Popayán amaneció con la piel desgarrada. Dos niños —de 10 y 13 años— fueron apuñalados mientras dormían en un hostal del centro histórico. El agresor: Jhonatan Martínez Orozco, de 31 años, compañero sentimental de la madre. No era un ladrón. No entró por venganza callejera ni ajuste de cuentas. Entró a herir, a matar, a destruir donde más duele: en la carne de los hijos.
¿Quién le dio derecho a ese hombre a decidir sobre la vida de esos niños? El patriarcado.
Ese viejo régimen, vestido de celos, de control, de “tú me perteneces”. Esa estructura invisible pero letal que autoriza a los hombres a castigar a las mujeres por vivir, por separarse, por tener hijos que no son suyos, por no obedecer.
Esto es violencia vicaria: cuando un hombre hiere a una mujer atravesando el cuerpo de sus hijos. No es locura. No es arrebato. Es patriarcado en acción. Es el crimen de género más silencioso y más devastador.
En la madrugada del jueves 3 de julio, mientras los niños dormían, Martínez entró sin aviso con una navaja. Uno quedó herido en la pierna. El otro, con lesiones graves, tuvo que ser operado. Sobrevivieron. Pero la herida queda.
El día de ayer, 6 de julio, un juez de control de garantías ordenó medida de aseguramiento en centro carcelario contra Martínez por tentativa de homicidio agravado. La comunidad intentó lincharlo. La justicia, por ahora, lo mantiene preso.
Colombia llora a sus hijos muertos, heridos, traumatizados. Pero sigue sin nombrar esta forma de violencia como lo que es: un crimen político. Una advertencia brutal para todas las mujeres: “Si no eres mía, te vas a arrepentir”.
Hay cifras contundentes que evidencian la magnitud de la violencia vicaria en el país: más de 3.400 mujeres entre mediados de 2023 y mayo de 2025; 2.517 casos solo en 2023. La discusión legal avanza, pero la realidad reclama urgencia en visibilidad, tipificación y protección efectiva para las víctimas.
Justicia no es solo cárcel. Justicia es llamar las cosas por su nombre. Y el nombre de esto es odio patriarcal.
Que no se esconda. Que no se normalice.
Que no vuelva a pasar.
—Prensa Justicia y Dignidad
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