El río Micay vuelve a correr en silencio. Los nueve contratistas ya están en libertad. Bajaron de la selva con el alma herida, pero vivos. El país respira, pero no olvida.
Allá, donde no hay carreteras ni Estado, donde el poder se impone con botas o con decretos, la guerra sigue pariendo miedo. Esta vez, se jugó con la vida de quienes solo llevaban la esperanza guardada en una carpeta. Ninguna excusa justifica que civiles sean tomados como rehenes. Ninguna bandera puede ondear sobre una amenaza.
La guerra no puede degradarse más. Ya es suficiente. No puede seguir tragándose a los más vulnerables ni disfrazando de estrategia lo que es crueldad. Hay que desescalarla con urgencia. Desarmar los discursos. Romper la lógica del enemigo interno. Colombia no aguanta más silencios forzados, más mujeres llorando frente a una pantalla, más jóvenes usados como escudos o como excusas.
Esta liberación no es un triunfo. Es un alivio. Pero no basta. La Colombia profunda seguirá siendo territorio de nadie mientras el Estado no llegue con presencia real, con derechos, con respeto. No con soldados ni helicópteros, sino con salud, educación, caminos, cuidado. Con funcionarios que no teman morir por hacer su trabajo.
Parir la paz —como la vida— es cosa de tiempo, de terquedad y de amor. Pero también de decisiones firmes. Que la selva no vuelva a cerrarse sobre quienes van a abrirla con dignidad.
Que la guerra retroceda. Que el Estado avance. Que la vida valga más que el miedo.
Que nunca más se repita.
Por Prensa Justicia & Dignidad

