En 2022, cuando Francia Márquez llegó a la vicepresidencia y asumió el liderazgo del recién creado Ministerio de la Igualdad y Equidad, muchos creímos que la historia estaba cambiando. Por primera vez, una mujer negra, del pueblo, de las resistencias, con un discurso claro sobre justicia social, tomaba las riendas de una cartera con 1,8 billones de pesos destinados a transformar la vida de las y los históricamente excluidos.
Fue un momento simbólico y poderoso. Los nadies, como los llamó Galeano, llegaban al poder.
Pero esa promesa se quedó en el papel. Hoy, dos años después, los resultados son contundentes y, lamentablemente, profundamente decepcionantes.
Cifras oficiales del Ministerio de Hacienda y del Portal de Transparencia Económica muestran que en 2024 solo se ejecutó el 3 % del presupuesto total. Es decir, apenas unos 55.000 millones de pesos de los 1,8 billones asignados. Y de ese 3 %, más del 80 % se destinó a funcionamiento interno: sueldos, viáticos, arriendos, viajes y gastos administrativos. Poco, poquísimo, llegó a quienes supuestamente se quería dignificar.
Con ese presupuesto se habría podido implementar una renta básica para madres cabeza de hogar, financiar centros comunitarios para mujeres víctimas de violencia en los territorios más golpeados por el conflicto, impulsar una red pública de cuidados para mujeres rurales, garantizar acceso a salud menstrual en regiones olvidadas como el Pacífico o La Guajira, o fortalecer el trabajo informal de recicladoras, campesinas, vendedoras ambulantes, cuidadoras. Pero nada de eso ocurrió.
La gestión del Ministerio se centró en construir burocracia, contratar personal y recorrer el país dando discursos. Los programas sociales quedaron en fase de diseño o diagnóstico. Mientras tanto, las comunidades que creyeron en Francia siguen esperando.
Y es aquí donde debe hacerse una distinción necesaria y dolorosa: quien afirme que señalar estos hechos es racismo o misoginia, está desviando el foco. Esta crítica no tiene que ver con el color de piel ni con el género. Tiene que ver con la responsabilidad de gobernar. Tiene que ver con la traición a los sueños de los nadies. Porque cuando alguien que viene del pueblo llega al poder y falla de esta manera, no solo desperdicia un presupuesto: le cierra la puerta a millones. Le entrega a las élites un nuevo argumento para sostener sus privilegios. Le da excusas a la derecha para decir: “¿ven? el pueblo no sabe gobernar”.
Francia Márquez no solo tuvo los recursos. Tuvo el respaldo político, la visibilidad internacional, el viento a favor, y una legitimidad única. Y no la usó. Hoy, quienes la defendimos, quienes marchamos con ella, quienes la escuchamos con esperanza, tenemos el derecho —y el deber— de exigirle cuentas. Porque lo que falló no fue una institución: fue una promesa. Una promesa a los de abajo. Una promesa a los que nunca han tenido nada.
No, no es odio. No, no es racismo. Es dolor. Es frustración. Es indignación. Es el grito de los nadies que, otra vez, fueron traicionados.
Porque si los nuestros llegan al poder y se comportan como burócratas ineficientes, no solo pierden ellos. Perdemos todos.
Por Prensa Justicia & Dignidad

