Carro bomba en Cauca: mujer asesinada sigue sin dolientes

Francini García murió sola, en la oscuridad profunda de la madrugada del 8 de julio. La explosión la arrancó de la tierra en un parpadeo, cuando apenas esperaba bajarse del bus en ese punto de la Panamericana que llaman Piedra de Moler, cerca de El Estrecho, Patía. Nadie pensaba en la muerte a esa hora, pero la guerra sí.

Había salido de Pasto, y por lo que cuentan, iba a visitar a alguien, a cumplir un encargo, a vivir su día común. Era ama de casa. Tenía rostro, historia, quizás sueños modestos. No era policía, ni militar, ni combatiente. Era una mujer de las que la guerra llama “daño colateral”. Una de las que nunca aparecen en los informes con nombre propio.

Murió en medio del estruendo de un carro bomba dirigido contra la estación de Policía del pueblo. El objetivo no era ella. Pero su cuerpo quedó en el asfalto. Sin identificación inmediata. Sin familia que la reclamara en el instante. Sin justicia.

Hoy, su cuerpo permanece en Medicina Legal, a la espera de ser reconocido. Nadie ha ido. Nadie ha llorado aún por ella en voz alta. Es una víctima anónima, silenciada, olvidada en el mismo territorio que lleva décadas sepultando a sus muertos sin nombre.

Francini es una grieta más en la memoria rota de este país. No es la primera, y —tristemente— no será la última. Pero en su muerte se resume el dolor de un conflicto que no cesa: los más inocentes siguen pagando las guerras ajenas.

Por Prensa Justicia & Dignidad