Miguel Uribe sigue en la Clínica Santa Fe. No sabemos con certeza su estado de salud. Pero ayer, 11 de junio —justo cuando el presidente firmó el decreto de la consulta popular— apareció en sus redes un video pregrabado, fechado desde el 7 de junio. «No a la consulta», dice. Como si antes del atentado ya supieran que iba a ocurrir. Como si el libreto estuviera escrito antes del disparo. Como si el atentado, más que tragedia, fuera parte de una estrategia milimétrica.
Y el país reaccionó como siempre lo hace cuando la víctima es de alcurnia: cadenas de oración, luto mediático, editoriales llorosos, la indignación organizada de las élites. La solidaridad automática de los de siempre.
Mientras tanto, hoy mismo, en las carreteras rurales del Huila, apareció otra postal de la Colombia real: el Bloque Central Isaias Pardo instaló vallas mostrando a cuatro niños —tres muchachos, una niña— camuflados, armados hasta los dientes, con las sonrisas congeladas de quienes fueron robados de la infancia. La guerra sigue reclutando niños mientras los noticieros miran para otro lado.
Porque aquí el sicario que intentó matar a Miguel Uribe tiene 14 años. Un niño. Pero en lugar de preguntarnos por qué lo empujaron a la guerra, el discurso es siempre el mismo: bajar la edad penal, castigar más temprano, encerrar más jóvenes. Educación, oportunidades, prevención: nada. Programas como Jóvenes en Paz los desmontan a escondidas. Mientras desmantelan el programa, no le pagan a sus trabajadores, orquestan una masacre laboral y abandonan forzosamente a cientos de jóvenes que, creyendo en la promesa de un futuro mejor, dejaron de estudiar y trabajar para poder participar en el programa. Hoy los tiran a la calle como basura, porque a este país y a este gobierno no les importan los niños ni los jóvenes. Todo fue una promesa, incluso escrita en el Plan Nacional de Desarrollo, y hoy la desechan sin pudor.
¿A dónde vuelven estos niños? A la delincuencia, a la guerra. Un país que no les da opciones, y unas políticas públicas que nunca se implementan.
Somos un país que llora según el apellido. Que arma escándalo según el estrato. Que ya se acostumbró a ver vallas con niños armados sin que le tiemble el alma.
Un país que hace rato dejó de proteger a sus hijos.
Un país fallido.
Por Prensa Justicia & Dignidad

