Cayó Jorge Visbal Martelo.
No cayó de sorpresa. Cayó cuando ya no había dónde esconder la evidencia.
El ex presidente de la Federación Nacional de Ganaderos (Fedegán) y exembajador de Colombia en Canadá durante el gobierno de Álvaro Uribe Vélez fue capturado el pasado 6 de enero, luego de que la Corte Suprema de Justicia ratificara su condena a nueve años de prisión por financiar y hacer parte de las estructuras políticas del paramilitarismo, bajo el mando de Carlos Castaño Gil.
La sentencia no deja lugar a dudas. Según los jueces, Visbal Martelo —quien públicamente integraba comisiones de paz— asistía en privado a reuniones de promoción de los paramilitares, no como delegado institucional ni acompañado por otros miembros del Consejo, sino a solas, en fincas ubicadas en Tierralta, Córdoba, donde era visto compartiendo con Carlos Castaño, incluso ingiriendo bebidas alcohólicas con el máximo jefe de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC).
La justicia también estableció que Visbal acudía directamente a los jefes paramilitares para solicitar su presencia en zonas ganaderas con fuerte predominio guerrillero, promoviendo la idea de que las AUC garantizaran “seguridad” allí donde el Estado no llegaba o no quería llegar. No fue solo interlocución: impulsó la financiación de las AUC mediante el pago de los llamados “impuestos” que exigía la organización armada y formó parte del conocido “grupo de los doce”, un círculo de apoyo civil con el que los paramilitares estructuraban su proyecto político de copamiento del Congreso y de autoridades territoriales, como alcaldías y gobernaciones.
Visbal presidió Fedegán entre 1998 y 2005, los años más violentos del paramilitarismo, los del desplazamiento masivo, las masacres rurales y el despojo sistemático de tierras. Luego ocupó cargos diplomáticos: embajador de Colombia en Canadá entre 2004 y 2006, y embajador en Perú entre 2010 y 2012. La carrera pública avanzaba mientras el campo ardía.
Cuando Visbal cayó, no lo hizo solo. Cayó dejando una estela.
Durante esos mismos años, José Félix Lafaurie era Secretario General de Fedegán, el segundo hombre en la estructura del gremio, el encargado de la operación política y administrativa cotidiana. No un actor marginal. No un técnico distante. El núcleo del poder.
Hoy Visbal está condenado. Lafaurie sigue intacto. No porque la historia no los conecte, sino porque en Colombia la justicia camina con distinta velocidad cuando se acerca a las élites económicas.
Visbal intentó acogerse a la Jurisdicción Especial para la Paz. Dijo que quería aportar verdad. La JEP lo rechazó. No entregó verdad sustancial, no explicó las relaciones, no iluminó las responsabilidades estructurales. La reconciliación exige algo más que silencios bien administrados.
En su defensa apareció Abelardo De La Espriella, hoy precandidato presidencial, figura recurrente del uribismo, defensor habitual de políticos, militares y empresarios señalados por vínculos con estructuras criminales. No fue una coincidencia: fue coherencia de proyecto. En Colombia, el paramilitarismo no solo tuvo fusiles; tuvo abogados, micrófonos y tribunas políticas.
Exjefes paramilitares como Salvatore Mancuso han señalado reiteradamente la relación entre sectores ganaderos, Fedegán y el proyecto paramilitar. Periodistas, organizaciones de víctimas y procesos de justicia transicional han documentado cómo el terror reorganizó el territorio y favoreció la expansión de la gran ganadería. No todos los ganaderos empuñaron armas, pero muchos se beneficiaron del orden impuesto por quienes sí lo hicieron.
Nada de esto ocurrió al margen del poder político. El uribismo fue el paraguas institucional bajo el cual numerosos funcionarios, diplomáticos y dirigentes gremiales avanzaron mientras la criminalidad se normalizaba. No fue una desviación: fue un modelo. Seguridad, control territorial, silencios selectivos y ascenso político.
Ya como presidente de Fedegán, Lafaurie se convirtió en uno de los principales opositores a la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras, defendiendo grandes propietarios, cuestionando reclamantes y desacreditando procesos judiciales. Siempre desde la trinchera. Nunca desde la duda.
Visbal es el caso cerrado. Lafaurie es la pregunta abierta.
Porque Visbal no fue una anomalía: fue parte de una estructura. Y cuando una pieza cae, la historia exige mirar el resto del engranaje.
Cayó Visbal.
¿Y la continuidad del poder gremial?
¿Y las responsabilidades que no prescriben en la memoria del campo arrasado?
La justicia ya habló en un caso. La verdad aún espera en los otros.
Esta es la criminalidad política de la derecha colombiana: la que quiere volver al poder en 2026, reciclada, indignada, negándolo todo, pero arrastrando la misma historia.
¿Lafaurie, el esposo de Cabal, para cuándo?
Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo