, luego en la memoria, después en el expediente, y finalmente en la amenaza. Y cuando una víctima decide hablar, el sistema le cobra el atrevimiento con una factura que siempre llega: el miedo, el señalamiento, el riesgo.

Así ocurre con las mujeres víctimas de violencia sexual del caso del sargento Juan Pablo Sierra Daza. Mujeres campesinas, civiles, atravesadas por una violencia que el Estado debería investigar con urgencia y reparar con dignidad, pero que en la práctica se diluye en trámites, formalismos y silencios. Porque en Colombia la justicia tiene una costumbre vieja: exigirle a la víctima pruebas imposibles, calma infinita, paciencia eterna… mientras los responsables aprenden a moverse con soltura en los pasillos del poder, con la tranquilidad de quien sabe que la impunidad también es una forma de protección.

La Jurisdicción Especial para la Paz abrió el Macrocaso 11, Subcaso 2, sobre mujeres víctimas de violencia sexual en el Putumayo, para decirle al país que ahora sí: que la verdad es central, que las víctimas están en el centro, que hay enfoque de género, que hay garantías. Pero la realidad se parece más a una vitrina que a una protección. Los macrocasos exponen. Los macrocasos nombran. Los macrocasos obligan a las víctimas a revivir en audiencias públicas lo que quisieran olvidar para poder seguir viviendo. Y en esa exposición, cuando la víctima queda visible, el riesgo se activa como una consecuencia automática, como si la justicia tuviera un precio que siempre se paga con miedo.

Las mujeres del caso Sierra Daza decidieron participar. Lo hicieron con la esperanza —mínima, frágil, pero viva— de que el país escuchara. Pero el sargento Juan Pablo Sierra Daza no solo negó los hechos: los despreció. No solo se negó a reconocer la violencia sexual: la volvió sospecha. Y además acusó a la Corporación Justicia y Dignidad de “orquestar un montaje judicial”. En Colombia esa frase no es una simple defensa: es un disparo. Porque señalar a quienes acompañan víctimas en casos de violencia sexual, especialmente cuando los responsables son agentes estatales, no es un debate jurídico: es una invitación a la persecución.

Después vinieron las amenazas. “Se va a arrepentir por hablar”. Amenazas telefónicas. Llamadas insistentes. Silencios del otro lado de la línea que pesan más que una palabra. Suplantaciones. Vigilancia. Seguimientos. Presencias extrañas rondando casas y lugares de trabajo. Un mapa de hostigamiento que no se queda en el territorio de las víctimas: alcanza también a quienes las acompañan, a quienes sostienen la defensa, a quienes cargan carpetas, nombres, fechas, y el dolor ajeno como una responsabilidad ética.

Y entonces aparece la respuesta institucional: “no hay riesgo”. Así lo dijo la Unidad de Investigación y Acusación de la JEP (UIA). La JEP expone a las víctimas, las coloca en el centro de un escenario público, y luego —cuando el miedo ya está instalado— declara que no hay riesgo. Esa frase, repetida con frialdad administrativa, se convierte en sentencia. Porque cuando el Estado concluye que no hay riesgo, la amenaza no desaparece: queda legalizada por omisión. Se convierte en un peligro sin responsable y sin respuesta. El Estado se lava las manos, y la víctima queda sola, como siempre ha quedado sola.

Mientras tanto, el Gobierno habla de voluntad de conciliar, de avanzar en una solución amistosa porque el caso también está en la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Habla de reparar, de reconocer, de cerrar heridas. Pero esa voluntad, que debería traducirse en protección real, se queda suspendida, congelada, atrapada en discusiones internas y en supuestas “confusiones” sobre la representación. Y en esa confusión aparece una tercera violencia: la del abogado Alexander Montaña, quien fue representante legal de la Corporación y renunció en medio de denuncias por violencia basada en género. Su forma de castigo ha sido torpedear los procesos, sembrar dudas, trabar el camino, empujar el desgaste.

A pesar de que las víctimas han entregado poderes claros, expresos, reiterados, la Agencia Nacional de Defensa Jurídica del Estado prefiere creerle al agresor y suspender la conciliación. El resultado es brutal: la solución amistosa, que debería ser camino de reparación, se vuelve otra sala de espera donde la vida de las víctimas se desgasta. Una sala de espera donde el tiempo no cura: el tiempo expone.

La protección en Colombia se volvió una farsa: un trámite, un papel, un “estudio” que dicta “no hay riesgo” mientras la amenaza suena en el teléfono. El Estado promete garantías, pero abandona a las víctimas de violencia sexual justo cuando más expuestas están por atreverse a denunciar y participar en la JEP.

Y el daño se expande: la Corporación Justicia y Dignidad quedó sin sede en Cali por las amenazas, sin espacio para atender víctimas ni sostener la defensa. Al final, la “centralidad de las víctimas” es discurso: lo que sí se mueve rápido no es su protección, sino las libertades de militares señalados por crímenes gravísimos. El peligro no se borra con tinta: camina, llama, vigila, persigue. Y en Colombia, demasiadas veces, el silencio institucional termina siendo el eco más fuerte de la impunidad.

 

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Las masacres de Cajibío: 25 años de impunidad contra el campesinado del Cauca

En Cajibío el tiempo no pasa: se acumula. Se queda pegado a la tierra, como el barro en las botas del campesino que vuelve del monte. Por eso las masacres no son fechas: son estaciones del miedo.

La primera llegó en noviembre de 2000, en El Carmelo. Era madrugada. Los hombres armados entraron como entra la helada: sin ruido, pero matando. Sacaron a la gente de las casas, revisaron cédulas, leyeron listas. Tres campesinos quedaron tirados al borde del camino. No eran guerrilleros. Eran sembradores. Pero en Cajibío, para los armados, sembrar ya era sospechoso.

Días después, en La Pedregosa, el terror volvió a pasar lista. Jóvenes campesinos, muchachos que no habían salido nunca del municipio, fueron sacados de sus casas, torturados y asesinados. Los mataron con sevicia, como si el castigo tuviera que ser ejemplar. El mensaje era claro: protestar se paga. Vivir también.

Porque nada de esto fue casual. Estas masacres no fueron errores ni excesos: fueron respuesta. En 1999, Cajibío había sido escenario de una gran movilización campesina, con bloqueos de vías y exigencias elementales: tierra, trabajo, vida digna. El Estado escuchó, sí, pero con fusiles prestados.

El castigo final llegó el 15 de enero de 2001, en La Rejoya, a plena luz del día. Una chiva detenida en la carretera. Diez campesinos bajados uno por uno. Acusados de ser milicianos. Ejecutados. La escena fue tan pública que parecía una advertencia nacional: esto les pasa a los que se mueven.

Todo ocurrió bajo el gobierno de Andrés Pastrana, el mismo que hablaba de paz mientras el paramilitarismo se expandía como política no escrita. Porque aquí hay que decirlo sin rodeos: hubo relación, connivencia y cooperación.

La Tercera Brigada y el Batallón José Hilario López no fueron espectadores. Armaron, financiaron y permitieron la actuación de las Autodefensas de Ortega —también llamadas Bloque Mártires de Ortega—, que participaron activamente en estas masacres.

Veinticinco años después, la impunidad es casi perfecta. Justicia y Paz no resolvió nada. Los paramilitares mintieron con descaro: dijeron que las víctimas eran guerrilleros. Una verdad mentirosa, repetida hasta el cansancio. Muchos de ellos están hoy en libertad, caminando los mismos caminos que las familias de las víctimas, siendo aún un peligro.

La ironía es brutal: existe una acción de grupo en el Consejo de Estado donde esos mismos jefes paramilitares, con desparpajo, reconocen que fueron apoyados económicamente por la Brigada Tercera y la Brigada 29. Lo dicen ellos. Está escrito. Y no pasa nada.

En 2021, las tres masacres fueron declaradas crímenes de lesa humanidad. Y los casos fueron admitidos en la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. El gobierno de Gustavo Petro se comprometió con las víctimas a una solución amistosa internacional. Pero hasta hoy, no hay verdad plena, no hay reparación, no hay justicia.

Ni siquiera con un gobierno progresista, las víctimas campesinas del Cauca han encontrado alivio. Siguen reuniéndose. Siguen denunciando. Siguen esperando. Muchas ya están viejas. Algunas se están muriendo sin ver justicia.

La historia no pide discursos. Pide decisiones.

Y hoy, esa posibilidad —mínima, frágil, pero real— está en manos del Presidente de la República.

Porque Cajibío no necesita compasión.

Necesita, de una vez por todas, verdad y justicia.

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo