Un Grammy en español, un mensaje al mundo

La noche de los premios suele ser una vitrina de trajes caros y palabras que se evaporan. Pero a veces, muy de vez en cuando, alguien se sale del libreto y convierte el escenario en territorio. Eso pasó cuando Bad Bunny recibió el Grammy al Álbum del Año por Debí Tirar Más Fotos. No fue solo un premio. Fue una grieta.

Por primera vez, el galardón mayor de la industria musical habló en español sin pedir permiso. No como traducción ni como exotismo, sino como lengua madre. Un álbum hecho desde Puerto Rico, desde la memoria, desde la herida y el amor por la tierra, se impuso sobre el catálogo entero del imperio. Ganó el disco, sí. Pero ganó algo más grande: la posibilidad de que el mundo escuche sin corregir el acento.

Bad Bunny no agradeció primero. Hizo una pausa. Y en esa pausa cabían las cocinas donde se reza bajito, los aeropuertos donde el miedo se pega a la piel, las manos que trabajan sin papeles. Dijo “fuera ICE” y no fue un grito: fue una constatación. Luego recordó lo obvio, eso que a veces hay que decir en voz alta: que las personas migrantes no son animales, ni salvajes, ni extraterrestres. Son humanos. Son parte de América.

El gesto incomodó. Como incomoda siempre la dignidad cuando no se arrodilla. Desde lejos, desde los púlpitos del poder, llegó el desprecio. Pero el mensaje ya estaba sembrado.

Hay premios que consagran carreras. Y hay gestos que ensanchan el mundo. Este fue uno de esos. En tiempos de redadas, muros y discursos de odio, un artista popular decidió usar el micrófono más grande para recordar algo sencillo: que el amor es más fuerte que el miedo.

Y eso, aunque parezca pequeño, da esperanza. Porque a veces la historia avanza así: no con discursos largos, sino con una frase dicha en el momento justo, en el idioma que nació para decirla.

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

Las masacres de Cajibío: 25 años de impunidad contra el campesinado del Cauca

En Cajibío el tiempo no pasa: se acumula. Se queda pegado a la tierra, como el barro en las botas del campesino que vuelve del monte. Por eso las masacres no son fechas: son estaciones del miedo.

La primera llegó en noviembre de 2000, en El Carmelo. Era madrugada. Los hombres armados entraron como entra la helada: sin ruido, pero matando. Sacaron a la gente de las casas, revisaron cédulas, leyeron listas. Tres campesinos quedaron tirados al borde del camino. No eran guerrilleros. Eran sembradores. Pero en Cajibío, para los armados, sembrar ya era sospechoso.

Días después, en La Pedregosa, el terror volvió a pasar lista. Jóvenes campesinos, muchachos que no habían salido nunca del municipio, fueron sacados de sus casas, torturados y asesinados. Los mataron con sevicia, como si el castigo tuviera que ser ejemplar. El mensaje era claro: protestar se paga. Vivir también.

Porque nada de esto fue casual. Estas masacres no fueron errores ni excesos: fueron respuesta. En 1999, Cajibío había sido escenario de una gran movilización campesina, con bloqueos de vías y exigencias elementales: tierra, trabajo, vida digna. El Estado escuchó, sí, pero con fusiles prestados.

El castigo final llegó el 15 de enero de 2001, en La Rejoya, a plena luz del día. Una chiva detenida en la carretera. Diez campesinos bajados uno por uno. Acusados de ser milicianos. Ejecutados. La escena fue tan pública que parecía una advertencia nacional: esto les pasa a los que se mueven.

Todo ocurrió bajo el gobierno de Andrés Pastrana, el mismo que hablaba de paz mientras el paramilitarismo se expandía como política no escrita. Porque aquí hay que decirlo sin rodeos: hubo relación, connivencia y cooperación.

La Tercera Brigada y el Batallón José Hilario López no fueron espectadores. Armaron, financiaron y permitieron la actuación de las Autodefensas de Ortega —también llamadas Bloque Mártires de Ortega—, que participaron activamente en estas masacres.

Veinticinco años después, la impunidad es casi perfecta. Justicia y Paz no resolvió nada. Los paramilitares mintieron con descaro: dijeron que las víctimas eran guerrilleros. Una verdad mentirosa, repetida hasta el cansancio. Muchos de ellos están hoy en libertad, caminando los mismos caminos que las familias de las víctimas, siendo aún un peligro.

La ironía es brutal: existe una acción de grupo en el Consejo de Estado donde esos mismos jefes paramilitares, con desparpajo, reconocen que fueron apoyados económicamente por la Brigada Tercera y la Brigada 29. Lo dicen ellos. Está escrito. Y no pasa nada.

En 2021, las tres masacres fueron declaradas crímenes de lesa humanidad. Y los casos fueron admitidos en la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. El gobierno de Gustavo Petro se comprometió con las víctimas a una solución amistosa internacional. Pero hasta hoy, no hay verdad plena, no hay reparación, no hay justicia.

Ni siquiera con un gobierno progresista, las víctimas campesinas del Cauca han encontrado alivio. Siguen reuniéndose. Siguen denunciando. Siguen esperando. Muchas ya están viejas. Algunas se están muriendo sin ver justicia.

La historia no pide discursos. Pide decisiones.

Y hoy, esa posibilidad —mínima, frágil, pero real— está en manos del Presidente de la República.

Porque Cajibío no necesita compasión.

Necesita, de una vez por todas, verdad y justicia.

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

Cayó Visbal. ¿Lafaurie, el esposo de Cabal, para cuándo?

Cayó Jorge Visbal Martelo.

No cayó de sorpresa. Cayó cuando ya no había dónde esconder la evidencia.

El ex presidente de la Federación Nacional de Ganaderos (Fedegán) y exembajador de Colombia en Canadá durante el gobierno de Álvaro Uribe Vélez fue capturado el pasado 6 de enero, luego de que la Corte Suprema de Justicia ratificara su condena a nueve años de prisión por financiar y hacer parte de las estructuras políticas del paramilitarismo, bajo el mando de Carlos Castaño Gil.

La sentencia no deja lugar a dudas. Según los jueces, Visbal Martelo —quien públicamente integraba comisiones de paz— asistía en privado a reuniones de promoción de los paramilitares, no como delegado institucional ni acompañado por otros miembros del Consejo, sino a solas, en fincas ubicadas en Tierralta, Córdoba, donde era visto compartiendo con Carlos Castaño, incluso ingiriendo bebidas alcohólicas con el máximo jefe de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC).

La justicia también estableció que Visbal acudía directamente a los jefes paramilitares para solicitar su presencia en zonas ganaderas con fuerte predominio guerrillero, promoviendo la idea de que las AUC garantizaran “seguridad” allí donde el Estado no llegaba o no quería llegar. No fue solo interlocución: impulsó la financiación de las AUC mediante el pago de los llamados “impuestos” que exigía la organización armada y formó parte del conocido “grupo de los doce”, un círculo de apoyo civil con el que los paramilitares estructuraban su proyecto político de copamiento del Congreso y de autoridades territoriales, como alcaldías y gobernaciones.

Visbal presidió Fedegán entre 1998 y 2005, los años más violentos del paramilitarismo, los del desplazamiento masivo, las masacres rurales y el despojo sistemático de tierras. Luego ocupó cargos diplomáticos: embajador de Colombia en Canadá entre 2004 y 2006, y embajador en Perú entre 2010 y 2012. La carrera pública avanzaba mientras el campo ardía.

Cuando Visbal cayó, no lo hizo solo. Cayó dejando una estela.

Durante esos mismos años, José Félix Lafaurie era Secretario General de Fedegán, el segundo hombre en la estructura del gremio, el encargado de la operación política y administrativa cotidiana. No un actor marginal. No un técnico distante. El núcleo del poder.

Hoy Visbal está condenado. Lafaurie sigue intacto. No porque la historia no los conecte, sino porque en Colombia la justicia camina con distinta velocidad cuando se acerca a las élites económicas.

Visbal intentó acogerse a la Jurisdicción Especial para la Paz. Dijo que quería aportar verdad. La JEP lo rechazó. No entregó verdad sustancial, no explicó las relaciones, no iluminó las responsabilidades estructurales. La reconciliación exige algo más que silencios bien administrados.

En su defensa apareció Abelardo De La Espriella, hoy precandidato presidencial, figura recurrente del uribismo, defensor habitual de políticos, militares y empresarios señalados por vínculos con estructuras criminales. No fue una coincidencia: fue coherencia de proyecto. En Colombia, el paramilitarismo no solo tuvo fusiles; tuvo abogados, micrófonos y tribunas políticas.

Exjefes paramilitares como Salvatore Mancuso han señalado reiteradamente la relación entre sectores ganaderos, Fedegán y el proyecto paramilitar. Periodistas, organizaciones de víctimas y procesos de justicia transicional han documentado cómo el terror reorganizó el territorio y favoreció la expansión de la gran ganadería. No todos los ganaderos empuñaron armas, pero muchos se beneficiaron del orden impuesto por quienes sí lo hicieron.

Nada de esto ocurrió al margen del poder político. El uribismo fue el paraguas institucional bajo el cual numerosos funcionarios, diplomáticos y dirigentes gremiales avanzaron mientras la criminalidad se normalizaba. No fue una desviación: fue un modelo. Seguridad, control territorial, silencios selectivos y ascenso político.

Ya como presidente de Fedegán, Lafaurie se convirtió en uno de los principales opositores a la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras, defendiendo grandes propietarios, cuestionando reclamantes y desacreditando procesos judiciales. Siempre desde la trinchera. Nunca desde la duda.

Visbal es el caso cerrado. Lafaurie es la pregunta abierta.

Porque Visbal no fue una anomalía: fue parte de una estructura. Y cuando una pieza cae, la historia exige mirar el resto del engranaje.

Cayó Visbal.

¿Y la continuidad del poder gremial?

¿Y las responsabilidades que no prescriben en la memoria del campo arrasado?

La justicia ya habló en un caso. La verdad aún espera en los otros.

Esta es la criminalidad política de la derecha colombiana: la que quiere volver al poder en 2026, reciclada, indignada, negándolo todo, pero arrastrando la misma historia.

¿Lafaurie, el esposo de Cabal, para cuándo?

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

No todos los muertos son buenos (O breve tratado sobre el general Mora Rangel, digno hijo de la Doctrina de Seguridad Nacional)

  1. En este país donde a los muertos se les vuelve inmaculados apenas cruzan el umbral del ataúd —como si el féretro tuviera poderes mágicos de blanqueo moral—, uno no puede evitar hacerse preguntas. ¿Será que todos los muertos son buenos? ¿Será que basta morirse para que las manchas de la vida se evaporen? ¿O será, más bien, que hay difuntos que merecen un repaso más riguroso? Por ejemplo: el general Jorge Enrique Mora Rangel, comandante del Ejército entre 1998 y 2002, y luego comandante general de las Fuerzas Militares entre 2002 y 2003, justo en los años más gloriosos de la tragedia nacional.

Porque, casualmente —¡qué coincidencia tan criolla!—, esos años fueron los del pico histórico del paramilitarismo, el récord nacional de masacres, y el desplazamiento forzado más grande que haya parido esta patria. Uno mira las cifras y parece un inventario de guerra total: decenas y decenas de masacres por parte de los paramilitares, centenares de acciones conjuntas con agentes del Estado, falsos positivos en ascenso, y un país convertido en un bloque de cemento que expulsaba campesinos como si fueran sobrantes del conflicto.

 

Pero volvamos al difunto. Mora Rangel no solo fue un oficial de carrera. Fue, ante todo, un discípulo ejemplar de la Escuela de las Américas, ese Harvard de la contrainsurgencia donde los alumnos aprendían que la democracia era linda… siempre y cuando no estorbara a la Seguridad Nacional. ¿Qué podía salir mal?

Muchos lo recuerdan por su gesto adusto, su manera de hablar con tono de sentencia, y su capacidad casi poética para negar violaciones de derechos humanos como quien barre polvo debajo del tapete. Otros —los que tuvieron peor suerte— lo recuerdan como el jefe militar bajo el cual ocurrieron algunas de las peores atrocidades. Ahí están, por ejemplo, los ecos de las muertes de Jaime Garzón, de Eduardo Umaña Mendoza, de Jesús María Valle, de líderes sociales y defensores de derechos humanos asesinados en un país donde los muertos siempre parecían caer del lado equivocado de la historia.

¿Y quién mandaba las Fuerzas Militares mientras todo eso ardía? Pues Mora Rangel. Pura casualidad, dirán algunos. Un país complejo, dirán otros. Mala suerte, repetirán los cínicos. Pero uno no puede evitar preguntarse: ¿tantas coincidencias no serán demasiadas coincidencias?

Años después, cuando ya había pasado por la gloria marcial que ofrece la República a quienes mandan fusiles, Uribe lo envió como representante del gobierno en el proceso de paz con las FARC. Es decir: el general que comandó los años del desbordamiento paramilitar, del desplazamiento masivo y de las masacres en avalancha… era ahora el apóstol del diálogo. ¿Ironía? ¿Chiste? ¿O simple coherencia dentro del realismo mágico colombiano?

Porque una cosa es clara: Mora Rangel hizo oposición interna y visible al proceso de paz. Fue la voz del uribismo adentro, el aguijón que repetía que negociar era arrodillarse, que la paz era claudicación, que el enemigo no se desmovilizaba sino que mutaba.

Y entonces viene la pregunta inevitable, en forma de eco caballeriano:

¿No sería que Mora Rangel ayudó más a que fracasara la paz que a que avanzara?

¿No sería que sus diagnósticos, sus advertencias y sus vetos contribuyeron a que se mantuvieran vivas las estructuras armadas que después sabotearon la implementación?

¿No sería que la guerra —esa vieja fierecilla que tantas medallas reparte— tenía aún demasiados adeptos dentro del corazón de las instituciones?

Y para rematar, como cereza del pastel bélico, su comandancia coincidió con la Operación Orión en 2002, esa intervención militar que prometía liberar la Comuna 13 de Medellín, pero terminó siendo uno de los capítulos más oscuros de alianza entre paramilitares y fuerza pública. ¿Y quién era el comandante de las Fuerzas? Exacto: el mismo que hoy algunos quieren recordar como un “soldado de la patria” sin mácula.

Así que volvamos al principio:

¿Todos los muertos son buenos?

¿De veras?

¿O será que en este país confundimos decencia con obituario, memoria con cloro, y responsabilidad con silencio?

Porque si algo nos enseña la vida de Mora Rangel es que no todo héroe es héroe, no todo general es general, y no todo muerto es bueno. Algunos, simplemente, dejan detrás de sí un país lleno de preguntas, cementerios y sospechas. Y esas, por mucho que molesten, no se entierran tan fácil.

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

La rebelión de las mujeres Lamistas: de la marcha de 1927 al juicio simbólico contra el busto de Valencia en 2025

En 1927, cuando Colombia todavía no entendía que las mujeres podían ser sujeto político, un rumor comenzó a trepar por las montañas del Cauca. No venía de las élites ni de los púlpitos, sino de los patios de tierra donde se reunían —casi a escondidas— indígenas, campesinas y artesanas. Allí, entre fogones, arrullos y silencios largos, un nombre se repetía con la fuerza de una contraseña: Manuel Quintín Lame. El líder indígena denunciaba lo que todos sabían pero casi nadie se atrevía a pronunciar: que la tierra les había sido arrebatada, que la servidumbre indígena seguía aunque la maquillaran de modernidad, que los terratenientes mandaban más que el Estado y que para muchos el indígena no era ciudadano, sino estorbo.

El poder respondió con persecución, golpes y cárcel. Y mientras los hombres quedaban atrapados en los oficios obligados de las haciendas, fueron las mujeres las primeras en levantarse. Ese año, catorce mil Mujeres Lamistas —llamadas así no por un territorio, sino por el apellido de Lame que se volvió raíz, escuela y memoria— caminaron hasta Popayán. Fue un río de ruanas y trenzas, de faldas largas y bastones ancestrales, que descendió por los caminos viejos para exigir el fin del despojo territorial, el reconocimiento político de los pueblos indígenas, la libertad de Lame y respeto por la vida y el gobierno propio. Nada de eso entró en los periódicos, pero la memoria oral —esa que no se pierde aunque la quieran borrar— recuerda que sin ellas, Lame habría sido tragado por la infamia del olvido.

Casi cien años después, esa raíz volvió a abrirse paso. El 25 de noviembre de 2025, Día Internacional de la No Violencia contra la Mujer, Popayán despertó con su silencio blanco de siempre, pero no era un día más. Las descendientes Lamistas caminaron juntas de nuevo, acompañadas por artistas, activistas feministas y une líder de la comunidad LGBTI. No iban a protestar: iban a hacer memoria. En el marco del Salón Nacional de Artistas realizaron un acto político, espiritual y profundamente simbólico. Tomaron el busto del expresidente Guillermo León Valencia, figura de la casta terrateniente que persiguió a Lame, lo arrancaron y lo arrastraron por las mismas calles donde, según la memoria indígena, Lame fue arrastrado y golpeado hace más de un siglo.

El gesto no fue violencia: fue una inversión histórica. Si al líder indígena lo humillaron arrastrándolo, ellas arrastraron el símbolo de quienes permitieron esa humillación. Frente a una de las casas de la familia Valencia realizaron un juicio espiritual. Hablaron del daño territorial y político acumulado, de la necesidad de resarcir simbólicamente la infamia contra Lame, de la urgencia de reconocer la agresión colonial y de exigir memoria, dignidad y no repetición.

Pero en Colombia la infamia nunca duerme. Pocos días después, la senadora Paloma Valencia aseguró que aquel acto había sido obra de “un hombre”: un supuesto gestor de paz del gobierno Petro. Las autoridades locales repitieron la versión sin revisar videos ni escuchar a las mujeres. Otra vez lo mismo: cuando las mujeres actúan, inventan un hombre; cuando hacen historia, se la entregan a otro. Las lamistas de hoy lo sintieron como un borramiento hondo. Cien años después, seguían llamándolas nadie.

Pero aunque intenten desconocerlas, ellas siguen ahí: las de antes, las de ahora, las que cargan la memoria como un fuego que no se apaga.

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

Los 12 Apóstoles: la sombra que persigue a los Uribe Vélez

En las montañas del norte de Antioquia, la muerte caminó con la naturalidad de un vecino más. Iba por las trochas, entraba a las fondas, se sentaba en la mesa de los ganaderos y saludaba a los curas. Tenía un nombre que parecía sacado de una procesión —Las Autodefensas del Norte Lechero— y luego adoptó otro, más solemne, casi bíblico: Los 12 Apóstoles. Pero en esas tierras todos sabían que no eran santos: eran el brazo armado de un proyecto de región que pretendía arrancar de raíz todo lo que oliera a contradicción. Como siempre, lo llamaron “limpieza social”.

Cuentan los que sobrevivieron que el grupo nació a finales de los 80 y se consolidó una madrugada de 1992, cuando un panfleto empezó a rodar por Yarumal anunciando la llegada de hombres “dispuestos a devolver la tranquilidad”. La tranquilidad, ya se sabe, para ellos era que nadie protestara, que nadie pensara distinto, que nadie estorbara. Y los que estorbaban iban cayendo como caen los árboles enfermos en invierno: uno detrás del otro. En esos primeros años, mientras el país vivía en la ficción de que el paramilitarismo era una defensa espontánea de campesinos asustados, en Antioquia se cocinaba algo muy distinto: un grupo armado financiado por ganaderos, coordinado por policías y bendecido —literalmente— por un sacerdote.

El padre Gonzalo Palacios, párroco de Yarumal, fue señalado por múltiples testigos como el “inteligencia” del grupo. No cargaba fusil, pero cargaba listas. Señalaba. Aconsejaba. Decidía quién tenía “mala conducta”, quién era “rojito”, quién “estorbaba”. El confesionario se volvió oficina de guerra; la sacristía, centro de mando. Esto lo dijo la gente que vio, la gente que enterró a los suyos en veredas donde la tierra todavía huele a pólvora y miedo.

Y arriba, en la cúspide de esa estructura que mezclaba fe, ganado y plomo, había un comandante, y ese era ni más ni menos que Santiago Uribe Vélez, hermano menor de Álvaro Uribe Vélez y dueño de la finca La Carolina. Según la JEP y los tribunales, allí, entre cercas de alambre y corrales perfumados de estiércol, funcionó el cuartel de los 12 Apóstoles. Era el punto de reunión de policías, ganaderos y sicarios. Centro de operaciones y entrenamientos. Ahí se repartían armas, listas, recompensas y desayunos.

Los números duelen: el grupo dejó más de 500 asesinatos. Más de 500 vidas cortadas con el mismo patrón: jóvenes, trabajadores, disidentes, pobres —la gente que nunca ha contado para el poder.

En Yarumal mataron 181.

En Valdivia, 134.

En Santa Rosa de Osos, casi un centenar.

Cada cuerpo fue un mensaje: aquí mandamos nosotros.

Los crímenes no fueron excesos; fueron política. No fueron errores de unos cuantos; fueron método. No fueron simples homicidios; fueron crímenes de lesa humanidad, porque fueron sistemáticos, dirigidos contra población civil, ejecutados por una organización con mando, estructura y continuidad. Un Estado paralelo con uniforme, sotana y apellido.

Y aquí hay que decir lo que durante décadas el país prefirió callar: este proyecto de muerte no surgió en un vacío político. Creció bajo la sombra de una familia que ascendió al poder mientras Antioquia ardía.

Cuando los 12 Apóstoles operaban en el norte antioqueño, Álvaro Uribe Vélez era alcalde de Medellín, luego senador, luego gobernador del departamento. Sus decisiones de seguridad, sus alianzas políticas, sus silencios estratégicos y su forma de entender el “orden” crearon el clima perfecto para que grupos como este florecieran.

No hay —aún— sentencia contra él. Pero no hace falta una sentencia para saber que los crímenes ocurrieron bajo su proyecto de región, bajo su lógica de enemigo interno, bajo su idea de “seguridad”, que siempre terminó desembocando en sangre.

Las víctimas lo saben. Los testigos lo dijeron. La historia lo confirma.

Por eso la condena a Santiago Uribe —aunque falte ver qué hará la siempre impredecible y, a veces, complaciente Corte Suprema de Justicia— tiene un valor histórico. No porque devuelva la vida a quienes perdimos, sino porque rompe el mito de la familia intocable. Porque deja constancia judicial de que, al menos una vez, el país se atrevió a mirar de frente la estructura criminal que se escondía en la finca, en la sacristía y en la política.

Porque esta sentencia no es solo contra un hombre: es la memoria que siempre vuelve, el territorio que habla, las madres que siguen buscando y la verdad que no se pudre, aunque la entierren.

Y, sobre todo, porque el país tenía que saberlo:

los 12 Apóstoles no fueron la desviación moral de un hermano descarriado; fueron la expresión más pura del talante criminal de un proyecto político que gobernó Antioquia… y luego gobernó Colombia.

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

25N: La condena a Santiago Uribe revive la verdad sobre las mujeres que mataron los Doce Apóstoles

En las montañas del norte de Antioquia —esas donde el viento todavía arrastra el eco de los fusiles—, la violencia nunca necesitó esconderse. Caminaba a caballo, se persignaba en misa y daba órdenes con la naturalidad de quien sabe que el Estado le sirve de escolta. Allá, donde la vida campesina transcurre entre surcos y aguaceros, las mujeres aprendieron a hablar bajito para no provocar la furia de los hombres armados. Pero aun así, los Doce Apóstoles fueron tras ellas.

En la vereda La Solita, Campamento, el 5 de junio de 1990, la muerte entró buscando mujeres y niñas. Marta María López Gaviria cayó junto con sus pequeñas: Ana Yoli, de 12 años, y Marta Milena, de 7. Las mataron a quemarropa, como si la niñez fuera enemiga y la maternidad una amenaza. Las otras víctimas de esa madrugada —una hermana, un vecino, un compañero de lucha— completaron el parte de guerra que este grupo paramilitar dejó sobre la tierra oscura del norte antioqueño.

Y no fue un grupo cualquiera. Fue uno fundado, financiado y protegido por Santiago Uribe Vélez, hoy condenado por paramilitarismo. El mismo hombre que durante décadas se movió entre fincas y oficinas estatales como si la ley fuera una brisa que no lo tocaba. El mismo cuyo prontuario estaba escondido a simple vista, mientras jueces, fiscales y generales hacían fila para rendirle honores a su apellido.

Hoy, 25 de noviembre, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, la condena de Santiago Uribe no es solo un hecho judicial: es un acto político de memoria y de dignidad para las mujeres que los Doce Apóstoles quisieron borrar.

Porque los matones de ese grupo no solo asesinaron campesinos etiquetados como “militantes” o “colaboradores”. También asesinaron mujeres. También asesinaron niñas. Y lo hicieron con la frialdad que da la certeza de impunidad. Durante años, las madres y hermanas de las víctimas hablaron solas, con sus testimonios archivados, sus expedientes quemados y sus denuncias ridiculizadas por las mismas instituciones llamadas a protegerlas.

Pero hoy algo cambia. Por primera vez, uno de los hombres que se creyó dueño de la vida y la muerte en Antioquia recibe una condena ante los ojos del país. No es suficiente, no repara, no resucita. Pero es una grieta profunda en el muro de silencio que ellos levantaron. Una grieta por donde se cuela la verdad que siempre ha estado ahí, esperando que alguien la escuche.

Las mujeres de La Solita, de Yarumal, de Belmira, de los caminos donde los Doce Apóstoles dejaron su marca, saben que esta justicia llega tarde. Sin embargo, sienten algo que no se había sentido en treinta años: que los asesinos empiezan a callar. Que el país, al fin, les reconoce el nombre de sus muertas y el derecho a no ser barridas de la historia.

Hoy, cuando recordamos a todas las mujeres víctimas de violencia, vale repetirlo con fuerza:

Ni la sotana, ni el fusil, ni el apellido pueden blindar a un criminal.

Y las mujeres asesinadas por los Doce Apóstoles merecen una memoria que nadie pueda volver a silenciar.

 

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

Corte Constitucional ordena a Miguel Polo Polo pedir disculpas a las madres de los falsos positivos

Un día, un congresista con nombre de eco y arrogancia decidió que la memoria le estorbaba.

Miguel Polo Polo, así se llama, pero podría llamarse infamia, crueldad o uribismo,

porque detrás de su voz se escuchan las risas viejas del poder que mandó a matar y luego negó todo.

En el Congreso, frente a los retratos de la patria,

arrancó las botas del homenaje a los falsos positivos:

las botas de los muchachos que fueron engañados, asesinados y presentados como guerrilleros muertos en combate.

Las metió en bolsas negras, como si fueran basura.

Grabó el acto. Lo celebró.

No midió que esas botas eran los pasos de miles de madres que aún buscan justicia.

La Corte Constitucional habló.

Dijo que su gesto fue una violencia simbólica,

que rompió el derecho a la memoria,

y le ordenó pedir perdón a las madres,

devolver lo que destruyó y reconocer la verdad.

Y sin embargo, las madres siguen.

No con odio, sino con dignidad.

Con los pies firmes sobre la tierra que guarda a sus hijos.

Con la voz gastada de tanto repetir sus nombres.

A pesar del desprecio, de los insultos y de la indiferencia,

ellas siguen exigiendo justicia.

Siguen pidiendo que el país mire su vergüenza a los ojos.

Polo Polo representa a los que dispararon y a los que callaron,

a los que dieron la orden y a los que aplaudieron el crimen.

Representa la maldad, la impunidad

y ese vertedero de sangre que el uribismo quiere volver a llamar Colombia.

Pero las madres no se rinden.

Porque donde el poder pone miedo, ellas siembran memoria.

Y donde los verdugos levantan la voz, ellas responden con verdad.

Las madres no olvidan.

Las madres no se cansan.

Las madres no se arrodillan.

 

Movimiento Nacional de Madres y Mujeres por la Paz

Uribe y su hermano, en la mira por los asesinatos de Umaña y Valle

La historia vuelve, como un bumerán que nunca se pierde en el viento. Un juzgado especializado de Medellín ordenó compulsar copias a la Fiscalía para que investigue al expresidente Álvaro Uribe Vélez, a su hermano Santiago Uribe y a un general del Ejército como presuntos determinadores de los asesinatos de Eduardo Umaña Mendoza y Jesús María Valle Jaramillo, dos de los más emblemáticos defensores de derechos humanos de los años noventa. La decisión, contenida en la sentencia condenatoria contra José Miguel Narváez, exsubdirector del DAS, por el secuestro de Piedad Córdoba, reabrió heridas que nunca cicatrizaron.

La compulsa de copias es un mecanismo jurídico por el cual un juez, al encontrar elementos que podrían comprometer penalmente a otras personas no procesadas en el caso principal, remite la información a la Fiscalía para que investigue. No es una condena, pero sí una puerta abierta a procesos judiciales. En este caso, la jueza Claudia Marcela Castro consideró que había motivos suficientes para enviar el expediente a los fiscales y revisar si Uribe y su hermano tuvieron alguna responsabilidad en esos crímenes.

La base de la decisión es un testimonio que Francisco Enrique Villalba Hernández, exparamilitar del Bloque Metro, rindió en 2008. Villalba relató una reunión en 1997 en la finca La Marranera, en San Roque, Antioquia. Allí —según su versión— estaban presentes Carlos Castaño, Salvatore Mancuso, mandos militares y policiales, y también Álvaro y Santiago Uribe Vélez, entonces gobernador y ganadero, respectivamente. En ese encuentro, aseguró, se habló de “callar” a quienes denunciaban la alianza entre paramilitares y militares: Umaña, Valle y también Jaime Garzón. Mencionó incluso una lista escrita en computador que Carlos Castaño habría entregado a Santiago Uribe, con los nombres de quienes “tenían que ser silenciados como fuera”.

Jesús María Valle fue asesinado en su oficina en Medellín en febrero de 1998, tras haber denunciado públicamente la complicidad entre el Ejército y las autodefensas en la masacre de El Aro. Eduardo Umaña, abogado incansable y crítico feroz de las violaciones de derechos humanos, fue asesinado en abril del mismo año en Bogotá por sicarios que se hicieron pasar por periodistas. Ambos crímenes permanecen impunes en sus niveles más altos de responsabilidad.

En su defensa, Álvaro Uribe recurrió a X (antes Twitter) para responder con virulencia. Llamó a la decisión judicial “una compulsa miserable por una declaración fantasiosa, investigada hace años, sobre una reunión inexistente”. Pero en el mismo mensaje citó, palabra por palabra, el testimonio que reposa en una sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, un documento que recoge con detalle la violencia paramilitar de aquellos años.

Alguien debería recordarle al señor de las sombras que tiene derecho a guardar silencio y a no autoincriminarse. Pero tal vez sean tantos los muertos que le respiran en la nuca, que es su propia conciencia negra la que no lo deja callar.

Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo

🇨🇱 Chile 11 de septiembre de 1973

Ese día el sol salió, pero no amaneció.

Las radios despertaron con voz de guerra, no con música.

Decían: “Las fuerzas armadas han tomado el control”.

El pueblo entendió: la patria había sido secuestrada.

En La Moneda, Allende se puso un casco, tomó un fusil regalado,

y con voz de padre se despidió de sus hijos:

“Yo no me rendiré… algún día se abrirán las grandes alamedas”.

Su voz entró en las casas humildes como puñal y caricia.

Las madres abrazaban a sus niños,

los escondían bajo la cama,

quemaban libros de Neruda y fotos de compañeros.

El miedo se servía en las mesas en lugar de pan.

A las 11:52, los aviones bajaron del cielo como buitres.

Bombas contra un palacio.

Fuego contra la esperanza.

Santiago lloró humo y escombros.

Allende no huyó.

Decidió morir de pie, con la dignidad como única bandera.

Allí, entre llamas y ruinas, se disparó al corazón del miedo.

Ese balazo aún resuena en la historia.

Esa noche, los estadios se llenaron de cuerpos vivos tratados como despojos.

Víctor Jara cantó con la boca rota,

aunque le habían quebrado las manos.

Cantó hasta que las balas callaron su voz.

El país se volvió silencio,

un silencio a golpes, a gritos apagados,

a puertas golpeadas de madrugada,

a nombres borrados que siguen esperando ser pronunciados.

Chile quedó a oscuras.

Pero bajo esa oscuridad,

un pueblo empezó a guardar en el alma el fuego de la memoria.

Porque ningún fusil mata la ternura,

ninguna bomba borra un sueño,

y ninguna dictadura logra apagar

el llanto que recuerda.

Por Sofía López Mera/ Justicia & Dignidad