El doble discurso de Francia Márquez: contundente en Cali, ambigua ante Leyva

Francia Márquez regresó a Cali el 25 de julio con un discurso cargado de fuego. No fue un mensaje institucional. No fue una alabanza al gobierno que representa. Fue un corte, un quiebre, una línea en la arena. Habló de traiciones, de hombres con poder que no la dejaron actuar. Se desmarcó de Gustavo Petro, aunque sin nombrarlo. En su tono no hubo ambigüedad. Pero sí la hubo antes.

Fue contundente contra el presidente, pero nunca lo fue con los audios de Álvaro Leyva, donde se hablaba de un presunto golpe de Estado. A diferencia de su arenga en Cali, ante esas revelaciones no levantó la voz. Nunca negó haberse reunido. Nunca dijo con claridad: “yo no hago parte de un golpe de Estado”. Guardó silencio. Se escudó en la entrevista que el propio Leyva dio a Semana, donde el excanciller, señalado por sus intenciones golpistas, la llenó de elogios como si quisiera arrastrarla al lodo con miel.

Ese silencio fue ruidoso. Su ausencia en ese momento clave dejó un vacío que ahora su retórica no logra llenar.

No hay racismo en esta crítica. No hay machismo. Hay una pregunta legítima: ¿por qué ha sido valiente con los suyos y tibia con los verdaderos responsables de la crisis institucional que la rodea?

Llegó al poder como símbolo de los sectores históricamente excluidos. Pero su liderazgo popular es débil. No consolidó una base sólida ni siquiera en los consejos comunitarios del Cauca, que eran su raíz. Lo que se construyó en torno a ella fue una figura política inflada por ONGs regionales, por académicos que necesitaban un ícono, y por políticos como Alexander López, que vieron en ella una oportunidad electoral sin haber tejido un verdadero respaldo social.

No hay movimiento. No hay estructura. No hay partido. No hay territorio organizado detrás de Francia Márquez. Hay afecto simbólico, sí. Pero también hay confusión. Y ahora, con su discurso, esa confusión se profundiza.

Porque al romper con Petro sin nombrarlo, sin ofrecer explicaciones claras sobre su papel en la crisis, sin aclarar si formó parte o no de una estrategia para derrocar al mismo gobierno que la eligió, Francia no solo siembra dudas: también abre una puerta peligrosa.

Hoy, los sectores de derecha celebran su intervención. No por admiración, sino porque les sirve. Porque debilita al gobierno. Porque fractura el pacto histórico. Porque suena a disidencia y a ruptura. Y porque —aunque ella no lo diga— su trayectoria política se ha entrelazado con figuras como Temístocles Ortega, el gran gamonal del Cauca, quien ha movido durante años los hilos de alcaldías y gobernaciones desde Cambio Radical.

Los pactos son más antiguos que los discursos. Y el poder no siempre grita: a veces se sienta a esperar.

Francia habla con rabia y con razón. Pero su rabia, lejos de fortalecer una alternativa, parece estar alimentando una transición que la aleja de los movimientos sociales y la acerca —sin que lo admita— a las bancadas y los aplausos de quienes antes la despreciaban.

Por Prensa Justicia & Dignidad