Hoy es miércoles de 2025: la misma risa, la misma bala

Hoy es miércoles de 2025. Así lo habría dicho Jaime Garzón en Zoociedad, con esa media sonrisa que era más punzada que chiste. Y lo habría rematado con un guiño:

—Aquí en este país no pasa nada… la misma violencia, la misma intervención gringa, los mismos criminales.

Veintiséis años después de su asesinato, la historia sigue pareciéndose demasiado a sí misma.

“A mí me gustaría no morir, no morir en la historia, pero creo que es un reto muy grande y además, muy ambicioso.”

Se cumplió. Está en la historia colombiana, clavado como faro incómodo, demostrando que sí se puede construir país a partir de la risa y que, en Colombia, apostar por la paz es colgarse una lápida al cuello.

Conoció la política desde adentro y supo salirse a tiempo para reírse de ella desde afuera. Su humor no era maquillaje: era bisturí. En Zoociedad, en Quac, en sus personajes Néstor Elí y Godofredo Cínico Caspa, no imitaba: desnudaba.

El comienzo del fin

En sus últimas semanas, Jaime caminó con la sombra de la muerte siguiéndole el paso. Le advirtieron que lo iban a matar. Lo oyó de amigos, de periodistas, de voces que preferían el susurro. Buscó al propio Carlos Castaño para ganar tiempo. La respuesta fue silencio… o trampa.

Desde el DAS, José Miguel Narváez ya había sembrado la calumnia: que Garzón era amigo de la guerrilla, que se lucraba con secuestros. Castaño mordió el anzuelo. Encargó el crimen a Diego Fernando Murillo, “Don Berna”, y este a los sicarios de La Terraza.

La Brigada XIII del Ejército alimentó el acecho: rutas, horarios, semáforos. La inteligencia se volvió pólvora.

Según exparamilitares como El Alemán y el propio Don Berna, detrás se movían generales con apellidos que todavía pesan: Jorge Enrique Mora Rangel, Harold Bedoya, Rito Alejo del Río, Mauricio Santoyo, y el coronel Jorge Eliécer Plazas Acevedo.

Mora Rangel, educado en la doctrina de la seguridad nacional y luego negociador en La Habana, habría usado el proceso de paz como cortina para blindar su impunidad. Bedoya dejó un prontuario de paramilitarismo y masacres. Santoyo, mano derecha de Álvaro Uribe y condenado en EE.UU. por colaborar con las AUC, aún evade la verdad. Rito Alejo del Río, “el pacificador de Urabá”, fue condenado por el asesinato del líder afrocolombiano Marino López en la Operación Génesis: un operativo conjunto entre Ejército y paramilitares.

Todos ellos —uniformados con medallas que ocultaban manchas de sangre— formaban parte del mismo engranaje: un Estado paralelo donde la inteligencia se convirtió en arma para acallar, los fusiles sirvieron a intereses privados y la risa de Garzón fue declarada objetivo militar.

El día sin carcajadas

Madrugada del 13 de agosto de 1999. Bogotá todavía bostezaba. Jaime se subió a su Cherokee rumbo a Radionet. En un semáforo de Quinta Paredes, una moto se emparejó.

Cinco disparos de revólver calibre .38. Cuatro en la cabeza. Ni una vaina en el piso. Murió al instante.

El silencio como coartada

Meses después, quienes lo mandaron matar mandaron matar también a los que dispararon. Castaño y Don Berna borraron la evidencia con más balas. El expediente se llenó de huecos, falsos testigos y versiones torcidas.

La verdad se filtró a cuentagotas: militares de alto rango, inteligencia estatal, paramilitares. Todos en la misma mesa, todos con la misma firma invisible.

En 2016, el asesinato fue declarado crimen de lesa humanidad. En 2025, el Estado aceptó su culpa. Tarde. Muy tarde.

Jaime, todavía

No lo mataron solo a él: mataron la posibilidad de reírnos del verdugo. Pero hay muertos que no se van. Jaime sigue sentado en la mesa, guiñando un ojo, recordándonos que en Colombia la risa es peligrosa… y que la verdad, cuando se cuenta con humor, duele más que la bala