El golpe de Estado en marcha

Washington, Bogotá, Madrid. Las piezas, por separado, podrían parecer inofensivas: una gira parlamentaria aquí, una denuncia mediática allá, un viaje de congresistas a Washington, un parte médico. Pero cuando esas piezas se conectan —como acaba de mostrar el diario El País de España en un explosivo reportaje— el panorama que se dibuja es inquietante: en Colombia, se habría gestado una operación política transnacional para derrocar a un presidente elegido democráticamente.

El 29 de junio de 2025, el diario El País de España reveló audios donde el excanciller Álvaro Leyva admite haber buscado apoyo en Estados Unidos para remover a Gustavo Petro y reemplazarlo por Francia Márquez. En la trama aparecen los congresistas republicanos Mario Díaz-Balart y Carlos Giménez, con quienes se habría reunido, y la periodista Vicky Dávila, mencionada como pieza clave en la narrativa contra el Gobierno. También se alude al uso del ELN y el Clan del Golfo para generar presión territorial. Todo apunta a un intento de golpe de Estado

En paralelo, congresistas de derecha colombianos desfilaron por Washington. María Fernanda Cabal y Miguel Uribe Turbay sostuvieron encuentros con figuras del Partido Republicano, como Mario Díaz-Balart, Carlos Giménez y María Elvira Salazar. Dijeron estar preocupados por la democracia y la inversión extranjera, pero las coincidencias de fechas y actores empiezan a levantar sospechas.

Las visitas que hoy cobran otro sentido

En febrero de 2025, la periodista y precandidata presidencial Vicky Dávila viajó a Estados Unidos y se reunió con varios congresistas republicanos. En sus propias palabras, les pidió “vigilar las elecciones de 2026” y expresó que “Petro no es Colombia”. Fue recibida con entusiasmo por Salazar, Díaz-Balart y Rick Scott, todos conocidos por sus posturas duras frente a gobiernos de izquierda en América Latina.

En marzo, el presidente del Congreso, Efraín Cepeda, encabezó una delegación que también se reunió con parlamentarios de EE. UU. y la OEA. Aunque presentaron la visita como institucional, el propio Petro acusó injerencia. Cepeda respondió acusando al presidente de “aislar al Congreso”.

En mayo, Miguel Uribe Turbay fue fotografiado con congresistas republicanos en Washington. Lo que parecía un viaje político más, hoy se ve bajo otra luz. Algunos de esos mismos congresistas aparecen mencionados en la denuncia que El País expone como parte de una supuesta conspiración.

La carta del Congreso colombiano al Capitolio

Ante la gravedad de lo revelado, congresistas colombianos enviaron una carta formal al Comité de Ética de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, solicitando una investigación contra Díaz-Balart, Salazar y Giménez. Los acusan de una presunta injerencia indebida en asuntos internos de Colombia, lo que violaría la Carta de la OEA y los principios del derecho internacional.

La carta menciona como fuente el artículo de El País y advierte que, de confirmarse los hechos, se estarían sentando precedentes peligrosos para las relaciones bilaterales y la estabilidad democrática regional.

La política como espectáculo: el caso Miguel Uribe

Y como si esto fuera poco, se ha desarrollado en paralelo un extraño espectáculo mediático: Miguel Uribe Turbay, internado en la Clínica Santa Fe y sometido —según su equipo— a delicadas intervenciones quirúrgicas, ha estado en el centro de una narrativa de dramatismo público. No por su estado de salud, sino por las imágenes que su esposa, Claudia Tarazona, ha difundido.

En redes se le ve tomándose selfies desde la ventana de la clínica, tirando besos, y visitándolo sin guantes ni protocolos sanitarios, incluso posando sobre el cuerpo del senador. Mientras medios uribistas elevan la historia al nivel de “milagro médico”, otros sectores la interpretan como un intento de construir una narrativa de martirio político. Todo esto, mientras el país se sacude por escándalos de fondo que podrían comprometer a quienes impulsan esa imagen.

¿Democracia o golpe de Estado?

La suma de todos estos eventos configura algo más profundo que una coyuntura. Lo que está en juego es el futuro del pacto democrático colombiano. La democracia no se rompe solo con tanques. También se erosiona con discursos de miedo, cartas enviadas al extranjero, maniobras silenciosas y gestos simbólicos que, aunque aparentemente inofensivos, buscan preparar el terreno para lo impensable.

Colombia se asoma, una vez más, al abismo de su propia historia.

Y los titiriteros —desde Washington, los medios o las redes sociales— parecen listos para jalar los hilos.

Por Prensa Justicia & Dignidad